*El triunfo de Diego Leonardi en la versión protagonizada por “famosos” demostró que el reality creado por John De Mol se lleva mejor con los desconocidos. ¿Por qué será que ese formato repele a los mediáticos?
Con la consagración de Diego Leonardi como ganador de “Gran Hermano Famosos”, por más de un millón de votos telefónicos, quedó demostrado: el atractivo de “Gran Hermano” reside en la exposición televisiva de gente común y corriente.
Las ediciones con participantes ignotos llamaron la atención del gran público. Ya fuera para disfrutarlo o para denostarlo, la mayoría de los televidentes cayó en la tentación de mirar “Gran Hermano”, de convertirlo en tema de conversación, de polemizar sobre él o de poner la propia capacidad lúdica al servicio de ese juego compartido. La versión que se hizo con supuestos famosos, en cambio, pasó por la pantalla con más pena que gloria. Se diría que el invento del holandés John De Mol no se lleva bien con el despliegue histriónico de los actores, las estrellas deportivas, los cantantes profesionales o los mediáticos en busca de pantalla.
El resultado de la elección del público en la final de “Gran Hermano, Famosos” lo puso en blanco sobre negro: a la hora de optar entre figuras que ya habían trajinado el mundillo de los medios y el único que era ajeno a ese universo hasta que entró al primer “Gran Hermano” de 2007, la gente se quedó con el desconocido, Diego Leonardi. El pulso del rating minuto a minuto lo explicitó: cuando Jorge Rial anunció, el miércoles último, que Diego era el ganador, el ciclo tocó su pico de audiencia, con más de 38 puntos de rating.
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Durante la primera parte de la gala, Rial tuvo el mérito de remar sin desmayo para tratar de imprimirle suspenso y emoción a un producto que careció de encanto desde su nacimiento. Pero del otro lado del televisor, uno sentía que los minutos eran chicle, que la cuerda emotiva que pretendía tocar el reality_ con las cartas de los tres finalistas a Gran Hermano y los diálogos respecto del aprendizaje, la experiencia y otros lugares comunes sabían a miel sintética. Tras la salida de la tercera finalista, Lissa, cuando la acción se centró en Diego, el programa empezó a generar una pasión semejante a la de antaño. Algunos se indignaron ante la posibilidad de que un ex preso se convirtiera en ganador de un programa de tele. Otros deseamos que el muchacho de Caseros se llevara esta vez lo que no pudo conseguir en el juego anterior. Los unos y los otros volvimos a tomar partido; como en los viejos tiempos, en los del “Gran Hermano” original.
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¿Por qué fue justo la figura del desconocido el ganador de “Gran Hermano, Famosos”?. Porque parte del atractivo de ese formato consiste en la ilusión de que allí, todo el tiempo, puede surgir lo inesperado, lo que no se le ocurriría ni al guionista más talentoso. Y Diego, todavía ignorante de las reglas del showbusiness, le aportó al ciclo esa cuota incorrección política, para lo mejor y lo peor. Diego, el que buscó en la tele lo que no encontró afuera: su reinserción en la sociedad tras pagar su condena en la cárcel y el dinero para comprar un techo. Diego, el que recibió la noticia del triunfo con el mismo y desagradable tic de siempre: escupiendo en cámara. Diego, el que al momento de recibir el premio, en vivo, en el estudio, se desplazó del centro del escenario para poner sobre un atril la campera que le molestaba. Diego, el que ver los billetes que había ganado, en vez de largar un discurso de agradecimiento, miró hacia el sitio donde estaban sus familiares y amigos y les dijo: “Ya está la plata, nos podemos ir”. Diego, el que se comportó como no se habría comportado ninguno de los que tienen incorporados los códigos de la televisión.
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Y no estoy diciendo que Diego Leonardi o cualquiera de los participantes de las anteriores ediciones de “Gran Hermano” sean la salvación de la TV global ni mucho menos. Yo no quisiera ver a Diego_ ni a ninguno de los desconocidos que han pasado por el reality en su versión tradicional_ protagonizando una telenovela ni conduciendo un almuerzo televisivo ni un ciclo de interés general ni un show, al menos antes de que se preparen a conciencia para desenvolverse en ese oficio. Por el momento, para eso, quiero a Solita, a Mirtha, a Susana a Marcelo o al propio Jorge Rial.
Pero cuando se trata de encerrarse entre cuatro paredes y dejarse televisar día y noche, déjenme con Diego, Osito, Nadia, Sebastián o cualquiera de los desconocidos de siempre, como los 18 participantes que el miércoles próximo entrarán a la casa, para protagonizar la quinta edición de “Gran Hermano”, el clásico, el que no necesita subtítulos, el que se instala en la pantalla casi como una provocación y nos dice: ámame o déjame. Ése programa que funciona sobre la base de una paradoja: solo una minoría confiesa que lo ve, pero los números dan cuenta de que es seguido por millones de espectadores. Como los candidatos políticos que arrasan en las urnas y a los que nadie admite haber votado.
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