La Justicia de Entre Ríos allanó el convento tras una denuncia por prácticas de torturas físicas y psicológicas a las religiosas que están en claustro. "Encontramos instrumentos de castigo", confirmó el fiscal de la causa.
La Justicia de Entre Ríos avanza con la investigación sobre supuestas torturas y humillaciones a las monjas del convento de Carmelitas Descalzas de Nogoyá, donde se secuestraron elementos de castigo.

Según la denuncia de un medio local, las religiosas serían víctimas de torturas físicas y psicológicas cuando están en claustro. El informe periodístico detallan las condiciones de vida y castigos intramuros: desnutrición, autoflagelación, uso del látigo y el cilicio, un elemento de tortura del medioevo.

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"Se encontraron los elementos de castigo que denunció la investigación periodística de (la revista) Análisis", informó el fiscal Federico Uriburu, quien reveló que la madre superiora "opuso resistencia" al procedimiento judicial, y que "hubo que utilizar la fuerza para entrar porque no se permitía el ingreso, con lo cual se rompió una puerta del convento".

Las monjas nunca pudieron abrazar a un familiar, ni darle la mano. Una de ellas no pudo ver a su padre por diez años, porque se había divorciado de su madre y por ende era "un pecador público", revela la nota de la revista que denuncia estos hechos.

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Según el medio, las monjas nunca se pueden mirar a un espejo porque es símbolo de "vanidad" y si alguna de ellas intenta ver su reflejo en el vidrio de alguna ventana, se las castigaba. Hubo veces que solamente se podían bañar una vez cada siete días.

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El padre Jorge Bonin, párroco de la Basílica Nuestra Señora del Carmen se encuentra en el exterior del convento y expresó: "Esto es muy doloroso, son cuestiones que no entiendo. El Obispo viaja urgente a nuestra ciudad".

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Además, si las religiosas se enfermaban o tenían que ser internadas, ningún familiar podía saberlo. ¿Ir al médico? No, sólo si se trata de un caso de extrema necesidad. Su ingreso al hospital era de noche, en forma casi clandestina y eran retiradas de la misma manera.

La mayoría ingresó con 18 años al convento, pero hubo algunas que lo hicieron a los 16, por lo cual tuvieron que hacerlo con permiso de sus padres. Tampoco saben lo que pasa puertas adentro sus familiares directos, precisamente por ese pacto de confidencialidad absoluta.