Super Pancho - Parte 2

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.

Así apareció Rubén Matos en la vida de Romina, una mañana soleada de noviembre. Alto, delgado sin exageración  y elegante a su modo un tanto chulesco, se movía con gracia felina y desplazaba con evidente facilidad su cuerpo que se adivinaba musculoso y tenso bajo la camisa de – inesperado detalle – fino algodón peruano. Su cara era atractivamente tosca, con planos tallados en la piedra, obvios antecesores indígenas, bien mezclados con otras sangres le otorgaban ojos verdes y despiertos, pómulos bien marcados, labios gruesos. Por sobre toda descripción física de Rubén Matos que se intentara, se imponía la mirada. Cualquiera fuera la situación, era la de un hombre seguro. Seguro se notaba no sólo cuando correspondía estarlo y cualquiera lo estaría sino, uno presentía, cuando las cosas fueran difíciles y más de uno dudaría o pediría ayuda aún con los ojos. Era la mirada de quien, más allá de conocer todas las soluciones posibles, se sabía capaz de generar otras nuevas y audaces en el momento y rápidamente si la situación lo requería. Un animal poderoso y sereno que paseaba sus ojos por la sabana,  entornados, implacables, absorbiendo el panorama. Sabiendo que nadie o nada o muy difícilmente podrían afectarlo, herirlo o ponerlo en situación complicada. Dejando hacer a los otros hasta que llegara el momento de actuar, cuando lo haría y no fallaría. Una seguridad física que se percibía en forma inmediata.

Alguien a quien mejor tener del lado de uno. Los hombres lo respetaban instintivamente y las mujeres se hacían preguntas. Nadie permanecía indiferente ante su presencia poderosa.

Todos los que lo conocimos asociábamos inmediatamente su presencia con la de Carlos Monzón el recordado campeón mundial de box peso mediano de los 70s. Una sonrisa inescrutable por lo permanente hacía más agradable aún su presencia. Era claramente un ejemplar varonil y Romina – así lo dijo después a alguna amiga íntima – cayó por él no bien verlo. Cuando ella salió del edificio, Rubén se bajó del auto y le abrió la puerta para que pasara. Ese gesto, poco habitual en estos días, y el cuidadoso silencio no exento de algún cruce de miradas a través del espejo fueron parte de la magia inicial. Cuando llegaron a la escribanía, Rubén detuvo el auto en la angosta calle Libertad y dio la vuelta para abrirle la puerta a su pasajera. Un colectivero, impedido de pasar acercó el inmenso vehículo hasta casi tocar el auto del remisero. Ya Romina había bajado y la puerta permanecía abierta. El colectivero hizo rugir el motor y tocó un par de bocinazos furiosos.
Rubén, sin cerrar la puerta se dio vuelta sin apuro y se encaminó hacia la puerta del monstruo que rugía, amenazante y rabioso. Cuando llegó, el chofer hizo ademán de sacar el enorme palo tipo bate de béisbol que todos los colectiveros llevan para pacificar incidentes. Rubén lo dejó hacer. El hombre blandió el arma, mostrándola y dándole tiempo al otro a huir, explicarse, hablar o disculparse. Pero nuestro Rubén no hizo nada de eso y se quedó mirándolo. Mantuvo la situación largos segundos. No sólo eso, hizo ademán de entrar en el colectivo. Tomó el pasamanos y comenzaba a subir cuando el colectivero atinó a cerrar la puerta. Sin apuro el remisero se dio vuelta. El punto había quedado marcado, bien claro. Cerró la puerta de su pasajera y se despidió de ella. Romina que había presenciado la escena como si se tratara de un duelo del viejo oeste, estaba en un sueño. Corrientes eléctricas y agradables se producían por todo su cuerpo y en sus partes bajas. Rubores ya olvidados desde la adolescencia la atravesaban y se depositaban en sus mejillas. Líquidos, secreciones ocultas  y hormonas se desataron y corrieron salvajes por su cuerpo. Todo en ella clamaba por acercarse a  aquel hombre, tocarlo, comprobar su realidad. Se despidió con dificultad y entró al edificio.

Los días que siguieron fueron de conocimiento mutuo. No pasaron de la rutina del viaje matinal (ella volvía por su cuenta dado lo irregular de su jornada, trabajo, gimnasio, cursos, terapia, docencia).

Romina hablaba más que él. Inquiría, trataba de penetrar en el mundo de aquel desconocido que había ganado su corazón de manera tan vibrante el primer día. Rubén se reveló como todo lo que ella esperaba. O suficiente. Inteligente, divertido, ingenioso,  rápido en la respuesta. Y nada ajeno a lo que se estaba desarrollando entre ellos, por más que nada se dijera por el momento. Fue un proceso de seducción mutuo que duró, en esa etapa, una semana.
 
