*Durante el fin de semana último, cada vez que encendí el televisor y accioné el control remoto, cualquiera fuera la señal sintonizada y lo que ella estuviera emitiendo, yo veía y escuchaba todo el tiempo las mismas y desgarrantes escenas.
Durante el fin de semana último no conseguí hacer zapping. No fue una falla del control remoto ni del televisor. De hecho, pude encender y apagar la tele a mi antojo. Y nada me impidió que los canales se fueran sucediendo, uno tras otro, en la pantalla a medida que oprimía el mando a distancia. Sin embargo, cualquiera fuese la señal sintonizada y la imagen que apareciera en ella, desde el sábado a la mañana he visto y escuchado todo el tiempo las mismas y desgarradoras escenas. No podía despegarme de ellas. Las tenía impregnadas en las retinas y en los oídos. No pude despegarme de ellas. No quise. Me sentía como millones de argentinos: indignada e impotente.
En la mañana del sábado 20 de octubre, los canales de noticias emitieron la desesperación en carne y hueso. Mostraron cantidades de gente desecha de dolor, encendida de bronca, lacerada de espanto. Eran los familiares, amigos y vecinos de los policías masacrados el viernes último: los oficiales Alejandro Rubén Vatalaro y Ricardo Barbosa, y el sargento Pedro Díaz. Se los veía, a todos, huérfanos de consuelo. Algunos increpaban al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá. Otros lloraban sin pudor. Hubo hombres y mujeres que gritaron hasta el límite de la disfonía. Hubo féretros con cadáveres jóvenes llevados al cementerio de la mano de sus mayores. Eran escenas imposibles de olvidar: a esa gente la unía el amor (por las víctimas) y el espanto (por lo que fueron capaces de hacer los victimarios).
El zapping desde entonces, se me tornó imposible. Por mucho que pasaran las horas y por más que la tele “cambiara el ángulo de la información”, no tuve modo de concentrarme en los anuncios del pronóstico del tiempo, porque lo que venía a mi mente era que Alejandro Vatalaro, de 27 años, no volvería a ver el sol de primavera. Era inútil sintonizar en MTV las repeticiones de la entrega de premios que tuvo lugar en México el jueves último, porque me asaltaba una idea recurrente: el sargento Pedro Díaz, de 45 años, ya no escuchará música; nunca más. Sus asesinos decidieron lo que sólo Dios debería dictaminar: que a un ser humano le ha llegado la hora del silencio del cementerio. La tele batallaba con el Día de la Madre: regalos, besos, celebración. Y entonces, yo pensaba en la esposa del oficial Ricardo Torres Barbosa, madre de un crío de 2 años y embarazada de 7 meses.
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En la tele como en el resto de los medios, circularon varias hipótesis con la intención de explicar lo inexplicable. En mis oídos de simple televidente y ciudadana, todas sonaban como latas vacías. ¿Mensaje mafioso? ¿Oposición a la política oficial en materia de Derechos Humanos? ¿Interna policial? ¿Propósito de desestabilización institucional a escasos días de las elecciones? ¿Venganza? No lo sé. No se sabe. No se sabe si se sabrá algún día. La única certeza es la que dicta el humanismo más elemental: que nada, absolutamente nada, justifica y ni siquiera explica la barbarie cometida.
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Tal vez haya quién quiera vivir en un país donde los crímenes “se investiguen hasta las últimas consecuencias”. No es mi caso. Con eso no me alcanza. El latiguillo repetido por los sucesivos gobiernos, a esta altura, me sabe cínico. Yo ambiciono un país donde los funcionarios de turno se avoquen a la prevención de los homicidios; donde el Estado nos garantice el derecho a la vida hasta el momento en que Dios nos la quite; donde oficialistas y opositores dejen de chicanearse con “el tema de la inseguridad” y entiendan de una vez por todas que lo que ellos llaman “tema”, para cada una de las víctimas significa muerte. Ni más ni menos: muerte. Y de la muerte, nadie vuelve nunca; ni siquiera cuando sus asesinos terminan tras las rejas.
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