Diosa - Parte 1

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar. Primera entrega de un sabroso relato de modelos y empresarios.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.

Télam
Por Télam

- Querido, mi amor. Negro mi vida, tengo algo que decirte, vení- y lo arrastró hacia la galería que rodeaba la casa. La vista era imponente todo pasto verde inglés, a lo lejos el lago y los greens de golf del Country Rinconada de Balbastro. Uno de los top ten (más bien top three) de la zona sur, a pocos kilómetros de Capital. 


- ¿Si, Gordita?¿Qué tenés tan importante?  Decíme querida. En un ratito me voy, tengo un torneo  de golf- la abrazó cariñoso, siempre pendiente de su mujer, enamorado, las manos siempre encima de ella.


- Pero esto te va a hacer perder el torneo, no te vas a poder concentrar- le dijo pícara. Su mirada.  Tantas veces objeto de comentarios y disquisiciones públicas y privadas, la sensualidad que despertaba,  su cuerpo apenas cubierto por una delgada túnica de tela india en el calor de la mañana de verano. Irresistible. Como siempre.


- ¿No adivinás? ¿Cómo me ves? – y dio una vuelta completa modelando, seduciendo, no aflojando nunca el lazo pasional y erótico que los unía.


- Verte…divina como siempre mi vida. Estás para cualquier cosa. Yo no sé cómo hacés pero me volvés loco. Me vas a hacer quedar. Largo todo y dejo el golf - le dijo serio, con una sonrisa.


- Estoy embarazada, mi amor. Por fin. Por fin lo vamos a tener.
Él empezó a temblar y después a sollozar quedamente. Iba a ser padre por fin. Por primera vez y a esa edad ella, la diosa joven le iba a dar un hijo.




¿A dónde van cuando desaparecen las diosas divinas que cual cometas aparecen desde algún lugar del cielo, arrebatan nuestra atención, nos imponen sus cuerpos y rostros perfectos, logran que querramos saberlo todo sobre ellas? Esas que se nos muestran y ofrecen, las que pasean semidesnudas, acariciándose el pelo y mirándonos a los ojos, en cuanto medio gráfico o televisivo o publicitario nos ronde. Las que durante un tiempo constituyen “el material del que los sueños están hechos”. Las que salen de la nada y un día están con todos nosotros para no dejarnos dormir, o no sin ellas, o un sueño no tranquilo, irrumpir en nuestras fantasías, enamorarnos sin posibilidad alguna, perdernos por ellas.



¿A dónde van cuando no las vemos más? Cuando culmina la parábola que describen en el cielo y –no menos adorables que antes, llenas de dones para quien las tenga cerca- dejan de ser visibles para todos nosotros o parecen extinguirse abrasadas en su propio fuego.


¿A dónde van? Es una pregunta retórica: yo conozco la respuesta.


Algunas, una ínfima minoría, cada década quizás una no se eclipsan ya nunca más. Siguen una carrera siempre ascendente y se convierten en figuras permanentes de este medio, un país generoso que alberga divas y diosas, íconos sexuales de 70 años. Sólo en Argentina….en fin.
Otras no van a ningún lado. En algún momento, demasiado pronto se pierden en los abismos del vicio o la oscuridad, terminan en burdeles de lujo, figurando en books de platino, después oro y por último figuras lastimosamente provocativas en sitios de “escorts” en internet, indiferenciadas ya de la carne abundante que se ofrece por 30 dólares la hora, o hacen carrera en los suburbios, se van alejando más y más de las luces del centro hasta terminar quizás en Paraguay o Panamá o Ceuta y Melilla, o en casas oscuras en las rutas de Europa, distracción y descanso de camioneros belgas. Se corren, dan lugar a nuevas camadas de jóvenes ansiosas de salir, ellas también, del anonimato y brillar aunque sea


fugazmente.


Pero la mayoría, el grueso de esas diosas, las que encarnan la fantasía de cada momento, las que sintetizan nuestros deseos más complejos, esa mayoría va  a parar a un solo lugar: tras desaparecer de la imagen visible, traspasan las barreras y garitas y recalan en los Countries. Allí, dejan de ser figuras públicas y pasan a manos privadas. Ya no alimentan a esa platea insaciable y voluble que a su vez las olvida rápidamente para volcarse a la imagen nueva que viene a reemplazarla.


Se casan con -otros dicen se consiguen un– “poderoso empresario”. Un hombre de dinero, no necesariamente un millonario de fábula pero sí quien les puede proveer un estilo de vida que siempre vieron como patrimonio de otras mujeres, de las que viven en las novelas, no el  de ellas que suelen provenir de clases medias o bajas.


