Argentina, un país beige

EFE
Por EFE

Argentina es un país con alto contenido de beige, un territorio no apto para los colores.


 


Esta elección del peor tono de la escala cromática no es casual, sino un reflejo de la personalidad del argentino medio, un ser esencialmente cagón y conservador, que quiere vivir “en promedio”, que no puede asumir una elección por un color, por una camiseta. Optando por el beige, las personas creen que no se equivocan. El triste camino del marrón conduce al lugar de los iguales, de los que pasan inadvertidos, a un espacio donde existe la certidumbre de que no se va a sobresalir y, por lo tanto, jamás se presentará un flanco pasible de ser criticado ni una mínima posibilidad de ser rechazado por diferente. Esta “isla de los iguales” es el paraíso terrenal del hombre marrón, una versión diferente del hombre gris descrito por Scalabrini Ortiz.


 


Enfundados en pantalones, sacos y camisas beige (cuando no con medias o bermudas al tono), los argentinos no sólo sienten que “la pegan”, sino que están seguros de que se “look da muy british” cuando, en realidad, su estilo es una cagada. Fruto de esta equivocada autoconvicción se reproduce un fenómeno inexplicable: la indigesta combinación de traje azul con zapatos marrones, despropósito que a los hombres de nuestro país les produce un “orgasmo fashion”. Claro que esto no es nuevo: la tradición amarronada es una plaga que azota a la Argentina desde hace décadas, tal como lo podría corroborar cualquier historiador que haya estudiado documentos gráficos de diferentes épocas. En este sentido, el gran argentino vestido de marrón fue Juan Domingo Perón, a quienes siguieron miles de políticos que consideraron y aún estiman que militar en las filas cromáticas de la gama es una de las claves del éxito. (Basta con observar cualquier acto o campaña para corroborar la seguidilla de “troncos”, una suerte de bosque compuesto por hombres que, como gran locura, a veces se juegan por un ambo gris como símbolo de una supuesta amplitud de criterio.)


 


Otros adoradores del marrón son los militares. Para este sector de la sociedad, cambiar de color de zapatos resultaría una afrenta, un equivalente a quedarse en bolas en medio de la avenida Santa Fe.

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