El visitante

*El significado de la extraña e inquietante presencia del presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, junto al príncipe de Asturias y presidentes latinoamericanos, en la ceremonia de traspaso de mando en Ecuador.
*Hugo Chávez le abrió la puerta de la ceremonia en Quito, a pesar de que, masacre de AMIA mediante, obligaba la ausencia de Kirchner.

La presencia del presidente iraní, , Mahmud Ahmadinejad , en la postal de Quito, en el traspaso de mando en Ecuador, fue curiosa e inquietante. La única figura extra regional en la asunción del nuevo presidente ecuatoriano, la del príncipe de Asturias Felipe de Borbón, fue normal y comprensible por el vínculo iberoamericano. Pero no resultó normal ni entendible a simple vista que el único mandatario no perteneciente a la región fuera el iraní.

Por cierto, que sea un desafiante adversario de Estados Unidos y Europa no implica que Latinoamérica deba aislarlo y despreciarlo. Sin embargo, hay dos razones para que su presencia en la ceremonia de  Quito provoque sospechas y resquemores: la primera es que invitar a Ahmadinejad implicaba obligar a Kirchner a no estar presente; obviamente debido a que Irán ha rechazado colaborar con el esclarecimiento de la masacre de la AMIA y porque ha usado un tono amenazante para con la Argentina.

Invitar a Mahmud Ahmadinejad a la ceremonia del traspaso de mando en Ecuador, obligó a Kirchner a no estar presente.

La otra razón es que sus últimas acciones le merecieron una ola de cuestionamientos internacionales. Se le cuestiona hacer de Hizbolá un estado paralelo que debilita al estado libanés y lo arrastra al Líbano a sus propias guerras. También se lo criticó duramente por exhortar a los estudiantes iraníes a delatar a los maestros y profesores que tengan ideas seculares para que sean echados de los colegios y universidades. Mientras que resultó aborrecible que, tras exhortar a los musulmanes a borrar del mapa a Israel, realizara un congreso internacional con pseudos-intelectuales extremistas y fascistoides para negar un genocidio: el holocausto.

Ninguno de sus antecesores, incluido el ahora moderado Alí Akbar Hashemi Rafsanjani, ni el reformista Mohamed Jatami, actuaron con tanto dinamismo y le elevaron tanto el perfil de la presidencia como lo ha hecho hasta ahora Mahmud Ahmadinejad.
Cuando fue elegido por una pequeña diferencia de votos sobre Rafsanjani y sobre el ultra-reformista Imad Mugnié, parecía un alfeñique que nunca saldría de bajo la falda de sus protectores, el alto clero ultra-conservador.
    Al presidente iraní se lo cuestiona internacionalmente por negar el genocidio del holocausto, por hacer de Hizbolá un estado paralelo que debilita al estado libanés y por perseguir a quienes tienen ideas seculares.
 

Sus antecedentes lo describen como un fanático religioso. Posiblemente participó en las turbas que ocuparon la embajada norteamericana en Teherán en 1979, debilitando a la administración Carter. Luego se enroló en organizaciones paramilitares ultra-islamistas (las fuerzas de choque de Ruholla Jomeini); luchó como voluntario en la “santa defensa”, como denominan los iraníes a la guerra de ocho años con Irak; a pesar de su pequeña y frágil contextura física llegó a ser un combatiente de elite en la división “guardianes de la revolución”. Y como alcalde de Teherán tomó iniciativas ultra-religiosas y reaccionarias, como convertir los centros culturales en lugares de oración, censurar cualquier publicación de perfil laico u occidental, prohibir por inmorales campañas de publicidad callejera como una con David Beckham en pantalones cortos.

Ahora bien, desde que llegó a la presidencia Ahmadinejad no se ha comportado en absoluto como un alfeñique sin vigor ni iniciativa. Por el contrario, ha cobrado un inmenso protagonismo, que se explica en gran medida porque el conservador ayatola Alí Jamenei lo ayuda y lo promueve, en lugar de sabotearlo como lo hizo con el reformista Jatami.

Es lógico que defienda como lo está haciendo el plan nuclear iraní, pero es repudiable que persiga a los estudiantes que reclaman en los claustros más ciencia y menos religión; así como su injerencia en los asuntos internos del Líbano y sus exhortaciones antisemitas, incluida la nefasta negación del genocidio perpetrado por el Tercer Reich.

Otra particularidad del presidente iraní es que, a diferencia de ayatolas como Jomeini y Jamenei, y de la dirigencia fundamentalista persa, él no tiene problema en forjar alianzas con gobernantes cristianos y con países considerados enemigos por los ultra-islamistas. Es el caso de los acuerdos económicos con Rusia, a pesar de que haya masacrado a tantos musulmanes en el Cáucaso y en Afganistán, y de los pactos comerciales con China, país que persigue a los musulmanes en la región del Xingián.

Otra particularidad de Ahmadinejad es que no tiene problemas en forjar alianzas con países considerados enemigos por los ultra-islamistas.    

Con el mismo pragmatismo, Ahmadinejad forjó una alianza política con un líder que está en las antípodas política y religiosa, ya que Hugo Chávez es izquierdista y católico. Aunque lo que los une también es vigoroso: el odio visceral a los Estados Unidos.

Que siendo un personaje tan controvertido haya sido el único mandatario extra regional en el traspaso de poder en Ecuador, es un hecho inquietante. Mucho más cuando, masacre de AMIA mediante, su presencia obligaba a la ausencia del presidente argentino.

De todos modos, esa presencia se explica por su alianza con el presidente de Venezuela. Indudablemente, fue Hugo Chávez quien colocó a Ahmadinejad en una postal con el príncipe de Asturias y con presidentes latinoamericanos, algunos mundialmente respetados como el brasileño Lula y la chilena Michell Bachelet.

Esto muestra, por un lado, la ya conocida y desafiante osadía del exuberante líder caribeño, y por otro auto-confianza y el poder con que despliega su influencia en toda la región.

Dejá tu comentario