Terminan haciéndolo todo, viviendo la vida del country, integradas, parte indisoluble como si siempre hubieran sido de allí: partidos de tenis, o golf, hípica a veces, reuniones sociales y de mujeres para jugar a las cartas, cursillos sobre Deepak Chopra, metafísica al alcance de todos, control mental, yoga, a cargo de profesores itinerantes que recorren los countries. Y gimnasio, pilates, body building, peluquería, masajes faciales y corporales, cama solar. Manía, frenesí y acción continua en primavera y verano, melancolía opulenta en el otoño e invierno. Viajes con el marido y con parejas amigas a Brasil, el Caribe, ocasionalmente Europa.


Terminan también teniéndolo todo, casonas estilo californiano con galerías, piletas olímpicas, camionetas cuatro por cuatro,  perros de raza con pedigree oficial, hijos rubios de pelo largo o si son morochos también perfectos. Cuidados y atendidos  por sus nannies hasta que ingresan –temprano– en colegios ingleses de la zona. Mucamas y jardineros, cocineras y niñeras, personal de servicio que hace lo necesario para que ellas no se molesten. También, a veces, amantes hedónicos cuidadosamente elegidos, mantenidos a distancia para no poner en riesgo la posición ganada.
Allí es donde terminan, donde se esconden de una buena vez tras habernos deslumbrado por un breve año, o dos. No todas claro, siempre hay destinos más crueles, o benévolos, las cartas de la vida nunca se reparten uniformemente.


Pero se puede decir que la vida de Country Club es el destino esperable, el que  tienen derecho a aspirar las estrellitas, diosas que corporizan, encarnan, durante un tiempo, las visiones de los argentinos para luego convertirse en las señoras, bellas señoras de un countrista prominente.
Y hay una razón para este destino común: ellas lo quieren, y ellos las quieren a ellas. Hay en nuestro país –seguramente en otros también existe un perfil parecido– un tipo de hombre que llega a los 45, o 50 años y ya ha transitado hace mucho el primer matrimonio. O nunca lo hizo.


Tiene “la vida hecha”, hijos grandes, divorciado hace tiempo. O solterón que se ha mantenido invicto.  Se dedicó intensa e inteligentemente a sus negocios, supo medrar y hacerse rico. Hace años ya que conoce todo sobre la noche, las salidas, el desenfreno y los placeres de la soltería en la madurez: con plata, auto y country, un hombre es, hoy en día, un galán irresistible. Las mujeres han cobrado consciencia de su vulnerabilidad. Se dieron cuenta hace ya tiempo que las cosas salieron distintas de cómo les habían dicho: ¿querían liberación femenina? Pues la tuvieron y ahora no saben cómo volver atrás porque con el combo de libertad e igualdad, vino muchas veces la soledad… ¿Quién las cuidará, quién las mantendrá cuando el esposo las dejó, o se hacen menos lindas, o envejecen aún un tantico asi? Hoy pasados los 30 o 35 son unas viejitas, y mejor tener el circo armado porque sino sólo queda ir los jueves a bolichear trágicamente a ver que se puede  pescar, en general nada que exceda una noche o dos.


Así es que nuestro galán maduro es como un cazador equipado con rifle y escopeta disparando en el zoológico: puede elegir su presa, todas están disponibles, se venden por una cena esperando que esta vez, esta vez sí….


Pero todo tiene su final y el hombre llega a esa edad en que quiere formar “una segunda familia”, o “una familia” a secas, se siente solo, harto de partuzas y fiestas desenfrenadas, todos los excesos ya cometidos, probados y desgastados por el uso. Y allí se pone, a veces inconscientemente a buscar una compañera que lo haga transitar por ese tramo tan  importante de su vida amorosa. Que si bien carecerá de la gloriosa inocencia, el encanto e ingenuidad de las primeras parejas que formó,  tendrá otra cosa a cambio. El hechizo de poseer una mujercita joven y bella a quien amar y tolerarle caprichos. Ella sí sabrá desde el principio de quien es todo lo que de material los rodea. Ella actuará también en consecuencia agradeciéndole la nueva vida que el vierte generosamente sobre ella.
Es, si se quiere un trato más honesto, sin ninguna duda uno más claro: él aporta los medios para una vida de placeres continuos, rodeados ambos de lujos y comodidades. Ella tributa su belleza, su juventud que regalan los ojos y los sentidos del marido maduro. Todos contentos.
Casi todas estas historias tienen final feliz. Sino espléndidamente por lo menos razonablemente. Las parejas se consolidan, vienen los hijos, las chicas dejan de serlo y los maridos maduros envejecen. Juntos. También hay divorcios, más o menos complicados, más o menos venturosos.


Algunas, sólo unas pocas de entre todas, marcan un rumbo de dicha plena para la afortunada que asciende, se integra, y ya es parte de aquella alta sociedad de los countries, ya no más una advenediza sino ella misma quien juzga y aprueba y dictamina. Después sigue haciéndolo hasta llegar a paraísos solo soñados de prestigio, riqueza y felicidad.



Otras de esas historias en cambio, devienen tragedias por el imperio del azar y las malas circunstancias.


 



  • CONTINUA EL PRÓXIMO VIERNES.

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