AMOR LIQUIDO EN GRAN HERMANO

*Para los participantes, es natural que el amor dure tanto como el beso del Osito: lo que un trozo de hielo meneado entre dos lenguas tarda en hacerse agua. Son jóvenes crecidos en la época que el sociólogo Zygmunt Bauman llama “la vida líquida”.

¿De qué hablan los participantes de Gran Hermano cuando hablan de sentimientos y de sexo? Tarde o temprano, esa pregunta aparece en todas las polémicas sobre el programa. Se diría que los adultos de más de treinta años de edad no logramos encajar las actitudes de los jóvenes que conviven en la casa televisada en ninguna de las categorías conocidas. Sentados frente al televisor, los observamos, perplejos. ¿Los motivos del asombro? Casi todo lo que se dicen o se hacen unos a otros. Y también, lo que dejan de decirse o hacerse. Para ejemplo, un punteo de esas actitudes que, a nuestros ojos, son puro enigma.


 


Después de tanta sinfonía amorosa inconclusa entre Silvina y Pablo, ahora que él salió del juego se reencontraron en “El debate”, tranquilos como dos viejos compañeros de colegio.
Ni hablar de Agustín y Claudia: donde no llegó a haber fuego ni las cenizas quedan.


 


Melisa, su declamadísimo noviazgo con Sergio Denis y los escarceos con Gabriel: la chica habló de todo y más, en tono monocorde y sin despeinarse. Nadie pudo dilucidar hasta el momento si por sus venas corre sangre de mujer enamorada o traicionera o traicionada o despechada. 


 


Jessica no paró de dar lata con el romance difícil que la une, en la vida ajena a las cámaras, a un hombre que la dobla en edad. De tanto batir el parche con su “Oso” de carne y hueso, consiguió que sus compañeros la apodaran “Osito”. Después, se concentró en la telenovela con Jonathan. A fuerza de besos robados al pelilargo, que al mismo tiempo le tiraba los galgos a Mariela, la carismática Jessica ofició como musa inspiradora para el hitazo del verano. Y en medio del vaivén de lenguas y fricciones, a veces se pregunta en voz alta qué ocurrirá con el Oso original cuando ella salga del programa.


 


Nadia dice tener con el tal Rocky una relación en la que cuando él está, está todo bien; pero que de ilusiones de futuro, nada, porque ella sabe a qué atenerse con  los hombres casados.


 


Vos, yo y cualquiera de más de treinta años nos morimos de ganas de ametrallarlos a preguntas: ¿Tienen idea de lo que significa estar enamorado?


 


Los eliminados del juego, durante la peregrinación mediática, a cada paso se topan con ese tipo de planteos. ¿Y qué hacen? Miran a su interlocutor con ojos lánguidos: está claro que les están hablando en un idioma que no entienden. De todos modos, por respeto, sueltan una de esas respuestas de los políticos en campaña: que todo es opinable, que vamos a charlarlo, que es una gran persona, que en la casa de “Gran Hermano” las cosas se dan por “afinidad” o para sentirse “contenidos” y que en las relaciones de la vida real, el pasado ya fue y el futuro todavía no llegó.


 


Hay quienes piensan que estos jovencitos tienen el corazón y la libido anestesiados. Que la producción de “Gran Hermano” armó con ellos el dream-team del vacío; que adrede han elegido a los peores del barrio: los que tienen las emociones blindadas o cierta inclinación a la promiscuidad sentimental. Por mi parte, creo que no son más que hijos de su tiempo, chicos y chicas crecidos en la época que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llama “la vida líquida”.


 


Bauman parte de la evidencia: “Los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente, fluyen”. Luego mira a su alrededor y advierte un mundo que se resiste a la solidez. “La vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de una incertidumbre constante”, afirma. Puesto a analizar los vínculos entre la gente, en su libro “El amor líquido”, observa que por temor a las relaciones duraderas preferimos entablar  “conexiones”; que le tenemos pánico a la soledad pero que nos aterra la idea de quedar atados a quien nos acompañe.


 


Según Bauman, “los habitantes de nuestro moderno mundo líquido están “preocupados por una cosa mientras hablan de otra”. “Dicen que su deseo, su pasión, su propósito o su sueño es ‘relacionarse’ -escribe. Pero, en realidad, ¿no están más bien preocupados por impedir que sus relaciones se cristalicen y cuajen? ¿Buscan realmente relaciones sostenidas, tal como dicen, o desean más que nada que esas relaciones sean ligeras y laxas?”. En ese marco, observa que  “la gente habla cada vez más de conexiones, de conectarse y de estar conectado” porque, a diferencia de las relaciones -muchas veces “indeseables pero indisolubles”, las conexiones “pueden ser y son disueltas mucho antes de que empiecen a ser detestables”.


En el siglo XXI, esto es lo que hay: un mar de vida líquida. Sin distinciones de edad, allí nos han arrojado a todos; y a flotar, mi vida. Pero ocurre que los mayorcitos nos resistimos y remamos a contracorriente en la esperanza de alcanzar una orilla, de volver a la solidez de la tierra que alguna vez pisamos. En cambio, los chicos de la generación Gran Hermano, crecidos en medio del maremoto, se mueven en el amor líquido como peces en el agua. Para ellos es natural que eso que llaman amor tenga la duración del beso del Osito: lo que un trozo de hielo meneado entre dos lenguas tarda en hacerse agua.


 


Lejos estoy de proponer que en estos tiempos de bisagra resignemos nuestros sueños de solidez y abracemos el amor líquido, a pleno, cual participantes de Gran Hermano. Sólo sugiero que a la hora de opinar sobre los más jóvenes, prestemos atención a una declaración de Bauman: “Aceptar las diferencias sirve para no cerrarnos cuando aparece algo que no entendemos o no conocemos”, dijo el sociólogo polaco. ¿Qué a esta altura de tu vida la flexibilidad no te da para tanto? Te doy un dato: Zygmunt Bauman, el hombre esto dijo, nació en 1925. Sí, tiene 82 años.

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