Escrache benéfico / Última parte
Encargué a la Señora Etelvia que conchabara a su hija Isabel y dos chicas más. Le enfaticé la necesidad que fueran paisanas suyas. Efecto teatral que le dicen. Debían estar el 18 de diciembre en mi casa a las dos de la tarde, el Té de Caridad de verano se hacía a las cuatro de la tarde. Puntual como siempre.
Ante la invitación me adelanté, tomé el micrófono que me cedía Beatriz y dije "… gracias por todo, ahora disfruten de estos manjares fríos, debo decirles que la comida ha sido suministrada por Don Valentín -susurro general de aprobación-, y que los uniformes del personal contratado, han sido cuidadosamente elegidos y comprados en negocios de reventa de ropa usada elegante y de ocasión que funcionan en la zona de Retiro”.
Di la señal y las cuatro bolivianas que entraron con las bandejas. Lucían sudorosas, agobiadas por el peso de su vestimenta, recargadas en el atuendo, absurdamente abrigadas, pero orgullosas de su elegancia. Encabezaba Doña Etelvia envuelta en un espectacular e inconfundible abrigo de tigre sintético.
Se hizo un silencio. El silencio se tornó largo. Hasta que las neuronas, un poco perezosas comenzaron a unir y deducir. Las más rápidas hilaron pronto y ayudaron a las menos iluminadas. Pasó un minuto entero de silencio, las bolivianas en el frente, delante de las pilitas de ropa.
Las voces comenzaron a alzarse, las explicaciones tardaron pero resultaron obvias, las mejillas rojas de indignación, las preguntas en voz baja pasaron a ser gritos y las miradas de cien mujeres furiosas, burladas y esquilmadas, por fin concurrieron todas hacia la presidenta. Empezaron a gritarle.
Opté por una discreta y triunfante retirada con una plácida sonrisa de satisfacción por la tarea cumplida.
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