Yo quería que ganara Diego


  • Confieso que he sufrido, anoche, por el resultado de la votación del público en “El gen argentino”, el ciclo de Mario Pergolini, que emite Telefé.

 


Yo quería que ganara Diego, el que nos supo encandilar con la habilidad de esas piernas que un día le cortaron pero que le volvieron a crecer, fuertes, únicas, goleadoras. El que predica que “la pelota no se mancha”. El que en el campo de juego fabricó alegrías para multitudes a granel.

Yo quería que ganara Diego, el que tiene debilidades y defectos, como todos nosotros, pero en vez de ocultarlos los admite en público, con lo que esa palabra significa en el caso de Maradona: su público es el mundo entero. Diego, el que se cae y se levanta. El que nunca bajó los brazos y siempre se aferró a la vida en la cornisa de las terapias intensivas.

Yo quería que ganara Diego, el del histórico gol a los ingleses, el que se queja a voz en cuello por las riquezas acumuladas en el Vaticano mientras el mundo ve morir a chicos desnutridos, el que formado como deportista se las ingenió para brillar como conductor televisivo en “La noche del 10”, el que repite una y mil veces que no pretende ser ejemplo de vida para nadie, el que desmiente con sus imperfecciones humanas a los aduladores que lo llaman Dios.

Yo quería que ganara Diego, el papá de Dalma y Giannina, dos chicas estupendas, estudiosas y trabajadoras a las que él, cada tanto, hace sufrir con sus excesos, su recaídas o sus exabruptos, pero a las que ama tanto como para animarse a pedirles que lo perdonen y que le den la chance de volver a empezar.

Yo quería que ganara “el Diego de la gente”, como se bautizó a sí mismo. Diego, el que en la cima de la fama se apunó con ciertos espejitos de colores que brillan allí arriba, pero nunca olvidó que es el hijo de Don Diego y la Tota, los de Villa Fiorito, ni que la estrella de su gloria se gestó en el potrero.

Yo quería que ganara Diego, el que como sostuvo la prestigiosa psicoanalista Silvia Bleichmar, recientemente fallecida, “es de una autenticidad aplastante; nunca se ha dejado ganar por la tentación de presentarse como lo que no es”. “Lo que nos conmueve de ‘el Diego’_declaró Bleichmar_ es la caída del héroe y su recuperación, su capacidad para no dejarse vencer. Y si Diego volviera a caer, seguiríamos amándolo porque no lo necesitamos exitoso: lo amamos en el éxito y nos enternece en la derrota, porque él es una parte de nosotros. Amamos lo Diego tiene de reparador y, a su vez, lo que tiene de inacabado: Diego no es Pelé, no es un triunfador, no es un winner. Diego es un hombre que cae y se levanta, que vuelve a caer y se vuelve a levantar. Diego se parece a  nosotros y a nuestra historia”.

Yo quería… Pero el público que votó, a través de Internet y del celular, en “El gen argentino”, el ciclo que conduce Mario Pergolini, por Telefé, quiso que anoche, Juan Manuel Fangio le ganara a Diego en el camino hacia la final donde consagrarán al “argentino más grande”. Según se informó, la cantidad de votos recibidos ascendió a 390.000. El  60.3 por ciento de los votantes eligió a Fangio; el 39.7 por ciento, a Diego.

Después de más de dos horas de un debate donde Diego llevaba las de ganar, el resultado causó tanta sorpresa que Pergolini les pidió a los panelistas (Jorge Halperín, María Seoane, Felipe Pigna y Gonzalo Bonadeo) y a los dos periodistas deportivos invitados, Quique Wolff y Pablo Vignone, que le buscaran una explicación. ¿Qué dijeron? Lo que pudieron, en un estado de asombro que no atinaban a disimular. Hablaron de “voto castigo”. Arriesgaron que Diego se parece a lo que los argentinos somos y Fangio, a lo que suponemos que deberíamos ser. Imaginaron razones de extracción social: la clase media percibiría en Fangio a un par. Todo eso y lo contrario podía ser. Pero a mí me ocurrió lo que a un hincha de fútbol cuando pierde el equipo de sus amores: ninguna explicación me conformaba. Yo quería que ganara Diego.

A manera de consuelo, me dije que esto no es más que una compulsa en un  programa de televisión. Que lo importante está en otra parte. Que Diego está ganando la batalla por recuperar su salud y vivir en paz. Y que ésa, la gana solo, sin debates ni votaciones.

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