El Hombre de Todas las Mujeres - Cap. 5. (Último)

*Por Dumas.

Un hombre travestido de mujer es un hombre, no es una mujer. Un Hombre que quiere ser mujer, pero no lo es. Alguien que quiere alcanzar una esencia que nunca tendrá. Y que apenas consigue con espejismos de maquillaje. Porque, en el fondo, no deja de ser quien es. Aunque no lo acepte. O aunque quiera ser otra cosa.



Tardé un momento en comprender que un hombre, aunque estuviera travestido de mujer, nunca llegaría a enamorarse de mí. Al menos no bajo la forma en que lo hacen todas las mujeres; sencillamente porque aunque travestido de mujer, no había secreto que le amenazara. Seguía siendo lo que es: un hombre.



¿Y si le revelaba el secreto que las mujeres escondían desde hacía milenios, yo, el único hombre que conocía ese secreto?. ¿Y si, de una forma absolutamente impensada, yo le ofrecía la única y verdadera forma de SER una mujer? ¿Si compartía con éste hombre, que se sentía y quería ser una mujer, el secreto de las mujeres?


 


Cambiaría las cosas. Desequilibraría el género. Lindo crucigrama de sentimientos se produciría si un hombre que quiere ser mujer tuviera conocimiento del secreto que hermana a todas las mujeres.



Bastó con hacer un gesto vago con la mano comprobándole que sí, que me sentía bien.



Entonces, él volvió a su espera en la parada del colectivo, y me echó al olvido.
Comencé a caminar, prendiendo un cigarrillo. Quizás sintiéndose ellos también en una soledad acompañada, un grupo de gatos que merodeaban la cuadra decidieron seguirme buena parte del camino.



Tomando conciencia que no podría vivir cargando semejante castigo silencioso, como una amenaza constante en cada mirada de mujer que encontrara, por el resto de mi vida.



Entonces, tuve la revelación: si bien no podía escapar del secreto que conocía, y la terrible consecuencia, bien podría decidir cuánto tiempo duraría todo aquello: era perfectamente dueño del resto de mi vida. Y recién allí, con ese descubrimiento, sentí algo parecido al alivio.



Poco importa si fue una hora después, una semana después o un año después. Porque casi no habría diferencia: en cualquier caso, siempre estaría yo, sabiendo el secreto de las mujeres y ellas, enamorándose de mí.



Entonces, vayamos al final sin preocuparnos por minucias como el tiempo.
No sólo era una decisión tomada, sino que había elegido hacerlo por mí mismo. Por tanto, me alejaría del mundo lo más que pudiera y de la forma mas adecuada.
Así, tomé mi automóvil, por la ruta que se aleja de la ciudad. 



El último rasgo que tuve de la sociedad que había decidido abandonar, fue una maniobra a mitad de camino, para evitar chocar con un vehículo que se había detenido en medio del asfalto, donde cuyo chofer aparentemente había tenido la mala suerte de atropellar a un viejo.



Me dí cuenta que hacía mucho tiempo que no experimentaba semejante sensación de libertad: marchando en el camino, con el volante en mis manos, y el viento en la cara. Solo. Huyendo de pesadillas vividas en plena vigilia con un insomnio interminable.
Sin amenazas de las cuales escapar.



Sonreí: ¿Qué otra cosa estaba haciendo en ése mismo momento si no era escapar de las amenazas?
Una hora. Un día. Un año. Poco importa cuánto estuve conduciendo por la ruta.
Cuando el combustible del auto se agotó, había llegado al lugar indicado. Sea cual fuere.



Anochecía. La última luz del día se abrazaba con la de la noche y las primeras estrellas.



Salí del auto, me alejé del camino unos pasos y alcé la vísta al cielo. El color del atardecer me inundó la mirada. Aspiré hondo, ése aire de crepúsculo.



Le sonreí a nadie, mientras levanté mi mano empuñando el revólver hasta llegar a mi cabeza.



Y el arma estornudó una bala.



En un comienzo pensé que lo hacían por curiosidad; para asegurarse que su secreto había muerto conmigo, y ahora volvían a estar sanas y salvas. Sin amenazas. 
Pero no. Comenzaron a llegar realmente acongojadas y llorando.



Las primeras mujeres aparecieron desde el horizonte, caminando por pleno campo, sabiendo perfectamente a qué lugar llegar.



Después, fueron llegando en auto, en procesión, solas o en grupo. Todas ellas comenzaron a rodear mi cuerpo sin vida en medio de la nada, bajo un llanto de viudas sin consuelo.
Y siguen llegando.
 
FIN.
 
Dumas
 
Nota del autor: Con éste capítulo, llegamos al final de la saga de folletines que hemos compartido durante éste año. El martes próximo se publicará una breve nota de agradecimiento y la revelación del secreto más insignificante.

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