La pareja oficial de la Selección

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Sebastián Oliva, hincha de Talleres, y Marisa Barrera, de Belgrano, son cordobeses y viven en un auto en la puerta de la concentración en Pretoria. ¿Su sueño? No te pierdas el video.

EFE
Por EFE

Sebastián Oliva y Marisa Barrera son una pareja de Córdoba, la ciudad que dejaron hace unos días para instalarse en un coche a las puertas de la concentración argentina en Pretoria, donde se sienten frustrados por no poder ver a sus ídolos.

"Es muy frustrante tenerlos tan cerca y tan lejos a la vez, tanto que invertimos para poderlos ver y no poder hacerlo no tiene palabras. Venir desde tan lejos para ver sólo una silueta no vale la pena", asegura resignada Marisa, mientras apura sorbos de mate que preparó junto al pequeño vehículo que les sirve de morada.

Duermen y viven en ese automóvil con la esperanza de ver a los jugadores que admiran por encima de todo y soportan mal que Argentina esté recluida entre los muros del Centro de Alto Rendimiento de la Universidad de Pretoria, una fortaleza inexpugnable para las miradas de curiosos y periodistas.

"Es la parte mala de estar acá afuera, casi no se los ve, están muy lejos, nos dan muy poco acceso, sólo el domingo pudimos verlos entrenar", agrega apenado Sebastián, que por su mayor altura es quien más padece las apreturas de dormir entre asientos y palancas de cambios.


 






Pese a todo no pierden la fidelidad por la albiceleste y prometen seguir alentándolos en su periplo sudafricano, que auguran glorioso.

Esperanzada, Marisa le lanza un requerimiento a Diego Maradona para que se compadezca de su paciencia: "Que tenga piedad de nosotros, hemos hecho tanto por él que le pedimos cinco minutos para verlos".

Sus palabras están cargadas de desesperación. Porque Marisa se muere por ver a Diego, "el rey, el más grande".

Y a Carlos Tévez, "el que le pone más garra" al juego.

Sebastián es hincha de Talleres de Córdoba y Marisa de Belgrano, equipos rivales de esa provincia. Salieron hace días de Córdoba rumbo a Johannesburgo. Allí alquilaron un auto. El dinero que tenían no era mucho. "Preferimos gastarlo en ver más el país que en hoteles", asegura ella.

"Es nuestro primer Mundial y queríamos vivirlo de forma diferente, cerca de los jugadores. Así tenemos un poco más de aventura y ahorramos un poco de plata", señala Sebastián.

Sólo cada pocos días se permiten un hotel, para tomar una ducha y estirar algo sus cuerpos. Así tienen previsto cubrir la estancia de Argentina en el país.

Gracias a dos sacos de dormir soportan las bajas temperaturas del invierno pretoriano, que rondan los 5 grados bajo cero.

Comen en los pequeños restaurantes de la ciudad y, de vez en cuando, hacen un poco de turismo.

Pero sus rostros son ya habituales en las puertas de la concentración argentina.

Sus plegarias para poder ver a los jugadores se suman con las de otros aficionados, que diariamente se abalanzan sobre las vallas protectoras cada vez que las puertas se entreabren para dejar paso a los periodistas.

"Somos afortunados", dicen mientras miran de reojo y con envidia las acreditaciones que asimilan como pasaporte hacia sus ídolos.

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