TODOS SOMOS INFIELES
Por EFE
Por supuesto que no todas las personas profesan el mismo grado de infidelidad, ni sufren idénticas cuotas de culpa, ni acumulan el mismo nivel de recaídas. Existen marcadas y recalcables diferencias que tienen que ver básicamente con el modus operando según el género al que se pertenezca.
El camino del ocultamiento es arduo y, por lo general, está plagado de obstáculos que se derivan de la propia torpreza masculina. Menos calculadores y ordenados por naturaleza que las mujeres, los tipos tienden a dejar huellas indelebles de sus trapisondas (sean souvenires varios de los hoteles de alojamiento, ítems de gastos inexplicables en el resumen de la tarjeta de crédito, etcétera, etcétera, etcétera).
Además, presos de una culpa que les trastoca la cara, caen en el reconocible error de no besar a su propia mujer en la boca. Queda luego en cada mujer la decisión acerca de qué hacer con la triste información disponible. Les queda el humillante privilegio de optar dentro de una gama de acciones que oscilan entre incendiar, regalar o tirar cada pertenencia del marido por la ventana o, en el polo opuesto del feminismo, hacerse la boluda para mantener el status quo (casa, mucama, gastos pagos, y otros).
Al respecto, la bella Carmen Yazalde manifestó su particular teoría según la cual, superados los 10.000 kilómetros de distancia entre los conyugues, la figura de la infidelidad dejaba de existir, una manera elegante de avalar los “tentempiés amorosos” de un alegre marido viajero a quien amó hasta su muerte.
Mujeres
Acerca de la infidelidad femenina se sabe mucho menos, acaso porque, aunque la practican tanto o más que los tipos, las minas ocultan más y mejor sus amoríos.
A diferencia de los hombres, quienes disfrutan al divulgar sus conquistas ante el grupo de “machos amigos”, para las mujeres la “trampa” es un hecho vergonzante (a menos que se trate de la venganza contra una pareja que empezó primero), una canallada que no debería haber cometido.
Educada para una monogamia “contra natura”, la mujer intenta por todos los medios racionales resistir a la tentación. Tal vez sea por eso que, en general, se toma más tiempo que el hombre para llegar al mismo puerto (claro que durante el viaje su cerebro es una máquina de fabricar ratones tamaño baño que ruborizarían a cualquier hombre). En él, mientras tanto, disfruta de la sadomasoquista situación de saber que sufre pero a la vez maneja los tiempos a su antojo (a menos que se trate de la hermana no reconocida de Quasimodo, sabe que no hay tipo que se resista al llamado por debajo del cinturón).
Propensas a calentearse con colegas de oficina o compañero de cualquier curso (sea de inglés, feng sui o artes precolombinas), sueñan encontrarse con la presa y, de manera casi inconciente, se ponen la mejor ropa interior antes de ir a su encuentro, listas para un potencial abordaje. Habilidosas para la mentira, es estúpido o al menos infantil pensar que van a delatar sus andanzas cambiando el peinado o de los hábitos de un día para otro. Es de caballero reconocer que la dama engaña con clase y astucia, que no le tiembla la voz si tiene que inventar la más complicada de las mentiras para justificar su ausencia o retraso.
Sin embargo, no todo es tan fácil para ellas. A corto plazo la infidelidad se transforma en desprecio por el hombre de la casa, en reproche odioso hacia quien no supo mantenerla enamorada (verdadero causante, en la psiquis femenina, del descalabro sentimental).
Despechada y enojada con su destino, el prototipito final de la infidelidad femenina resulta ser la confesión entre llantos y arrepentimientos, un espectáculo deplorable que todo hombre heterosexual contemplara al menos una vez en su vida.
Gentileza de Ediciones B / Grupo Zeta
COMENTARIOS
No creo en la fidelidad entre las parejas porque pasa por uno. Uno debe ser fiel consigo mismo y si no lográs eso, tampoco podés serlo con tu pareja. En el momento que vos estás engañando ya estás siendo infiel con vos mismo.
Saludos.
Caro
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