Allí donde a Bush lo quieren mucho


  • Mientras que en Latinoamérica y en el occidente europeo cada visita suya provoca violentas y multitudinarias protestas callejeras, en los países ex comunistas lo reciben como a un héroe.

  • Las razones de esta popularidad y los motivos por los que, para Estados Unidos, acercarse a esos países implica alejarse de la inmensa y estratégica Rusia.



George W. Bush no puede visitar ninguna ciudad  latinoamericana o europea sin que a su paso vayan estallando protestas en las calles.

Con el actual presidente norteamericano, se multiplicó la típica postal de la policía aporreando muchachos con la cara del Che estampada en las remeras, efigies grotescas y banderas norteamericanas envueltas en llamas y pisoteadas en mitad de la calzada.

Por un lado, hay algo de cierto folklore no muy edificante, pero por otro lado están las razones que motivan, con mucha lógica, semejante aversión: Bush representa el unilateralismo imperial, la doctrina de la guerra preventiva y el militarismo de altísima agresividad.

Lo curioso es que esa postal anti Bush que deja su paso por cualquier ciudad latinoamericana y europea, es la contracara de lo que se ve cuando el jefe de la Casa Blanca visita los países centroeuropeos que tuvieron régimen comunista y fueron parte del Pacto de Varsovia.

En esas capitales, igual que en los países centroasiáticos y los bálticos  que integraron la Unión Soviética, a Bush lo ovacionan en las calles  donde la gente se estruja contra el cordón policial estirando la mano a más no poder para tocar la del mandatario norteamericano.

Si para explicar este extraño fenómeno de desprecio visceral cercano y apasionado amor lejano, se plantea que los países ex comunistas se bandearon más a la derecha que las maduras democracias del Oeste europeo y que las inestables naciones latinoamericanas, se cae en un cliché frívolo y superficial.

Los pueblos que padecieron regímenes totalitarios consideran que  Estados Unidos aportó mucho más que sus aliados europeos en la Guerra Fría y que fue la potencia americana la que derribó el Muro de Berlín y empujó a la URSS a su desaparición.

Esa percepción de la historia, en alguna medida bastante acertada, valora en particular el vigor anticomunista del Partido Republicano y la acción antisoviética de los presidentes Ronald Reagan y George  Bush padre.

Más que por sus propias políticas, George Walker es popular por ser el hijo de George Herbert y del mismo partido Reagan.

En el caso de Tirana, la capital de Albania, el país balcánico donde lo acaba de agasajar una multitud en las calles, el actual presidente norteamericano recibe la popularidad que ganó su país cuando el gobierno del demócrata Bill Clinton salvó a los albaneses musulmanes de Kosovo de la limpieza étnica lanzada por Slobodan Milosevic desde Serbia.

Clinton elevó el agradecimiento de los países ex yugoslavos a  Estados Unidos cuando detuvo la criminal ofensiva serbia liderada por Radován Karadzic en Bosnia Herzegovina, ordenando desde Washington la intervención de la OTAN con bombardeos sobre las posiciones serbo-bosnias en la localidad de Pale.

George W. Bush también fue un continuador de sus antecesores en una de las políticas norteamericanas más aplaudidas por países ex soviéticos como Lituania, Estonia y Letonia, y antiguos miembros del Pacto de Varsovia, como Polonia, Hungría y la República Checa: sumar esos países a la OTAN, llevando esta alianza militar occidental hasta las mismísimas fronteras de Rusia, a pesar de las amenazas y pataleos del Kremlin.

Por la misma razón, el actual jefe de la Casa Blanca acaba de ser aclamado en la cumbre con los presidentes de Albania, Sali Berisha; de Macedonia, Nikola Gruevski, y de Croacia, Ivo Sanador: Bush les prometió a estos países balcánicos que Washington patrocinará su ingreso a la Alianza Atlántica.

En el caso polaco, existe una popularidad inmensa de Ronald Reagan, porque haber colaborado, junto al Papa Juan Pablo II, en que el sindicato católico Solidaridad, liderado por el sindicalista y electricista de los astilleros Lenin, Lech Walesa, tumbara el régimen comunista que presidía el general Wojciech Jaruzelsky.

Albania, que padeció durante largas y oscuras décadas el régimen aislacionista liderado por el estalinista Enver Hoxa, tiene una razón añadida para su actual pro-norteamericanismo: Bush está poniendo toda la presión de Washington para que Kosovo, con su población mayoritariamente albanesa, deje de ser una provincia serbia y se convierta en un Estado independiente.

Por cierto, las razones de la popularidad de Bush en Europa del Este y en países ex soviéticos, también explican la creciente tensión entre Washington y Moscú.

Desde que Boris Yeltsin era presidente, Rusia se opuso furiosamente a que la OTAN llegue hasta sus fronteras, y apoyó a Serbia y a su líder, Milósevic, primero a preservar la Yugoslavia que había creado el mariscal Tito, y después a que Kosovo siguiera siendo territorio serbio.

Y cada una de esas derrotas se vivió como una inmensa humillación para la nación rusa.

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