DEJEMOS DE SER TELEVIDENTES MALTRATADOS

*No permitamos que en 2007, los canales sigan hostigándonos con los cambios de días y horarios. Defendamos ahora nuestros derechos de consumidores porque en marzo, puede ser demasiado tarde.

Estimado lector: esta vez, apelo a vos como televidente. Es por nuestro bien, para preservar el entrañable vínculo que nos une a la pantalla. No permitamos que este año los canales sigan cambiando los horarios y los días de los programas a su antojo, sin previo aviso, sin otro motivo que las disputas por el rating, sin el menor respeto por “este maravilloso público”, como suelen llamarnos, con innegable demagogia, cuando nos necesitan. No ha terminado aún el primer mes de 2007, y las emisoras que ocupan el primero y el segundo puesto en cantidad de audiencia _Telefé y Canal 13, respectivamente_ ya nos tomaron para la chacota. Es más de lo mismo que hicieron durante 2006. Y mucho más de lo que deberíamos estar dispuestos a soportar.


 


A decir verdad, este verano, la televisión argentina cuenta con pocos ciclos de peso para salir a conquistar espectadores. Así y todo, Claudio Villarruel y Adrián Suar siguen jugando al juego que, a fuerza de repetición, a la mayoría de los adultos ya los hubiera aburrido. Pero, evidentemente, ellos supieron conservar esa envidiable capacidad que muchos pierden a la salida de la infancia y que consiste en disfrutar durante largo rato con la misma propuesta lúdica. Y ahí están, mojándose la oreja mutuamente y disfrutando de sus travesuras. Que te pongo la gala de “Gran Hermano”, que te saco el estreno de “El contestador”; que te corro con un tanque cinematográfico, que te dejo en off-side con “Hechizada”; que prometo Peluffo y, en cambio, te doy a Rial en función de gala, que ya te voy a demostrar que Laport y los suyos “Son de Fierro”; que a Peluffo le pego una noche de nominaciones o de expulsiones en la casa, que te haré padecer “La  pasión de Cristo”. ¿Y nosotros, los espectadores? Aquí estamos, mirando cómo clavan, que nos clavan la sombrilla. 


 


Basta, plantémonos firmes y juntos. Busquemos el camino para lograr que las emisoras lo entiendan de una vez por todas: los televidentes somos consumidores y, en consecuencia, tenemos derecho a recibir los productos, es decir, los programas, en tiempo y forma. En 2006, los canales nos ganaron por cansancio, literalmente: agotados quedábamos al final de la semana luego de haber dormido un promedio de no más de cuatro o cinco horas diarias para poder ver los ciclos que debían emitirse en el prime-time (horario central) pero que, fruto del maldito corrimiento horario, salían al aire a comienzos de la madrugada.


 


No esperemos que alguien defienda nuestros derechos porque, está visto, no le importamos a nadie. Las múltiples asociaciones de defensa del consumidor no han demostrado el menor interés en hacer suya nuestra causa. Lo del Comfer (Comité Federal de Radiodifusión) fue todavía peor: primero intentó ganar protagonismo vociferando que haría tronar el escarmiento aunque la ley no le proporcionara las herramientas necesarias para realizarlo de un modo serio y efectivo. Así, oportunamente, amenazó con aplicar unas multas cuyos montos eran a irrisorios si se los comparaba con el dinero que cobran los canales por el segundo de publicidad. ¿Conclusión? Que luego de la bravuconada el organismo se sentó a negociar y terminó aceptando las promesas de que en el algún futuro impreciso, la grilla regresaría al cauce del que nunca debió haberse desmadrado.


 


El panorama se presenta desolador. Librados a nuestra propia suerte, tenemos dos opciones: resignarnos al papel de rehenes de los programadores o levantar nuestras voces  ahora, apenas comenzado el año. En marzo, puede ser tarde. Cuando llegue la andanada de estrenos, y los canales salgan con las uñas afiladas a la caza del rating, nuestra exigencia de que respeten la palabra empeñada en materia de días, frecuencias y horarios sonará tan estéril como la prédica de un profeta en el desierto. La oportunidad es hoy. Sugiero que tomemos al problema como a los toros, por las astas. Y que, puestos a reclamar, no perdamos de vista que somos millones y que la tele nos necesita: no hay televisión sin publicidad y no hay publicidad sin espectadores.


 


En este tipo de asuntos, la respuesta individual y maximalista suele ser mala consejera. Aquel que diga “yo apago el televisor, y listo” debe saber que está haciendo una promesa que tal vez no consiga sostener y que, reservada a las cuatro paredes de su hogar, probablemente no haga escuela. Vivimos en el siglo XXI: la televisión forma parte de nuestros hábitos cotidianos. A la tele, la necesitamos y la queremos. No peleamos contra el enemigo sino contra un aliado que en estas circunstancias está jugando en contra de nuestro derecho al goce de los buenos programas, al descanso y a una vida familiar ordenada. Acordemos, entonces, una acción colectiva, acotada en el tiempo y con alguna chance cierta de atraer la atención de los programadores.


 


Modestamente, propongo que nos conectemos a través de los medios que se muestran permeables a nuestras quejas de televidentes: las radios, los sitios de Internet, las cartas de lectores en diarios y revistas. Busquemos la manera de pegar cuando y donde les duele a los canales, en vez de  echar mano al recurso masoquista de clausurar el televisor hasta que aclare. Diseñemos una estrategia y hagámosla pública para que los hacedores de la tele sepan a qué atenerse. No usemos el botón “off” sino el control remoto. Apostemos a un zapping táctico: huyamos de las ofertas que caen como paracaidistas en nuestras agendas. Y retornemos a ellas, si es que nos placen, cuando se emitan en el día convenido y a la hora previamente señalada. 

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