¿Y dónde está el Estado?

*Como ciudadana de un país democrático no me resigno a la idea de que la pantalla del televisor vuelva a teñirse de golpes, sangre o muertos mientras el Estado está mirando otro canal.

¿Quién puede creer que los que cumplen con la tarea de informar merecen ser agredidos y lastimados? Los violentos, los bárbaros, los inadaptados a la vida en sociedad. Ni más ni menos que ellos, porque eso son los seres humanos que provocan desmanes, hieren y matan, aunque se acostumbre a denominarlos con el eufemismo de “barra brava” cuando van en montón y llevan puesta la camiseta de un club de fútbol. No hay rivalidad deportiva ni pasión por el fútbol que justifique las agresiones sufridas por camarógrafos, periodistas y fotógrafos, en una vereda del barrio de Villa Urquiza,  mientras cubrían la noticia del velatorio de Martín Gonzalo Acro, el violento de la hinchada de River asesinado a balazos en el momento en el que salía de un gimnasio.

Ese es el lamentable estado de las cosas en una Argentina donde el fútbol que supo ser pasión de multitudes se transforma, a menudo, en zona liberada para el desarrollo de conductas delictivas. Los hinchas violentos optaron por vivir al margen de la civilización y sus reglas de convivencia. Pero ellos no son todos los amantes del fútbol. Y, a Dios gracias, ni siquiera son  mayoría. Sin embargo, los años pasan, los muertos se suceden, los partidos se suspenden para enseguida reanudarse, y las tragedias se repiten como si nadie nunca pudiera, supiera o quisiera encontrar la solución.

El domingo próximo, River se enfrentará con Newells Old Boys. Y el encuentro deportivo trae recuerdos de enfrentamientos salvajes entre los violentos de ambas hinchadas. En los medios se ha hablado durante toda la semana acerca del riesgo de que el partido acabe teñido de sangre. Pero no son los medios los responsables de arbitrar las medidas necesarias para que la carnicería no tenga lugar. Como televidente,  me resisto a pensar que la única salida sea rezar, para que el domingo a la noche no haya que ver en la pantalla el fruto amargo de la sinrazón. Como periodista, me sublevo ante la idea de que los colegas periodistas, camarógrafos y fotógrafos tengan que optar entre negarse a cumplir con su tarea o arriesgarse a ser heridos o asesinados en el desarrollo del oficio con el que se ganan la vida. Como ciudadana, me niego a aceptar que el Estado se declare impotente ante las bravuconadas de un puñado de delincuentes camuflados de hinchas de fútbol.

Alguien tiene que hacer algo antes de que vuelva a ser tarde. ¿Quién debe hacerlo? Los poderes del Estado. La seguridad y la integridad física de los habitantes de la República no es un asunto del que deba hacerse cargo la televisión. Su misión no es hacer cumplir la ley sino informar. Y para informar, la TV necesita enviar profesionales de la información al lugar de los hechos. ¿Es normal que al mandar a cronistas, camarógrafos y reporteros a las canchas, los gerentes de los canales, las radios y los medios gráficos teman estar largándolos a la boca del lobo?

Algo huele mal en un país donde el Estado no es capaz de garantizarles a los ciudadanos la posibilidad de cumplir con su trabajo ni el derecho a gozar de un espectáculo deportivo sin que tengan que correr el riesgo de ser molidos a golpes o asesinados.

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