Censura en Venezuela II: Chávez traiciona la democracia directa

*El cierre de un canal de TV en Caracas evidencia el uso discrecional del referéndum.
*En el fondo, está la eterna confrontación entre “mayoritarismo” y democracia representativa.

Recto a la referencia a Rousseau y Montesquieu en mi anterior columna, sobre lo cual se planteó dudas sobre su conveniencia un lector; reafirmo lo importante de entender la política latinoamericana, entre otras cosas, como una titánica pulseada entre el autor de El Contrato Social y el de El Espíritu de las Leyes.

El segundo reina en nuestras constituciones pero una desvirtuación del pensamiento de Jean -Jacques Rousseau es la que domina la cultura política de la región. Es por eso que, tanto la letra constitucional como los cuerpos legislativos, han sido históricamente débiles en sociedades con monárquica inclinación a dotar de inmensos poderes al líder providencial.

En alguna próxima columna explicaré el origen histórico de este extraño monarquismo republicano. Por lo pronto, frente a lo ocurrido en Venezuela, resulta urgente distinguir democracia de “mayoritarismo”.

En la clasificación aristotélica entre formas puras e impuras de gobierno, queda claro que la democracia es el gobierno de las mayorías que respeta e incluye a las minorías; mientras que su desviación (lo que llamo el mayoritarismo), es el gobierno de las mayorías que avasalla y excluye a las minorías.

Ergo, que un líder tenga el respaldo de amplias mayorías no implica que su gobierno sea democrático. Si no, tanto Hitler como Mussolini hubieran sido grandes demócratas.

Volviendo a Venezuela, Hugo rafael Chávez Frías pudo ser coherente con Rousseau, manteniéndose en sus reglas aún cuando éstas van contra sus propios objetivos; pero no lo fue. Al contrario, clausuró abruptamente a Radio Caracas Televisión y lo hizo a pesar de que una abrumadora mayoría reclamaba lo contrario.
Desde que llegó al poder, Chávez se dedicó a enterrar la democracia representativa, reemplazándola por lo que él considera una democracia directa, que en realidad conduce al mayoritarismo.

Igual que en el escenario iluminista, las ideas de Rousseau y de Charles Louis de Secondant, el barón de Montesquieu, confrontaron en el fragor de la política venezolana.

Liderando el Movimiento V República, Chávez se abocó a sepultar el sistema por entonces vigente junto a la dirigencia decadente que se hundía carcomida por su ineptitud y corrupción. El sistema sepultado era la democracia representativa, aquella donde el pueblo “no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”, fundada sobre la división de poderes que propuso Montesquieu desarrollando el pensamiento de John Locke.

¿Cómo lo hizo? Marginando el Poder Legislativo y convocando a una Asamblea Constituyente de la que surgió una legislatura de perfil bajo y un presidencialismo hipertrófico, que gobierna en forma plebiscitaria.

Para el pensador ginebrino, la democracia indirecta, o representativa, debía ser reemplazada por la “democracia directa”, o sea aquella en la que el pueblo delibera y gobierna prescindiendo de los representantes. Tal modelo fue muchas veces proclamado y automáticamente adulterado. Por ejemplo, cuando Lenin prometió dar “todo el poder a los soviets”, pero lo depositó en la nomenclatura bolchevique. De hecho, la única experiencia existente se da en algunos cantones helvéticos, donde los ciudadanos deciden las leyes constituidos en asambleas soberanas que recuerdan el ágora de la antigua polis.

Hugo Chávez inició su formidable construcción de poder, tras la demolición del sistema anterior y el entierro de la dirigencia bajo esos escombros, mediante el recurso permanente del referéndum. Para cada gran decisión, el presidente convocaba al pueblo para que apruebe o desapruebe sus iniciativas.

La sensación que se asentó en la mayoría de los venezolanos es que el presidente no necesita intermediarios y que su único interlocutor válido es el pueblo. Lo que equivale a sentir que la gente será siempre escuchada por el líder, quien ejecutará en el acto el deseo popular.

De esto se trata, esencialmente, la democracia plebiscitaria: al no existir intermediarios (representantes) como depositarios de la voluntad soberana, el pueblo es soberano al lograr que su representante exclusivo en el poder actúe en pos de su deseo.

Al clausurar la cadena radial-televisiva opositora, Chávez demuestra  que la voluntad popular sólo merece ser consultada cuando sirva a los intereses del liderazgo unipersonal que encarna. O sea, habrá referéndum sólo cuando la cuestión pueda plantearse en términos tales que tenga un resultado favorable al actual esquema de poder.

¿Por qué el cierre de Radio Caracas Televisión demostró la hipocresía del régimen chavista? Porque todas las encuestas, incluidas las de los medios oficialistas, demostraron con claridad meridiana y contundencia inequívoca, que más del setenta por ciento de los venezolanos rechaza el cierre de ese canal.

Entonces, si el presidente hubiera sido coherente consigo mismo y con su democracia plebiscitaria, sometiendo esta clausura a referéndum, la decisión del pueblo habría salvado al multimedia opositor.

He aquí la inmensa contradicción, o la caída de la mascara: el líder que eliminó al intermediario que distorsionaba el mandato popular, ahora se tapa los oídos para no escuchar la voz de las masas, porque esta vez contrarían sus deseos.

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