Crónica de un ataque en (y al) Hospital de General Rodríguez

*El sábado a la mañana fui a cuidar a mi padre que está internado en el Hospital Vicente López y Planes,y tuve un recibimiento muy poco grato.
*Por esa agresión, me enteré del estado de la seguridad en ese hospital, donde las enfermeras les dan pastillas a los drogadictos para protegerse a sí mismas.

Hace dos meses que mi padre está internado en el Hospital Vicente López y Planes de General Rodríguez, provincia de Buenos Aires y el sábado pasado llegué a las 10.30 dispuesta a quedarme todo el día a cuidarlo. Sin embargo, el recibimiento que me dieron no fue el mejor: cuando entré a uno de los pasillos del Pabellón de Traumatología, un hombre joven que estaba ahí parado se me abalanzó, me tomó del brazo y de la espalda e intentó arrastrarme hacia el interior del pabellón, donde quedara fuera de la vista. Me decía “Vení, nena” mientras forcejeábamos y yo gritaba todo lo que podía.

A esa hora, y en esa zona de un Hospital que comprende un predio enorme sobre la ruta, rodeado de monte, no había nadie. El grito de “Socorro”, que me salió como si fuera la actriz de una película, no alertó a nadie, y si el delincuente me empujó, me tiró al piso y salió volando en una bicicleta que tenía ahí nomás, fue más por suerte que por el hecho de que apareciera alguien a ayudar.

Aterrada, seguí camino hasta el siguiente pabellón, donde me encontré con el enfermero que me ayudó y me acompañó hasta la enfermería del segundo piso, la de la sala 22 de mujeres, donde las chicas me dieron agua y, mientras yo me tranquilizaba, ellas se ponían histéricas: se preocuparon por las que entran a las 6 y las que salen a las 10 de la noche, me contaron que en todo ese hospital gigante hay sólo dos policías –sin chaleco antibala ni handy alguno para comunicarse entre ellos- y, lo más escalofriante, que a la noche suelen aparecerse por la enfermería drogadictos que vienen en busca de alguna pastilla. “Yo le digo: tomá esta que te vas a sentir mejor”, me confesó una de las chicas de uniforme blanco, y se justificó –como si hiciera falta- diciendo que no había nadie de seguridad y que ellas eran sólo dos enfermeras por piso.

Más allá de que después llegaron los dos policías, que me llevaron hasta la Comisaría 1º de General Rodríguez a hacer la denuncia, donde me recibió el Comisario Julio César Barragán y que todos se preocuparon mucho por mí, lo cual agradezco, el estado del Hospital deja mucho que desear: los perros están afuera y adentro, y la caca en la escalera del tercer piso demuestra que se aventuran con tranquilidad sin que nadie los mande aunque sea a la planta baja; de noche, el Hospital es una boca de lobo: la iluminación brilla por su ausencia; se ingresa al predio por dos caminos que vienen desde la ruta, oscuros y sin ningún guardia que controle quién entra o quién sale; las enfermeras les piden a los familiares de los pacientes que lleven hasta el laboratorio –que queda como a cinco cuadras del pabellón en el que se encuentra mi padre- muestras de sangre de otros pacientes. De hecho, me pasó que la acompañante de otro paciente me contó con toda naturalidad que había ido a buscar el resultado del análisis de sangre de mi padre, lo había leído y para ella “no tenía nada grave”.

Claro, cómo no van a pasar estas cosas si hay dos enfermeras para un piso con 20 camas. ¿Quién lleva y trae muestras de orina, de sangre, radiografías, etc? Cualquiera, el que esté a mano. ¿El secreto médico? Bien, gracias. ¿La seguridad? Bien, gracias.

Sin duda, lo que viví el sábado fue un ataque con suerte porque el delincuente no tenía armas –la próxima vez seguramente irá mejor preparado-, pero lo que vive el Hospital –y la gente que trabaja en él- todos los días es un ataque mucho más grave.


 


 


Otras denuncias por el lamentable estado del hospital:


 


http://www.diarioaccion.com.ar/columnistas/elio.htm


 


http://es.geocities.com/nota303/2telo.htm

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