Cuba: un año sin Fidel

*La gran significación del discurso en el que Raúl Castro insistió en proponer a Estados Unidos un diálogo. Y el error norteamericano de no escuchar al nuevo líder cubano por seguir escuchando a los más extremistas de la dirigencia del exilio.

Fue la primera conmemoración al asalto al cuartel Moncada en el que no estuvo Fidel desplegando sus kilométricos discursos.

Aquel ataque perpetrado contra la fortaleza que está en el corazón de Santiago de Cuba, constituyó un sangriento fracaso en el cual el centenar de guerrilleros que había planeado el golpe en la Granjita Siboney, situada en las afueras de la ciudad, resultó en parte aniquilado y en parte encarcelado.

Pero constituyó la derrota táctica que trajo victorias estratégicas, porque allí comenzó la guerra revolucionaria que llevaría al poder a los revolucionarios.

Por eso la conmemoración del 26 de julio (fecha que dio nombre a la guerrilla de la Sierra Maestra), se constituyó en uno de los rituales más importantes de la Cuba socialista.

Y como en las demás ceremonias rituales del régimen, el centro de la liturgia siempre fue el discurso en el cual el comandante ahondaba en cuestiones de doctrina, además de arengar contra Estados Unidos y recorrer sus visones de la historia y del presente mundial.

Pero esta vez, en el palco vociferante no estaba él, sino su hermano; y el discurso de Raúl Castro volvió a emitir dos señales de altísima significación.

El presidente interino reiteró su propuesta de dialogar con los Estados Unidos para sepultar décadas de tensión y enfrentamiento; sugerencia que no sería tan significativa de no haber estado acompañada por una crítica de la situación económica de la isla y la reiteración de la idea de “reformas estructurales” al sistema.

En la juventud, el menor de los Castro Ruz fue quien introdujo a su hermano en el materialismo dialéctico, la idea marxista de dictadura del proletariado y la teoría leninista del imperialismo como fase final del capitalismo.

Pero en las últimas décadas, fue Raúl el más convencido sobre la caducidad del sistema de planificación centralizada y la impotencia del colectivismo y la propiedad estatal para generar, por sí mismos,  desarrollo y bienestar.

También fue Raúl Castro el arquitecto del “período especial”, la apertura económica producida en la segunda mitad de los ochenta y el grueso de la década siguiente, como consecuencia del colapso soviético, la potencia socialista que había subsidiado a la economía cubana desde 1962.

En esos años de apertura hubo inversión extranjera (particularmente mexicana, canadiense y española) en la industria hotelera, además de impulsarse las sociedades mixtas entre el Estado cubano y capitales foráneos.

El proceso trajo incluso inéditas oxigenaciones, por caso el surgimiento de intelectuales pro-democracia y cineastas como Gutiérrez Alea, quien dirigió películas de fuerte tono crítico como “Fresa y Chocolate” y “Guantanamera”, más tarde repudiadas por Fidel Castro.

Este 26 de julio, el presidente interino volvió a merodear la idea de la apertura económica a las inversiones privadas extranjeras y a los beneficios del mercado para los productores rurales.

O sea que volvió a insinuar la necesidad de que Cuba siga el rumbo chino y vietnamita; dos países gobernador por partidos comunistas (el de Mao Tse-tung y el de Ho Chi Ming) pero con la economía conectada a un pulmotor capitalista que, primero, las rescató de un coma profundo y luego las empujó hacia descomunales crecimientos.

Esa economía mixta es lo que parece querer impulsar Raúl Castro, aparentemente conciente de que la frágil situación actual, de sobrevivencia con austeridad franciscana, sólo se mantiene por la salvadora ayuda de Venezuela y los créditos multimillonarios de China.

El actual jefe cubano ha entendido el significado del chiste que circula por la isla: “el mayor logro de la revolución está en la educación, la salud y el deporte mientras que el mayor fracaso en el desayuno, el almuerzo y la cena”.

Por eso está preparando al PCC para una apertura gradual y controlada de la economía.

Pero ni la visión extremista de los grupos que representan al exilio cubano en Estados Unidos, ni la clase política norteamericana (adicta a los votos de Florida y genuflexa ante los lobbies de Miami) parecen dispuestas a entender la significación que tendría este paso.

Por eso, una vez más, la Casa Blanca rechazó la invitación al diálogo que hizo Raúl Castro.

Pocas cosas están más claras que el fracaso del embargo económico que rige desde los años sesenta. Y si bien en las primeras décadas pudo justificarse por la expectativa que despertaba, en las dos últimas se hizo harto evidente que, lejos de servir para la democratización, ha servido para la eternización del régimen castrista.

Lo que propone aún solapadamente Raúl al exilio de Miami, es avanzar hacia un futuro cercano en el que puedan invertir y hacer negocios en Cuba, pero no gobernarla porque el gobierno (como en China y en Vietnam) debe quedar en manos del Partido Comunista.

Por cierto que no es una propuesta óptima; pero es la única posible frente a una dirigencia cuyo anticastrismo visceral sólo promete que, de recuperar el poder, habrá persecución y venganza contra todos los miembros del régimen comunista.

Ese odio extremo que se irradia desde Florida, evidenciando que más que democracia y libertad lo que quiere es el poder en la isla,  tira de la cuerda que en el otro extremo tiene al ala totalitaria del régimen y, en el medio, un nudo gordiano que sigue ajustándose en lugar de aflojarse para poder ser desatado.

Sería importante que la clase política norteamericana sepa aprovechar la oportunidad que podría implicar Raúl; aunque es imposible que la cerrada y obtusa administración Bush entienda que el “no diálogo” que siempre ha practicado, no sirve como castigo y tiene efectos contraproducentes.

De momento, sólo el pre-candidato demócrata Barak Obama parece tener en claro que no escuchar al nuevo líder cubano por seguir escuchando a la dirigencia del exilio, sirve más a la continuidad del totalitarismo que al comienzo de la apertura.
 

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