Super Pancho - Parte 5
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
Por otra parte, el servicial remisero de toda la semana, se convertía en jovial compañero countrista a partir de la mañana del sábado. Son cosas que suceden en todos los countries. Socios que venidos a menos, emprenden pequeñas empresas de jardinería, o fumigación: el jueves cortan el pasto, o atienden otras necesidades de sus clientes y el sábado juegan al golf con sus vecinos. Todo el mundo acordó de una manera implícita que el trato hacia EsPi iba por dos carriles: durante la semana era profesional, en los weekends, era un amigote más. Ambos perfiles se mezclaban a veces por supuesto. Los domingos a última hora se hacían arreglos apresurados para el día siguiente, o a veces durante un viaje, en la Panamericana se comentaba con Rubén alguna peripecia del partido del fin de semana.
El caso es que Romina no compartió con sus “grandes amigas” ninguna confidencia. Resultó que era ella la que se iba en forma definitiva del Country de manera que tampoco tenía incentivos particulares para mantener unas relaciones que todos sabían que morirían tan pronto traspusiera las vallas del lugar. Hubo, claro, especulaciones, información cortada que hablaba de un español que había conocido en un congreso profesional realizado en Sevilla. Otros esbozaban razones absurdas pero alimentadas por la falta de información seria: Nadie – decía esta línea de razonamiento- en su sano juicio abandona un marido como Rubén. Un tipo simpático, agradable, siempre ultra cariñoso y cuidadoso con su mujer. Y también aquello… algunas ponían los ojos en blanco, festivamente o no tanto. Decían entonces que quizás aquellos viejos rumores sobre las preferencias últimas y non sanctas de Romina, se recordaban algunas escapadas y lances de la primera juventud, en algún campamento de aquellos años lozanos. Era quizás la única explicación. Sólo un vegetariano puede desdeñar el mejor de los bifes de chorizo, servido en exclusividad decían. Y sonreían ante el juego de palabras. La habían visto - pero eso no indica nada- muy cariñosa con una de las asistentes de su escribanía cenando una noche de media semana. Relaciones laborales, o elecciones de la mediana edad cuando se rinde uno a lo que quizás siempre supo que deseaba y no se permitía. No lo sabemos, ni puedo especular porque efectivamente Romina desapareció de nuestro radar, quizás para siempre. Cuando se fue, no supimos más de ella. Más de veinte años en el Country y desapareció en un soplo.
Rubén andaba inconsolable. Quería sinceramente a su esposa y los casi cinco años de convivencia no habían disminuido su amor. Hoja al viento si se quiere, su destino cambiado radicalmente por aquella suplencia remisera que había hecho hacía tanto. Su destino, hasta conocer a Romina habría sido ser remisero, conocer alguna chica del barrio (su familia era de Villa Ballester), casarse y llevar una vida más o menos gris. El poderoso huracán que envolvió a la pareja, lo depositó años después en el Country, con amigos de otra clase social, pero amigos de weekend al fin, con un trabajo relativamente estable, que apenas le dejaba para mantenerse, y sólo. Porque en lo económico se hizo evidente pronto que los dos remises y la combi estaban un poco viejos y el mantenimiento devoraba parte importante de los ingresos, y que en cierta manera habían sido los jugosos, constantes y no contabilizados ingresos de la escribana Romina los que habían mantenido un ritmo de vida digno en el Country. Por lo menos el que exigía la etiqueta del “Santa María del Sol”. Dividieron bienes, que se habían incrementado sustancialmente durante los años de matrimonio, y sorpresivamente Rubén insistió en quedarse en el Country. Se encontraba bien allí, le gustaban los fines de semana deportivos. Era el Capitán del Equipo de Fútbol del Santa María del Sol. Era alguien.
Romina no objetó, harta de tantos años de vivir en las afueras. Retiró sus cosas, se despidió de todo el mundo prometiendo – como se acostumbra en estos casos – “no perderse, volver a los asados, venir invitada al country etc”- promesas que todos sabíamos eran de cumplimiento incierto.
La decisión, por la aritmética financiera de la pareja, dejó a Rubén con la casa y nada más. Incluso quedó debiéndole un saldo a su ahora ex esposa que había retenido para sí las cuentas bancarias (locales y del exterior) y el auto familiar.
Se generó para “EsPi” una situación no tan única – se ha visto de todo en el Country- pero sí exigente. Estaba solo, tenía que mantener la casa que le había quedado, y que generaba los gastos usuales expensas, impuestos municipales, provinciales, jardinero, piletero, en fin una seguidilla de estipendios que hasta ese momento había pagado de una “caja” no muy detallada donde él y Romina ingresaban fondos. Ahora, separadas la aguas, resultaba que había sido ella la principal aportante. No había importado, claro durante los años felices. Y con toda seguridad no había sido causa de discordia ni mucho menos divorcio entre ellos. La separación había sido muy civilizada. Simplemente ella no quería más convivir con él, tenía otros proyectos, desconocidos como dejé sentado.
En cambio de Rubén sabíamos todo. ¿Qué cómo se yo esto? Porque “EsPi” era para esa altura no sólo un amigo del Country, y muy querido, sino el pilar del equipo de Fútbol, el capitán, y el que nos llevaba a la gloria casi todas las estaciones.
Estábamos primeros lejos en la tabla de posiciones cuando se produjo el divorcio. Pero el rendimiento declinante de Rubén se llevó hacia abajo a todo el equipo. Fallando él, no íbamos a ningún lado. Me comisionaron para indagar. Estuve con él, en su casa, ahora lucía enorme y vacía. Estuvo desanimado, casi deprimido le costaba adaptarse al cambio.
Pero tardó poco en volver a lucir esa seguridad tranquila, independiente de los avatares del mundo exterior. Era una y principal característica que lo hacía especialmente atractivo para sus amigos y - como se supo siempre y se confirmó enseguida- para las mujeres todas.
Tenía en él reservas suficientes para poder armarse y proseguir. Siempre resultó evidente que sabría dominar y conducir su destino como siempre lo había hecho hasta el traspié matrimonial que acababa de sufrir. Esta seguridad, la convicción íntima, evidente, implícita y no verbalizada de que era el conductor indiscutible de su vida más allá de cualquier avatar, era la que lo hizo siempre tan seductor. Cuando ganaba todos mirábamos asombrados y gozosos la facilidad con que lo hacía en todo. Ahora que la vida le había asestado un golpe presumiblemente definitivo, que a muchos hubiera sacado fuera del ring, mirábamos cómo este muchacho de orígenes humildes, con todas las razones para ser derrotado al quedarse solo en un coto de las clases altas, abandonado por su mujer, sin tener claro como proseguir, encaraba su nuevo escenario con la misma sonrisa de siempre, la seguridad en que algo habría de hacer para seguir adelante, sólido y más seguro que nunca.
Claro que nadie y mucho menos él sabía cómo iba a suceder el milagro, los remises eran fuente insuficiente de fondos para la vida que venía llevando y pretendía proseguir.
CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES
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