Canción con todos: la herida abierta de Isabelita

El teniente coronel Jorge Osinde –uno de los principales brazos ejecutores de la Triple A- no sólo se regodeaba con la muerte de sus enemigos políticos sino además se complacía explicándole a “Isabelita” por qué había que asesinarlos.


 


Osinde sabía en qué zona del inconsciente de la entonces Presidenta de la Nación había que sacudir con intensidad para sacarle todo lo que la banda terrorista precisaba para ejecutar el baño de sangre: Dinero, armas e impunidad.



El lado oscuro del pasado de la viuda de Perón que más la conmovía era su paso por los burdeles de mala muerte de la noche venezolana, en una de cuyas jornadas conoció y enamoró a un Juan Domingo Perón exiliado y sin fuerzas aparentes para seguir luchando. El nombre artístico con que actuaba María Estela Martínez era “Isabel”, o “Isabelita” como le decían cariñosamente sus clientes ocasionales. Había que tener coraje y mucha soledad a cuestas para casarse en tiempos de moralidad exacerbada con una alternadora de cabaret. Y Perón debió tener esa mezcla de sensaciones –coraje y soledad- para llevársela con él y elegirla su compañera de por vida, pese a saber que no le sería fácil arrastrar con la carga del pasado.



Entonces ya estando Perón muerto e Isabelita en el sillón de Rivadavia, Jorge Osinde le llevaba o le hacía alcanzar por José López Rega los cánticos mas hirientes de los “Montoneros”.


El lado oscuro del pasado que más la conmovía era su paso por los burdeles de mala muerte, en una de cuyas jornadas conoció y enamoró a un Juan Domingo Perón exiliado y sin fuerzas  para seguir luchando.    


En realidad, los primeros cánticos populares que más lastimaron la epidermis del matrimonio Presidencial fueron coreados por el ERP previo a las elecciones de 1973 después del destronamiento de Héctor J. Cámpora. Los seguidores del Comandante “Roby” Santucho cantaban: “Ni votos, ni botas… fusiles y pelotas”.  Fue el anuncio al viejo caudillo de que la guerrilla marxista no dejaría de lado la lucha armada y en ese contexto (seguido después por el asesinato del jefe de la CGT, José Ignacio Rucci a manos de los Montoneros en un operativo que llamaron “Traviata”, en homenaje a una marca de galletitas que se publicitaba por tener 23 agujeritos), que Perón comienza a estructurar la idea de reprimir ilegalmente a sus enemigos declarados.



Después de muerto Perón, el canto callejero de la izquierda peronista era: “Si Evita viviera… Isabel sería copera”.



Y ya sumida la Argentina peronista y no peronista en la confrontación total, los más exaltados Montoneros coreaban con frenesí las estrofas más terribles del repertorio popular en la historia política de la Argentina: “Vea, vean, vea… que manga de boludos / votamos a una muerta, a una puta y a un cornudo”. Sólo alguien de gran contextura espiritual podría no haber caído en el juego de la provocación que generaban dichas frases, y sabido era que la cordura y la frialdad para enfrentar las contingencias no eran las características de esta mujer tan vapuleada por el destino.


 


¿Sabía la conducción de Montoneros el clima de represión exacerbada que generaban sus cánticos callejeros? Seguro que lo sabían. Si algo no se le puede adjudicar a los jefes de la guerrilla peronista es ingenuidad o infantilismo. Visto a la distancia, pareciera como si hilos invisibles de mutuo acuerdo enlazaran las acciones de hombres como Osinde, Almirón, López Rega, Firmenich, Roberto Quieto y compañía.

Casualmente, cuando el juez español Baltasar Garzón le tomó declaración por la desaparición de 333 ciudadanos españoles en plena dictadura militar, Isabelita manifestó no recordar de qué se trataba la “Alianza Anticomunista Argentina” (Triple A), pero al ser consultada sobre las organizaciones ERP y Montoneros respondió curiosamente:  “Los recuerdo porque eran públicos… por las cosas que cantaban”. La herida no había cicatrizado y no lo haría jamás. Tampoco recordó a Jorge Manuel Osinde (a la postre embajador en Paraguay) ni al resto de los jefes de la ultraderecha peronista.


 


Cuando el juez español Baltasar Garzón le tomó declaración indagatoria por la desaparición de 333 ciudadanos españoles en plena dictadura militar, Isabelita manifestó no recordar de qué se trataba la “Alianza Anticomunista Argentina” (Triple A).    


Sin embargo, en esa misma declaración frente al juez hispánico, la viuda de Perón quiso dejar en claro el juego de ambigüedades que caracterizó sus dichos en parte amnésicos frente a la justicia española: “No soy tonta, sólo ocurre que pasó mucho tiempo para recordarlo todo”, expresó con esa tonada que alguna vez causó gracia en la Argentina antes que se desatase el infierno.



También tuvo en esas jornadas madrileñas palabras de aprecio al general Acdel Vilas, jefe militar del “Operativo Independencia”, llevado a cabo en los montes tucumanos contra la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez”, la incipiente guerrilla rural que el ERP estableció en aquella provincia después de tomar el pueblo de Acheral. Para vencer al minúsculo grupo instalado en las afueras de la capital tucumana, el Ejército al mando del General Vilas produjo innumerables secuestros, torturas y muerte de inocentes.



Otro de los favoritos en los elogios isabelinos fue el Almirante Emilio Eduardo Massera,  a quien Perón designó al frente de la Marina en diciembre de 1973.
Aunque Massera y López Rega integraban el brazo argentino de la logia mafiosa “Propaganda Due” (P 2) que lideraba el amigo de Perón Licio Gelli, a mediados de 1975 se produjo un curioso incidente entre ambos en pleno desarrollo de una reunión de gabinete en la Casa de Gobierno. Una discusión que pasó a mayores cuando Massera perdió el equilibrio y quiso tomar a golpes de puño a Lopecito, a quien corrió varias vueltas alrededor de la mesa oval en que se celebraba el cónclave oficial.



Esta anécdota vale recordarla para comprender hasta qué punto corría riesgo de muerte el periodismo de aquel entonces. El incidente de Massera y López Rega fue relatado por el periodista Heriberto Khan en su columna del diario “La Opinión”, que dirigía Jacobo Timerman.



Tanto encrespó la publicación al gobierno peronista que Khan tuvo que residir hasta sus últimos días de vida en la redacción del diario (sufría una enfermedad terminal), a sabiendas que si asomaba su pequeña figura a la calle sería muerto por la Triple A. No sólo para la izquierda estaba reservado el terror de ser presa del terrorismo de Estado.

Mañana, en minutouno.com, más sobre la historia negra de Isabel, la mujer que condujo la Argentina para vengarse de su destino.

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