*Raúl Castro y la posibilidad de cambio y apertura, avanzando hacia el modelo chino y vietnamita. *Por qué Estados Unidos debe abandonar la visión del exilio de Miami y tratar con los disidentes cubanos radicados en Europa.
Era una ausencia que lo llenaba todo; una ausencia que colmaba el inmenso espacio del recinto. Por primera vez en casi medio siglo, la Asamblea Nacional de Cuba cerraba su ciclo anual con una reunión plenaria sin la presencia de Fidel Castro. La señal que faltaba para confirmar lo que todos saben, aunque aún no se ha hecho oficial: el padre fundador del régimen, el hombre que monopolizó el mando durante 47 años, ya no volverá a conducir la isla. Está claro desde hace tiempo, pero el anuncio se va haciendo en etapas para garantizar orden en la transición. Y el éxito del proceso demuestra que no hay improvisación y que todo se cumple de acuerdo a un plan.
La primer señal de que la ausencia de Fidel es definitiva la hizo Raúl a dos semanas de la internación de su hermano, al señalar que no habría un heredero único sino colectivo; o sea que los miembros del Consejo de Ministros dejarían de ser prolijos y silenciosos empleados de un jefe todopoderoso, para convertirse en un verdadero equipo de trabajo, coordinado por un jefe de actuación menos personalista y de autoridad menos centralizada. El presidente interino hablaba a futuro y en potencial, pero todos entendían que estaba describiendo el presente pos Fidel que ya comenzó en la isla.
La segunda gran señal fue el primer discurso público de Raúl Castro Ruz, en el acto de la Plaza de la Revolución que festejó los ochenta años del enfermo y anciano líder, así como un nuevo aniversario de la travesía del Granma. En esa ocasión, el hombre al que Fidel delegó el mando ofreció a Estados Unidos dialogar y negociar el fin definitivo del antiguo enfrentamiento. Hay razones para suponer que este anuncio tiene que ver con el futuro que Raúl Castro propone para Cuba y buena parte de la nomenclatura acepta. Conciente de que, sin el poder centralizado y personalizado que sólo un líder de la estatura de Fidel podía convertir en garantía de continuidad del régimen y el sistema, Cuba tendrá que abrir su economía para dinamizarla y dar a los cubanos los bienes y servicios que hoy no puede darles, el nuevo jefe aspira para la isla el mismo sistema político-económico que crearon Deng Xiaoping y Zaho Ziyang en China, y que adoptó también Vietnam; o sea el reemplazo de la economía de planificación centralizada por una economía mitad regulada por el estado y mitad mercado libre, pero claramente impulsada por el capital privado. O sea, un capitalismo heterodoxo en un país regido por el Partido Comunista.
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El razonamiento del liderazgo cubano sería el siguiente: si Estados Unidos aceptó este acuerdo tanto con los comunistas chinos como con el comunismo vietnamita, que en tiempos de Ho Chi Ming y de Vanguyén Giap protagonizaron una sangrienta guerra contra los norteamericanos, tiene mucha lógica que Washington acepte la misma relación con los comunistas cubanos, quienes en definitiva nunca tuvieron una guerra directa con los norteamericanos. Esa es la única transición posible de Cuba hacia un sistema político más plural y una economía abierta. Cualquier otra vía pasa por la violencia y el caos de consecuencias impredecibles.
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Por cierto, la negligente y ultraconservadora administración Bush rechazó de inmediato la negociación propuesta por Raúl Castro Ruz y no contempla la aceptación de un modelo chino o vietnamita para la transición en Cuba. Rechazar el diálogo imponiendo como condición que primero la isla debe democratizarse es absurdo; está claro que la democratización será, precisamente, la consecuencia del diálogo y no al revés. Pero más allá del carácter obtuso del actual gobierno norteamericano, a pesar de que su política de choque y presión (en lugar de diálogo y negociación) ha tenido resultados altamente frustrantes, para que Estados Unidos pueda colaborar a que el cambio de mando en Cuba avance hacia una transición, deberá sacar el tema del plano electoral. Ocurre que la cuestión Cuba ha sido abordada por todos los gobiernos desde la limitada perspectiva de contar con el apoyo de la comunidad cubano americana. Y está visto que la dirigencia de esa comunidad ha tenido y mantiene posiciones radicalizadas, en muchos casos extremistas, como lo demostró años atrás el tironeo por el niño Elián González.
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Washington dará un paso en dirección correcta si deja de construir su posición sobre la visión de Miami, y pasa a construirla desde la visión del exilio cubano en Europa. Allí están una dirigencia y una intelectualidad mucho más lúcida y moderada; por eso el puente que conecte a Cuba con el exilio debe comenzar por Europa. De ese modo será más factible que desemboque en una transición hacia una economía más abierta y un sistema político más plural y libre.
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