Sueño y Bogotá - Ultima parte
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
Retoma la palabra el Comisario General tras haber descrito su sueño.
“Termino de despertar, me doy una ducha y me visto con cierta premura, trato de estar elegante dentro de lo posible. Llamo un remise que me busca en unos 15 minutos. Hoy en día en el Gran Buenos Aires y especialmente en la zona de Countries el sistema funciona a la perfección. Pensar que en mi juventud para llegar a
Yo había sentido el calor y la intensidad de aquellos ojos clavados en los míos diciéndome su amor. Ella era tan joven. Tenía calor suficiente para ambos en aquellos tiempos de mi primera madurez. Su amor alumbró unos pocos años de mi vida hasta que aquello se terminó. Como todos los milagros, duró apenas un instante.
Yo ahora y en tanto soy sólo un hombre de edad mediana, un viejo se podría también decir. Un tipo gris y apenas perceptible que se sienta al fondo del local y pide un plato anodino.
No tarda mucho.
En suceder, digo.
Entran tres asaltantes claramente fuera de sí. La droga los ha tornado animales urbanos. Tienen movimientos que lucen descontrolados. Los ojos parecen pestañear diez veces por segundo, las pupilas pequeñas y afiladas. Los diálogos y órdenes son inconexos.
Pero el sentido general de su irrupción está claro. Vienen a robarnos.
Todos mirando el suelo. No nos miren a la cara – gritan constantemente.
Entreguen todo y rápido. Y nadie alce la mirada, miren al suelo.
El patrón les entrega el dinero de la caja. Recorren el pequeño restaurant, dos de ellos exigiéndonos el dinero, los relojes, anillos. Todo. Uno cubre la puerta. Los tres tienen en sus manos pistolas de calibre grueso.
“Que se vayan. Que esto termine. Que no haya sangre” es lo que leo en todos los ojos. “Démosle lo que quieren y volvamos a nuestra vida”.
Ya finalizan, en efecto. Los tres se reúnen cerca de la puerta. Se mueven ahora con la tranquilidad del delincuente avezado, reforzada por la impunidad que rige en el país hace años. Argentina y Buenos Aires ya no son lo que eran, todo tan parecido ahora a Bogotá. Si alguien observara con detalle, podría constatar que aquellos tres no están tan drogados. O lo estaban pero ahora ya no. O fingían.
Tampoco fueron particularmente cuidadosos para hacerse con las pertenencias de los clientes. No revisaban ni inquirían, sólo hicieron la ronda embolsando lo que cada uno les entregaba.
Sí, amenazan y consiguen intimidar con su locura. Pero hay cierta precisión en los movimientos que no concuerda con el proceder de gente descontrolada. Ahora lucen bien profesionales, pero para esto se requeriría alguien que se tomara el trabajo, y dispusiera de la calma para observar con detenimiento.
Los tres se mueven en comunión. Como si fueran parte de un cuerpo de baile bien aceitado. Un equipo, habituado a manejar la violencia, a dispensarla según sea necesario.
¿Pero qué hacen ahora?
¡Ya han terminado. Deberían irse!
Uno de ellos cubre con su arma todo el salón. Los otros dos se dirigen a una mesa. Una bien específica. La de la pareja joven. Ella y él miran hacia abajo, inmóviles y aterrados.
-¡Ustedes! Ustedes dos. ¿No te dijimos que no nos miren la cara? ¡Nadie tiene que mirarnos!-.
La acusación es absurda, aquella pareja tiene los ojos fijos en el suelo. Obedientes ahora.
No hay palabras ni tiempos perdidos. Esto no es una película. No hay mensajes.
Todos vemos como los dos pistoleros adelantan sus armas y disparan. Dos tiros a cada uno. Y uno de gracia en la cabeza como indican los manuales.
Ahora los tres se mueven más rápido y ganan la puerta. Cuando retomamos la conciencia ya no están. La conciencia es una manera de decir porque hay gritos y pandemonio. Un asalto que terminó mal, una equivocación, fruto de los nervios de los delincuentes. Dos muertes inútiles e injustificadas.
Creyeron que los estaban mirando.
Pero lo esencial de la noche ya ha sucedido. No habrá más hechos trascendentes hoy.
La realidad fue distinta que mi sueño pesimista. En ella, todo anduvo como debía.
No hubo retrasos. Nadie se fue apresuradamente o antes de tiempo a mirar ningún partido. Nada fracasó o se vino abajo.
Nadie se demoró, mi gente nunca llega tarde. No hay angustia, ni necesidad de extravagancias que retengan a los protagonistas en su lugar cuando ya se quieren ir. Nada de billetes de Cien Pesos Sol u otras incongruencias. No tuve necesidad de retener a nadie. Todos han estado perfectos, jugando su papel con precisión, cada uno en su lugar en el momento preciso. El joven galán, ya no arrogante como estos últimos meses, ya no burlón ante mi desespero, yace con la cabeza destrozada en un charco de sangre. Ella no. Su belleza permanece inalterada. Aún en la muerte sus ojos parecen tener cosas que decir. Ya no dirán nada, claro. No desde luego a mí, a quien hacía tiempo que no miraba o lo hacía con velada lástima. Pero sino a mi tampoco a ningún otro. Paso al lado de ellos junto con el resto de los clientes aterrados todavía. Desalojamos el restaurante bajo la mirada atenta de la policía que acaba de llegar. Me contengo y me privo de cerrar sus ojos claros. Sería un gesto demasiado personal de mi parte. “
Firma: Manuel Quinteros Galván, Comisario General.
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