Triunfo opositor y mérito de Chávez

*Los venezolanos rechazaron en las urnas la construcción de un poder total y eterno, mientras que el gobierno, contra muchos pronósticos, no recurrió al fraude ni a la anulación del comicio, además de reconocer inmediatamente su derrota.

Fueron dos hechos auspiciosos. El primero, que la mayoría de los venezolanos haya rechazado en las urnas la concentración exagerada de poder en las manos del gobernante, evitando además el riesgo de una presidencia vitalicia. Y el segundo, que el gobierno no intentara maniobras fraudulentas y aceptara inmediatamente su derrota.

No era fácil doblegar en las urnas al líder del primer gobierno que usó la renta petrolera para favorecer a esa amplia mayoría de habitantes sumergidos en la pobreza total y el eterno abandono gubernamental.

Hasta aquí, con Hugo Rafael Chávez Frías los ricos han seguido siendo ricos (algunos incluso acrecentaron su riqueza), pero la masa que siempre estuvo bajo la línea de pobreza recibió el agua potable que jamás había llegado a las favelas de Caracas, subsidios al transporte y los alimentos, además de atención del Estado a través de esos planes sociales conocidos como “misiones”, particularmente fuertes en los terrenos médico y educativo.

Por cierto, en la ejecución de esos planes asistencialistas la corrupción oficial estuvo a la orden del día, pero los anteriores gobiernos también fueron corruptos y, por las clases sumergidas, hicieron infinitamente menos que Chávez.

Ese arraigo en las clases populares, sumado a la vastedad y efectividad del aparato político oficialista (cuya capacidad de movilización es muy superior a la de la fragmentada oposición) hacían difícil de imaginar que el presidente pudiera perder su  envidiable invicto en las urnas.

Sin embargo, la masa compacta del voto chavista, que normalmente ronda el 60 por ciento, se fracturó frente a una reforma constitucional a todas luces controvertida, porque implicaba tallar en las urnas el perfil de un Luis IV caribeño al dejar en la potestad presidencial la creación de nuevas provincias y distritos, la designación de gobernadores y vicepresidentes, además de instrumentos jurídicos para la apropiación estatal de la propiedad privada.

A esto se suma que, en determinadas circunstancias y con ciertas cantidades de poder político y económico, la no existencia de límites para la reelección implica, de hecho, la presidencial vitalicia.

La primer fractura se vio en el campo de la dirigencia oficialista, donde una figura rectora de la izquierda como Luis Miquelena, el mentor ideológico de Chávez, salió a denunciar los intentos megalómanos de poder absolutista, además de decir que el presidente “no tiene la menor idea de lo que es el socialismo del siglo 21”.

También se convirtió en opositora Marisabel Rodríguez, la primera  esposa del exuberante líder caribeño, quien públicamente pidió perdón por haber colaborado en construir lo que definió como una vía “hacia la dictadura”.

En ese mismo sentido se pronunció Stalin González, líder de las agrupaciones universitarias marxistas. Y también el ex ministro de Defensa Raúl Baduel, uno de los fundadores del Movimiento Bolivariano V República.

De por sí, fue un hecho alentador que toda esta dirigencia de izquierda siguiera los pasos que ya había dado el ex guerrillero comunista Teodoro Petkov, defendiendo la institucionalidad democrática de todo intento autoritario.

Pero además del resultado y lo que implica no sólo en Venezuela sino en toda la región (donde la tentación del poder absoluto y eterno se insinúa en varios países), la actitud del gobierno de Chávez reforzó el carácter positivo que tuvo el referéndum por la reforma constitucional.

Así como resultaba difícil imaginar a Chávez derrotado en comicios, tampoco era fácil pensar que un gobierno de esas características pudiera aceptar serenamente que su máximo líder deba abandonar el poder dentro de unos años.

La forma en que se aprobaron las reformas y se instrumentó el referéndum, sin tiempo para que la gente pueda informarse y dejando afuera a los observadores de la OEA y de la Unión Europea (UE), hacían temer que una maniobra fraudulenta pudiera alterar el veredicto de las urnas.

Sin embargo, a pesar de que las encuestas vaticinaban el probable triunfo del NO en una contienda muy reñida y teniendo en cuenta que los resultados con alta paridad facilitan la realización de fraudes imperceptibles; o de jugadas judiciales como la que le permitió a George W. Bush quitarle el triunfo a Al Gore, mediante el turbio pronunciamiento de un tribunal de Florida, nada de eso ocurrió en Venezuela.

No hubiese sido imposible para Chávez ensayar alguna trampa o provocar situaciones para anular el plebiscito. Pero no lo hizo. Y además, reconoció inmediatamente el resultado.

Ahora falta que los efectos positivos de la histórica jornada que vivieron los venezolanos, se proyecte hacia el futuro.

Así será si la oposición logra depurar su liderazgo hoy engangrenado de mediocridad, vieja política y oligarquía, generando una conducción que se comprometa a mantener lo mejor de las políticas sociales con que Chávez beneficio a las clases bajas, dando prioridad al uso en este sentido de la renta petrolera.

La oposición también debiera comprometerse a mantener las políticas que incrementaron para el Estado las ganancias que da el petróleo; pero no son pocos los cambios que deben producirse en el oficialismo para proyectar a futuro sus buenos gestos del domingo de su primer derrota.

Por caso, desterrar la vocación hegemónica y el verticalismo ultrapersonalista que los venezolanos acaban de rechazar en el referéndum. Y renunciar a esa obnubilación ideológica que lo hace mirar a los adversarios como execrables enemigos y a toda crítica como la maléfica jugada de quienes pretenden destruir al pueblo y al país.

Si estos cambios ocurren en oficialismo y oposición, la jornada de este domingo habrá implicado un punto de inflexión para Venezuela y para la región.

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