¿Y si Pergolini tuviera razón?



  • Ante las polémicas declaraciones del conductor de “CQC” respecto de la participación de un concursante ciego, Serafín Zubiri, en “Bailando por un sueño” me pregunto qué habría que hacer si Pergolini estuviera en lo cierto y quién saldría perdedor en ese caso.

Coincido con Mario Pergolini: hay una televisión cruel. Es más, cuando eso dijo el conductor de “CQC” me vinieron a la memoria unos cuantos ejemplos de la crueldad exhibida en la pantalla. Por caso, la TV que durante la Guerra de las Malvinas decía que íbamos ganando y recibía, con aires festivos y patrióticos, las donaciones que la gente aportaba a la campaña televisiva para ayudar a los soldados que peleaban en el Sur y a los que, finalmente, no les llegó ni una barra de chocolate. O la TV que enfrentó en un estudio a Alfredo Bravo con el hombre que lo torturó durante la dictadura, Miguel Etchecolatz. O la TV que anunció la muerte de Diego Maradona, afortunadamente vivo hasta el día de hoy y, quiera Dios, que por muchísimos años más. O la TV presiona a los padres de un chico asesinado o una adolescente violada hasta conseguir que se larguen a llorar en cámara.


 


La lista podría incluir muchas otras situaciones en las que la TV, como cualquier empresa realizada por seres humanos, derrapa hacia el infierno de la crueldad. ¿En qué casos actúa la TV de un modo cruel? Eso es materia opinable. Para Mario Pergolini, la participación del cantante y pianista ciego, de origen español, Serafín Zubiri, en “Bailando por un sueño” merece ser incluida en la nómina de crueldades. En ese punto, yo disiento. Por mucho que me esfuerce, no alcanzo a descubrir por qué habría de ser cruel que un individuo adulto, libre y jurídicamente capaz celebre un contrato con la Ideas del Sur para trabajar en el segmento de “Showmatch” que ofrece al público un concurso de baile.


 


Pergolini argumentó que Marcelo Tinelli busca rating con la participación de Serafín. Yo doy por descontado que debe ser así. Como seguramente también lo buscará con la tarea de todas las demás personas que integran el elenco y con la suya propia. Como lo ha buscado en los 19 años que lleva su programa en pantalla. Como lo busca a diario cualquier productor o conductor. ¿O acaso alguien sale a ofrecer un producto en la TV con la aspiración de que lo mire la menor cantidad de público posible?


 


En cuanto al rating, Tinelli y Serafín Zubiri, vale señalar un par de datos. Hasta el lunes último, Tinelli no contó con Serafín y eso no le ha impedido seducir a las grandes audiencias durante largos años. Profesional del canto y ex finalista de “Mira quién baila” (la versión española de “Bailando por un sueño”), a Zubiri no se le escapa que la televisión busca rating. Si él está dispuesto a trabajar en ese medio como bailarín, ¿quién podría oponerse? ¿Con qué argumento? ¿O acaso, por ser ciego, carece del derecho a trabajar en la TV, sea en España, en la Argentina o en cualquier otro país?


 


De todos modos, veamos la otra cara de la moneda: ¿Y si Pergolini tuviera razón? ¿Qué pasaría si, efectivamente, el baile de Sefarín Zubiri en “Showmatch” fuera un acto de crueldad? En ese caso, uno se sentiría moralmente obligado a desear que la participación de Serafín en “Bailando…” cesara cuanto antes y que nunca más la televisión argentina ni la de ninguna otra parte del mundo pusieran a un individuo no vidente a bailar ante las cámaras. El razonamiento de Pergolini nos llevaría a privar a un individuo de ganarse la vida con una tarea digna como es bailar en la TV por el sólo hecho de ser ciego. ¿Con qué derecho? ¿En nombre de qué paternalismo?


 


¿Quién saldría perdedor si Serafín no estuviera en “Showmatch” con el fin de evitar la supuesta crueldad que Pergolini advierte en su baile ante las cámaras? No sería Tinelli, sin duda. Él sabría, como supo hasta ahora, conseguir rating con otros recursos. En mi opinión, quienes sufrirían la pérdida serían el propio Serafín Zubiri y el público. Él, porque se quedaría sin la fuente de trabajo y sin la alegría de hacer lo que le gusta: demostrar que esa ceguera que no le ha impedido desarrollarse como pianista y cantante o escalar el Aconcagua tampoco logrará vedarle la ocasión de bailar. Y nosotros, los espectadores, porque no tendríamos la lección de entereza que nos dio Serafín el lunes último, cuando exhibió en la pantalla su voluntad titánica para remar contra la adversidad, su capacidad de apostar a la alegría a pesar de los males, su total falta de autocompasión y, sobre todo, su extraordinario sentido del humor.

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