Todos somos workaholics
En la sociedad actual no hay nadie que no sea workaholic. A menos que seas heredero, estanciero o piruja, la única manera de mantener y generar dinero es dedicarle cada vez más tiempo y energía al trabajo. El que tiene un trabajo choto no tiene más remedio que compensar el ingreso mediocre con algún “curro” extra fuera de horario. El que tiene un laburo bien remunerado y quiere cuidarlo sabe que lo peor que puede hacer es funcionar “a reglamento”: otros más audaces lo pasarán por encima.
En resumen, para sobrevivir con dignidad, no hay más remedio que ponerse el traje de workaholic y darle para adelante…
De todas maneras, quien lo intente verá que no es tan dramático…, y que incluso puede tornarse agradable.
¿Por qué no laburás menos?, suelen preguntarme con bastante asiduidad. La respuesta es “Porque no se me canta”. Es cierto que podría bajar un par de cambios, retocar las proporciones ocio/ocupación y vivir mucho más tranquilo, un poco más al costado del camino. A esta altura de mi vida, no sería difícil enganchar un “currito” con horario “chiquito”, “fichar” y rajarme bien tempranito con la guita en el bolsillo. Es más, económicamente hablando, podría vivir sin laburar. Sin embargo, no puedo. No se me cruza por la cabeza dejar nada porque en el fondo me divierte no sólo lo que hago, sino la idea /y la realidad) de dar trabajo a otros. Ésas es una responsabilidad que me gratifica, me hace bien y es una realidad, no son demasiado rentables. Trabajo y placer son variables que pueden relacionarse con más facilidad de lo que se piensa. Es sólo cuestión de intentarlo.
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