Un año de Evo

*Luces y sombras de los primeros doce meses del gobierno de izquierda indigenista en Bolivia.
*Aciertos y sobreactuaciones; dura herencia y políticas clasistas y confrontacionistas que están haciendo crujir el mapa.

Seguramente, la imagen que mejor resume el primer año de gestión de Evo Morales, es la que muestra al presidente anunciando la nacionalización de los hidrocarburos en un yacimiento de la compañía estatal brasileña Petrobras, en una de cuyas torres un militar colocaba una bandera boliviana. La nueva política sobre explotación de gas había sido aprobada en plebiscitos durante anteriores gestiones, y su lógica resultaba indiscutible, sin embargo no era fácil de entender la escenificación montada de manera tan particularmente ofensiva para Brasil, y tan agresiva para los gobiernos de España y la Argentina. Más bien, lo que revelaba la impactante y sobreactuada escena era la influencia que Hugo Chávez ejercía sobre el flamante presidente de Bolivia.

Esa poderosa influencia se vio desde un principio, al iniciar Evo Morales su gobierno con las mismas medidas con que Chávez inició su formidable construcción de poder en Venezuela: referéndum y asamblea constituyente, marginando a la legislatura vigente.



También se ve en la sobredosis de clasismo y en los discursos cargados de consignas, el gravitante poder que ejerce el vicepresidente Alvaro García Linera. No obstante, la radicalización de la política en Bolivia es, en gran medida, la consecuencia del retraso y las injusticias generados por un poder oligárquico y racista.

El balance del primer año de gestión presidencial de Evo Morales impone recordar que todos los gobiernos anteriores fracasaron por ineptitud, por corrupción, por servilismo y por irresponsabilidad social, en el objetivo de alcanzar crecimiento económico sostenido, inclusión de las comunidades indígenas y disminución de una obscena y lacerante desigualdad.

El grueso de los presidentes, igual que Jaime Paz Zamora y Hugo Bánser, tuvieron una pasmosa falta de iniciativa y dinamismo, atrofiando y debilitando la institución presidencial, mientras que la tradicional dispersión del voto generaba, inexorablemente, gobiernos débiles y parlamentos atomizados.

La única gestión que tuvo iniciativas de magnitud fue la del presidente González Sánchez de Lozada con la Ley de Hidrocarburos, pero esa iniciativa fue, precisamente, la que desató la “guerra del gas” que primero tumbó su gobierno y luego de su ex vicepresidente, Carlos Mesa. La razón es que dicha ley favorecía exageradamente a las empresas inversoras, dejando en una posición escuálida al Estado boliviano; aunque el lado positivo fue que atrajo hacia Bolivia la ola de inversiones que acrecentó la exploración y descubrimiento de nuevas reservas y yacimientos.

En términos generales, la nacionalización de los hidrocarburos que impuso Evo Morales es positiva, ya que resulta estratégica y económicamente acertado aprovechar los recursos energéticos de una forma más redituable para el estado de lo que permitía la ley anterior.

Las puestas en escena de alta carga emotiva, evidenciando la firma de Chávez como reggisseur y guionista, muestra el talón de Aquiles del presidente boliviano: su falta de experiencia generó en él un temor que lo empujó a los brazos del exuberante líder venezolano, prestándose a sobreactuaciones que  crearon tensiones con dos países claves de la región: Brasil y Argentina.

Entre los aciertos de su primer año en el poder se cuentan, seguramente, las campañas de alfabetización y salud que, con la experta ayuda de Cuba, Evo Morales lanzó entre los vastísimos sectores postergados de las comunidades indígenas. Mientras que, entre los desaciertos, sobresale la falta de políticas concretas y efectivas para abordar un sinfín de problemas que empeoran la vida de los pobres y dificultan la producción. Esa ineptitud es, en buena medida, consecuencia de manejarse con consignas y ecuaciones ideológicas, aunque en modo alguno justifican la ola de huelgas que sacudieron duramente al gobierno izquierdista. Sin bien para el presidente implicó beber de su propio remedio (las huelgas que como líder cocalero realizó junto al indigenista Felipe Quispe tumbaron dos gobiernos), resulta insensato pretender que Morales resolviera en tan poco tiempo problemas de tan larga data.

Las luces y sombras de su gestión se ven también en la asamblea constituyente. Por un lado, la decadencia de la clase política y la decrepitud de la partidocracia evidencian la urgencia de reformas políticas profundas; pero por otro lado la prepotencia con que el oficialismo cambió las reglas vigentes para cuestiones tan claves como la aprobación de los artículos de la nueva carta magna dan muestra del ideologismo clasista con que se maneja el gobierno. Y el resultado es que, tras largos meses, la asamblea constituyente está totalmente estancada y las regiones de la llamada medialuna próspera (Pando, Beni, Tarija y Santa Cruz de la Sierra), al sentirse avasalladas por el centralismo paceño, están llevando sus proyectos autonomistas hasta los umbrales del separatismo.



En el pasado, el auge de la minería colocaba la prosperidad en el Altiplano y el retraso en los llanos del oriente; pero hoy la situación es al revés. El Altiplano se atrasó y empobreció al punto de no poder sostener su pesada burocracia estatal y su economía ineficiente; mientras que en los llanos orientales prosperó una economía dinámica y pujante. Y el gobierno se equivoca al considerar que esa prosperidad es sólo causa del auge de los hidrocarburos, cuyos yacimientos y reservas están en esas regiones, sin ver que también hay un ímpetu empresarial y una cultura productiva generando el  dinamismo económico.

Las dirigencias santacruceña y tarijeña muestran una peligrosa propensión separatista que debe ser conjurada, pero no colabora a la sensatez el confrontacionismo clasista que a Morales y García Linera tanto les gusta ostentar.

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