La odisea de los refugiados, una larga espera del tren que nunca sale

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DESDE VIENA (Enviado minutouno.com) Mohamed tiene 16 años y se hizo adulto en dos meses. Es largo, finito y con cara de juguete de madera. Lleva puesta la misma ropa que usó ayer y antes de ayer: jeans, buzo y zapatillas, pero está limpio, impecable, como si el calvario que arrastra no le hubiera dejado rastros. Él es uno de los casi 20 mil refugiados que la noche anterior ingresaron a Austria en busca de un lugar para ponerle fin a sus infinitos recorridos.


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Habla perfecto inglés, que aprendió fuera de la escuela en Bangladesh, su país de origen. Allí dejó a su padre, un constructor de Daca, su mamá y sus hermanos. En la estación central Wien Hauptbahnhof, Mohamed asumió su nueva realidad y se puso al frente de una familia propia, que no sólo habla su idioma y que hace lo que él les dice con la ternura de una madre que ve a su hijo inválido querer caminar.

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Foto gentileza Cecilia Markic
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Bangladesh, Pakistán, Irán, Turquía, Grecia, Croacia, Hungría y Viena en 58 días. Ese fue el trayecto que este niño adulto realizó acompañado de extraños para desembarcar en la ciudad que albergó al imperio Habsburgo.

Mohamed no sabe dónde ir. Cualquier destino le viene bien para dejar de dormir en trenes, estaciones y plazas, y comenzar su vida en el mundo occidental, que ya lo golpea tanto como el que dejó atrás.

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A Mohamed cualquier destino le viene bien para dejar de dormir en trenes, estaciones y plazas
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Foto gentileza Cecilia Markic
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La estación Wien Hauptbahnhof cuenta cientos de historias diferentes a la de este chico, pero todas tienen un común denominador: escapar para instalarse en Europa. Sirios, iraníes, afganos que llegan por diferentes vías y se juntan en la terminal y esperan eternamente la partida de un tren que nunca sale.

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Foto gentileza Cecilia Markic
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La frontera con Alemania, el país donde la mayoría quiere ir, hoy está cerrada. No con barreras o muros: no se venden más boletos para viajar a Frankfurt o Munich. Además, el gobierno de Angela Merkel endureció su postura y ordenó controlar los pasaportes en cada ingreso y la mayoría de estos inmigrantes del siglo XXI carecen de papeles.

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Foto gentileza Cecilia Markic
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Wien Hauptbahnhof es luminosa y conserva la limpieza de esta capital, a pesar de que cientos de cuerpos con sudor y mugre se arrastran por sus pisos. A diferencia de los turistas, que le sacan fotos y se sorprenden, los locales parecen no inmutarse con el nuevo paisaje de su ciudad.

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Margaretten es rubia por donde se la mire. Arrastra un carro repleto de sándwiches que va repartiendo de a uno a los refugiados. Nadie se amontona para querer arrebatarle el alimento. "Es la cuarta vez que paso por este pasillo, ya todos comieron", cuenta con la alegría de un niño y en perfecto inglés. Ella no es la única voluntaria que decidió asistir sin nada a cambio. Muchos de quienes ayudan son de origen islámico y comprenden los idiomas de los nuevos pobladores de la terminal.

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La cola para sacar pasajes es larga, pero no tanto como las que se ven en los cajeros automáticos del conurbano bonaerense los primeros días de cada mes. Nadie se entromete, pese a la desesperación. Muchos llegan a la ventanilla sin saber el destino: sacan pasaje hasta el lugar donde les alcanza el dinero que llevan.

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Abdel está recostado sobre una de las barandas de vidrio que da al subsuelo de la terminal. Se tapa con una cobija, aunque no hace frío. Le quedan 40 euros para subsistir. Llora. Salió de Irán hace un mes y medio, ya con poca plata. Su idea era radicarse en Frankfurt, pero no puede llegar hasta Alemania porque no tiene pasaporte. Está solo, sin familia ni amigos. Su situación es contraria a la de Keled, un ingeniero sirio que lleva sólo nueve días de travesía. Tiene zapatillas Adidas y los brazos modelados a base de fierros. Está afeitado. Parte de su familia ya está instalada en Dusseldorf, Alemania. Otros parientes viajan con él y con los nueve amigos con los que emprendió la migración. La mayoría huyó de Siria con casa, trabajo y buena posición social. Pero, dicen, prefieren arrancar desde abajo en un lugar seguro.

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A simple vista, los refugiados se mueven en masa, de a grupos. Como los animales en la selva, se sobrevive en manada.

La mayoría son familias, con chicos pequeños, que mientras juegan con algún chiche o con una botella de agua mineral vacía, observan todo. Sus ojos son pequeños y no se sorprenden, viven con naturalidad algo que no es para nada habitual.

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Durante el fin de semana 21.000 refugiados llegaron a Austria. Se estiman que ingresarán 5.000 por día esta semana por las fronteras con Hungría, Eslovaquia o Eslovenia. El destino final siempre es Alemania o los países escandinavos, aun amigables a la recepción de los migrantes del siglo XXI.
El gobierno de Austria, por ahora, aplica una política de puertas abiertas a los refugiados, mientras debate establecer la figura legal del asilo "temporal". En paralelo a la política, Europa se llena de dramas que buscan un tren que los lleve a un final feliz.

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