Super Pancho - Parte 6
Las dificultades económicas, que resultaban evidentes para todos nosotros, eran un capítulo aparte. Buscaba salidas para su nueva e inesperada situación. Y estaba decidido a quedarse en el Country lo que nos tranquilizó.
No sé a quien se le ocurrió, ni cómo empezó el asunto. Pero la verdad es que fueron las mujeres las que dieron la nota esta vez. Mujeres… ¿qué mujeres? Las viejas. Las viejitas. Las de 40 que –lugar común pero real- ahora son unas diosas, pero sus 40 y pico los tienen, también las de 50, que se metieron de cabeza. Y alguna de treinta y largos. Divorciadas sin pareja, solteras, viudas…
Todas ellas atractivas a su manera, llenas de vida y hormonas reactivadas por actividades físicas y gimnasio, conciencia de su propia vida por vivir, todavía. Lectoras incansables de sus Coelhos, Bucays, Ravenas, Oyos, Tantras y tantos otros cuyos mensajes vienen a decir a sus lectoras –porque son todas mujeres, eso sí, estos tipos viven 90% de las mujeres- que el tiempo no pasa, que si lo hace es para bien, que leyéndolos y siguiendo sus instrucciones cada año añade y no resta en lo absoluto.
De manera que una plétora de jóvenes entre 30 y pico y hasta 60 estaban listas para lo que se avecinaba. De allí, de ese pool inacabable de mujeres solas o descuidadas surgieron las cuatro que en seguida fueron tres.
La casa que habitaba Rubén se prestaba. Alejada y todo, envuelta por árboles originales de aquel Country centenario.
Cómo empezó todo repito no puedo saberlo pero no importa tanto como describir como siguió, cómo estaba la situación a los 6 meses de aquel divorcio y cómo estaba Rubén.
Volvió a ser el de antes. Andaba seguro y contento. Jugaba como los dioses, motivado, sereno, sonriente, un tigre en el medio campo. Los problemas anímicos estaban resueltos. Y los económicos al parecer, también. No hubo más noticias de atrasos en el pago de expensas, cambió uno de los remises por un modelo cero kilómetro, volvió a salir y almorzar con los amigos como antes.
Recibía al atardecer. La primera fue Elisa, que era la de más armas tomar. Una mujer atractiva apenas pasados los cincuenta años, divorciada desde siempre. Rubia natural, piernas largas y rostro agraciado, algo caballuno pero agradable a la vista. Boca grande y ojos marrones, vivaces y atentos. Todo un prodigio de cuidados en la dieta, gimnasio y buenos genes la mantenían deseable y con salud para seguir en la lid, dando el presente cada vez que pudiera.
Se le conocían algunas aventuras “afuera” e incluso algún socio hacía ya tiempo, había pasado por su cama.
Con seguridad, no le gustaría llamar a las cosas por su nombre, de manera que nos referiremos al ‘romance’ que se desarrolló de manera fulminante. Así que seguramente a instancias de alguno de los dos, casi seguro la mujer salieron a comer. Algo sencillo, pero aún así habrá pagado ella porque lo que es, o digamos bien, era Rubén en esos meses posteriores al divorcio, apenas podía comprar para comer solo en la casa, cocinarse unos fideos.
Es seguro que ella estaba perfectamente interiorizada de la situación del divorciado, anímica, económica y anatómica. La primera porque todo se sabe en el Country, los comentarios son generalizados y toda condición por nueva que sea es vox populi en pocas semanas. La segunda por información quizás más restringida pero de ninguna manera inaccesible, y la tercera obedeciendo a la más antigua y persistente leyenda que definía a Rubén como un fenómeno. No en vano los amigos seguíamos llamándolo con su apelativo referido a aquella mitológica herramienta.
Todos los días y semanas, meses y años hablando de “EsPi” en los círculos del Country, durante los que duró su noviazgo y matrimonio, se confirmaba ahora que fueron de curiosidad, inquietud, ansiedad y deseo desnudo porque no decirlo para muchas de aquellas mujeres que lo sabían inaccesible. Pero ya no ahora, no sólo solo, sino necesitado. No sólo de amor, cuidados y mimos sino de algún apoyo en metálico. Todo lo que le faltaba a Rubén lo tenía ella – pronto ellas –. Se acompasarían y complementarían los cuerpos, y las almas se aquietarían al ritmo de aquella comunión.
Y también habrá Elisa confirmado lo que suponía, por lo que habrán hablado durante aquella comida en que se conocieron en forma más personal que la indirecta y llena de medias intenciones y miradas llenas de interrogantes e información de deseo liso y llano que habían tenido – ellas, claro – durante los años que precedieron la puesta en disposición del ahora vulnerable y futuro semental. Elisa se lo llevó de todas maneras de vuelta al Country y se internaron en el caserón de Rubén.