La voz rasgada y dura, aunque con requiebros que mostraban dulzura cuando su dueño lo deseaba así. El gesto imperioso para con los otros, pero posesivo e incluyente para con ella, la mente simple pero rápida y definitiva. Todo tan diferente de los yuppies light que rodeaban la vida de Romina. Tipos que zumbaban alrededor de ella queriendo penetrar –literal, y figuradamente- su intimidad. Que trataban de impresionarla con gestos, manías y discursos previsibles, todos iguales, débiles remedos de algún actor bisexual que estuviera de moda.

Exactamente una semana porque cuando llegó el sábado y Romina, en el country tuvo un pésimo desempeño en los courts de tenis, sabía a qué atribuirlo. Estaba ansiosa, su pensamiento centrado en el hecho incontrovertible: ni ese día ni el siguiente vería a Rubén. No sabía como superar esa necesidad anhelante, ni si sería capaz. En una palabra: ardía por él. En sólo cinco días, y manteniéndose rigurosamente la distancia que media entre conductor y pasajero había ascendido a ese estado en que deseamos palpar, tocar, conocer al otro, saber que gusto tiene y sentimos que no podemos esperar mucho más. Si Rubén la había llevado hasta allí, si había escalado sola o, como es frecuente habían sido los dos en aquellos viajes iniciales llenos de sobreentendidos, suspiros y frases dejadas por la mitad, no lo sabía ni lo sabremos y poco importa. Pasó el domingo como pudo pero ni se presentó a los partidos que tenía pactados alegando dolores inexplicados.
 
De manera que cuando llegó el lunes y Rubén le abrió la puerta para que entrara hizo lo necesario para que su mano rozara ávidamente la de él. Hablaron en forma entrecortada durante el viaje que transcurrió en un santiamén.

Aquello no podía durar mucho más en ese estado. Combinaron para la tarde. Ella trabajó como pudo durante esa mañana previa al resto de su vida.

A las cuatro se internaron en un hotel anónimo en la Panamericana y no salieron hasta la medianoche.

Éxito total. Rotundo y ardiente más allá de cualquier expectativa que ellla pudiera haber tenido en los breves días en que se había incubado la relación.  Rubén había sido feroz y  tierno, cada una de las facetas, en el momento justo. Romina nunca había conocido – ni pensó que llegara a conocer y en eso no se equivocó – un hombre así en la cama. Todas las diferencias de clase y educación – que las había – quedaron arrasadas ante el fuego de la pasión que devoró a ambos. Es una imagen conocida pero refleja lo sucedido: un voraz incendio de esos que se tragan todo lo que encuentran a su paso. Terminaron exhaustos. Aunque para decir la verdad fue ella la que pidió tregua ante los séptimos avances de él que proseguía imperturbable, haciendo gala de un vigor envidiable. Con todo el espíritu - y la carne de varón que no olvidemos, debe estar en capacidad de  seguir a la voluntad y no siempre puede, no tantas veces en todo caso, puestas en la acción que pretendía proseguir.

De manera que fue Romina la primera de esta historia que tuvo ocasión de ver -y no sólo ver en su caso- aquello que haría famoso a Rubén en el Country. Nunca comentó con nadie la especial característica de su amante y posterior marido. No correspondía ni quería avivar desprevenidas o encender llamas en quienes eran todo menos distraídas. La imponente virilidad de Rubén no fue poco lo que influyó en el éxito de aquella tarde inicial.

Romina nunca lució como en ése y los días y semanas que siguieron. Estaba exultante, segura como nunca de su femineidad, con los colores arrebolados en la cara y los ojos verdes denunciando la plenitud de una fémina bien atendida.

Se vieron con frecuencia, todos los días si podían, sin contar los viajes de las mañanas. Esta obligación “laboral” servía de inesperado preludio que contribuía a la excitación mutua. El cambio de roles que se operaba durante el mismo, la obligación de respetar ciertas normas, la exaltación que sentían, inevitablemente suspendida cuando ella debía apearse y comenzar su rutina laboral. Todo ese juego previo que imponía el mostrar, sentir, rozar, sugerir, mantener el secreto y controlar las ganas. Todo contribuía a que las salvajes sesiones que seguían fueran inevitablemente satisfactorias, un premio de los que da la vida y mejor tomarlo cuanto antes.
 
Pasaron dos meses y la pasión no cedía. Salían a veces al cine, a tomar algo o a comer a la noche. Romina era muy reservada con los padres y sus pocos amigos. Había tenido más de un romance “serio” que había culminado en fracaso. De manera que hablaba poco no queriendo adelantarse. Además, estaba el asunto no menor de los antecedentes de Rubén. En su círculo, gente de invariable dinero, posición y cultura el remisero indudablemente no cabía. Rubén era todo lo delicioso, amable, inteligente y sensual que ella esperaba de un hombre. Pero no nos engañemos, no era un ejemplar para lucir en el Country, en las cenas de su grupo social, ni – horror de horrores- en la casa de sus padres.


 


CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

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