Riquelme, del odio al amor
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La mejor ¿despedida? Riquelme parece haber jugado sus últimos 90 minutos con al camiseta de Boca, por lo menos en este corto pero productivo ciclo. El 10 se fue a lo grande y con un golazo. Juan Román. Tómalo o déjalo. Ámalo o ignóralo.
El enganche, de los pocos que quedan, despierta sentimientos contrapuestos, opiniones diametralmente opuestas. Como si se viera el fútbol con dos anteojos completamente distintos. “Es el mejor de todos”, levanta bandera un sector. Pero los otros responden y lo califican de “pecho frío, fracasado”, injustamente. Dos polos casi irreconciliables. Dos extremos sin grises y exagerados.
Las aptitudes futbolísticas de Riquelme están claras y no necesitan explicación alguna. ¿Quién se anima a decir que es un mal jugador? Sólo un loco. Sin embargo, aquí en Argentina el 10 parece encontrar “su” lugar en el mundo. Cómodo, suelto, con ganas. Así, despliega su mejor fútbol. Para ver y disfrutar, más allá de los colores. ¿Se quedará? Las cifras son abismales y los números inalcanzables, tal como afirma la dirigencia. Pero…
Otra vez apareció en un momento clave. Un derechazo de Román significó el último ladrillo de un título que comenzó a construirse siete días atrás en La Bombonera. Justamente, con un tiro libre hermoso de él, para estirar la ventaja en dos en Buenos Aires. Ocho goles para ser el goleador de Boca en la Copa Libertadores, el mejor jugador del torneo y poder levantar su séptimo título con la camiseta azul y oro.
Ahora, a tres días de su cumpleaños número 29, al hombre nacido en San Fernando se le viene un nuevo desafía: la Copa América. Quizás la única deuda futbolística de Riquelme: triunfar con la Selección. Justamente, allí se produjo el quiebre en la gente después del Mundial de Alemania. Riquelme no fue Riquelme, Argentina no fue Argentina y todos le apuntaron al 10, sobre quien la gente había depositado todas sus esperanzas. Los dos sectores se opusieron: te amo, te odio. ¿Será el momento de la reconciliación?
El enganche, de los pocos que quedan, despierta sentimientos contrapuestos, opiniones diametralmente opuestas. Como si se viera el fútbol con dos anteojos completamente distintos. “Es el mejor de todos”, levanta bandera un sector. Pero los otros responden y lo califican de “pecho frío, fracasado”, injustamente. Dos polos casi irreconciliables. Dos extremos sin grises y exagerados.
Agustín Gigante
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