De allí salió en la alta madrugada, Elisa. Transfigurada. Nunca había…no digamos imaginado que una cosa así pudiera transportarla de la manera que “EsPi” lo había hecho. No imaginado porque si hubiera podido hacerlo, imaginado digo, ya es como si casi lo hubiera tenido. Y de haber podido fabular con aquello aún sin poder tenerlo, se habría vuelto loca de ansiedad por saberlo de otra cuando él era de Romina y no quería serlo de otra. Decidió que lo que la había mantenido cuerda hasta ese entonces era el hecho de que no había cabido en su mente que pudiera gozar, disfrutar del sexo de esa manera. La ignorancia la había salvado. Todos esos años, cuando el tema del “miembro excepcional” se había tratado más o menos en broma, ella había participado de la chacota y la jarana. Pero verlo, experimentarlo, en carne propia nunca mejor dicho, era otra cosa. Quedó enviciada de mala manera. Ahora, que se había hecho la luz y había comprendido la verdad, no podría prescindir de Rubén de ninguna manera en ningún futuro observable.
Pero no era tonta y a su edad, sabía que el egoísmo era mal consejero. Necesitaba socios en la tarea que iba a emprender.
Y comprendió rápidamente que lo que le interesaba –un romance muy pero muy informal con Rubén, a la par que un gran amor, éste sí para siempre con su atributo– no podría bancarlo sola. Por varias razones, no la menor que Rubén estaba mal, muy mal económicamente y hasta estaba considerando vender la casa e irse del Country. Romina le exigía la deuda resultante de la división de bienes, tenía que mantener la casa y la flota de remises no generaba suficiente ingreso.
Después de aquella noche de… ¿amor? Sí, porqué no decirlo. Ambos se amaron a su manera en esa velada inaugural. Rubén disfrutó de la señora, después de todo hacía tiempo que no practicaba.
Y después de aquella noche ella consideró que era impensable dejar alejarse aquella noble bestia de su vecindad.
Las cosas se dieron en forma bastante natural. Elisa tenía un grupo grande de “amigas”. Entrecomillo porque ya se sabe lo que pienso de las amistades de Country, ñoñas cuando menos, peligrosas y traicioneras en sus peores versiones.
De todas formas no tardó en compartir con alguna de ellas su nueva felicidad, detalles y todo. Azoradas la escuchaban – y repetían después- relatar las proezas amatorias del entonces bien llamado “EsPi”, que Elisa nombraba y confirmaba en su condición de Super Pancho, y también refería como “mi hombre “EsPi”…Cial”. Que Rubén no tenía límites, que era creativo y tierno, que te sentías cuidada y tratada como una reina en la cena y una puta en la cama, que te llenaba, figurada pero más que nada literalmente.
Esa,
Miren chicas –decía y le faltaba el aire- yo puedo y trato de contarles como es esa sensación, pero es tan imposible traspasar la experiencia como explicarle el color blanco a un ciego. Si, podés hablarle de un cisne, describirle la curva gentil de su cuello elegante, todo blanco, o las nubes que se destacan en el azul del cielo y reafirman su blancura. Pero no le estás transmitiendo nada, no se puede. Es una experiencia iniciática, - volvía a buscarle la vuelta -, antes y después de eso hay un parteaguas en la vida. Comprendés, no sé si me entendés que nosotras estamos vacías, o digamos semivacías, nos falta un cachito, hasta que nos completa un varón como éste. Mirá de sólo pensar que la gran mayoría pasa por esta vida con apenas humildes sucedáneos, cositas normales o aún aquellos que – en nuestra ignorancia – consideramos razonables, o bien usados, o ambos.
Pasan –proseguía como un vendedor describiendo las maravillas de un producto del que lamentablemente no podía mostrar prueba inmediata o hacer experimentar en ese preciso momento, debía valerse de metáforas y descripciones para transmitir la maravilla y el prodigio de usarlo- por esta vida creyendo que gozan y conocen, aquella un poco más, esta otra algo menos – concedía – y no saben que al lado de ellas, oculta bajo las ropas más comunes, el rostro más inesperado, el marido, el novio, el amante o el affaire de otra que sonríe interiormente, sabiendo que ella sí ha sido y será – Dios mediante muchas veces más- completada aquella misma noche, y nada se le ha negado de lo que pueda experimentar mujer en esta tierral. Oculta bajo las ropas decía ese maravilloso trozo, un ser vivo viene una a creer cuando lo vé desenvolverse en forma perezosa al principio, tenso de inmediato respondiendo a nuestros cuidados y tan descomunalmente bello, que no podemos sino considerar que Dios tiene que haber querido otorgarnos a nosotras a mí a la que está disfrutando o se apresta a hacerlo, algo especial que a otras les niega y hasta el conocimiento de su existencia quizás misericordiosamente porque saber que existe pero no es para nosotras en particular sería peor. Y si una es menos religiosa y más darwiniana, evolución, selección natural y todo eso más espeluznante aún, sentís que sos la elegida y aún si ya no se trata de engendrar chicos, estás frente a un ejemplar de lo que será – Dios mediante, o selección genética indudable- la nueva generación cuando todos tengan algo así, y todas puedan tenerlo, en su momento dentro de ellas.
Y así seguía. Claro que todo esta charla incendiaba a sus oyentes como una chispa y vientos fuertes en los bosques secos y deseosos de California.
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