La derrota que más duele

Argentina fue una sombra. Lejos de su mejor nivel, fue vapuleado por el Brasil B, que no llevó a sus principales figuras. Cuando parecía que la reconciliación se acercaba, otro golpe duro que hace tambalear la relación con la gente.

Dicen que la última imagen es la que cuenta, la que queda en la retina del inconciente colectivo. Entonces, dos posturas se abren ante esta derrota. ¿Se valora las cinco victorias inobjetables del equipo de Basile o se critica los últimos 90 minutos?

Es fácil hablar con el “diario del lunes”. Sería demasiado reduccionista buscar las razones de la derrota en un solo jugador, en una sola persona. Y quizás, el principal apuntado sea Juan Román Riquelme: el jugador amado y odiado, el que divide las aguas y enfrenta al pueblo futbolero. Se pasa del elogio sin límites (“es el mejor del mundo”) a la crítica injustificada (tildado de “amargo” o con descalificaciones que poco tienen que ver con el juego).

El 10 pareció que no anduvo ni cerca por el estadio de Maracaibo. Lejos de su mejor nivel. Lejos del verdadero Riquelme. Apenas dos destellos, con el remate en el palo y la tapada del arquero, ambas en el primer tiempo. Aunque no siempre alcanza con un par de apariciones. Entonces, el dilema se vuelve a abrir: ¿Es el encargado de conducir la Selección?

Argentina jugó mal. Y eso no tiene atenuantes. Tuvo 90 minutos para el olvido, con una derrota que llega a lo más profundo del alma. Justo contra Brasil y en una instancia decisiva. Justo contra el clásico rival, con goleada y baile incluido.

Las ideas se hicieron ausentes y sin avisos. En parte por culpas propias. En parte por virtudes ajenas. Porque Brasil hizo un planteo perfecto: Dunga estudió minuciosamente al equipo de Basile. Y en el juego ajedrecístico, el ex volante verde amarello ganó cómodamente con un jaque mate. El segundo de Dunga en dos enfrentamientos ante el Coco.

Así, el seleccionado volvió a sumar otra frustración que duele. Argentina sigue con su sequía de 14 años sin ganar ninguna Copa América. Otro golpe de nocaut a la relación gente-jugadores. Un golpe que duele…



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Agustín Gigante

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