¿EXISTE EL EROTISMO EN CHANCLETAS?

Interesadas en aparecer hermosas y sensuales, las chicas de “Gran Hermano” hacen en público lo que las demás mujeres hacemos en privado: depilarse, bañarse, teñirse, maquillarse. ¿Es posible erotizar a los hombres después de haberles mostrado el lado oscuro de la belleza femenina?

¿En qué se parecen las chicas de “Gran Hermano” a todas nosotras, las mujeres que vivimos fuera de la casa televisada? Con el modesto objetivo de no espantar al prójimo, las unas y las otras combatimos a diario las acciones de la naturaleza que afean nuestros cuerpos. Apuntemos: bañarnos, cepillarnos los dientes, lavarnos el pelo, peinarnos, exfoliar la piel, untarnos con ungüentos varios y depilarnos, aunque duela. Son las inevitables batallas de una guerra que, lamentablemente, estamos condenadas a librar de por vida.

Hasta aquí, a ellas y a nosotras no nos une el amor sino el espanto. Sí, el espanto que nos genera la perspectiva de presentarnos ante el mundo y sobre todo ante los hombres, blanco de nuestro deseo, sin la acción bienhechora de la cosmética. Jóvenes y viejas, gordas y flacas, altas y petisas, a todas nos horroriza la certeza de que si no fuera por los afeites, el espejo nos devolvería una imagen calamitosa. Seamos sinceras: ni la mismísima Nicole Neumann podría darse el lujo de abandonar su anatomía a los embates de los días sin depilación ni peluquería y a los estragos de las noches sin crema de limpieza ni dientes cepillados.

Las mujeres nos encerramos bajo siete cerrojos para mejorar nuestro aspecto y una vez terminada la toilette, salimos al ruedo con aires de princesas. Entonces, gracias a un pacto tácito, los varones contemplan la obra terminada como si ése fuera el estado natural y perenne de la condición femenina. Puesto que la gracia reside en seducir y dejarse seducir, ni a nosotras ni a ellos nos conviene quebrar el juego de las apariencias. ¿Qué ganaríamos con blanquear que esas piernas pura seda, que ellos sueñan con acariciar y nosotras con que sean acariciadas, alguna vez han sido un sembradío de pelambre?  Conozco mujeres con más de veinte años de casadas que, fieles a ese contrato implícito, no permiten que sus maridos las vean mientras protagonizan escenas tan poco glamorosas como la de arremeter contra ese pelo encarnado en la entrepierna. 

Sometidas a las reglas del juego, las chicas de “Gran Hermano” realizan sus sesiones cosméticas ante la presencia de sus compañeros de encierro y frente a las 35 cámaras de la casa. Una descama las durezas de sus pies en el sillón del living. Otra guadaña sus axilas con una maquinita de afeitar. Alguna camina, tan campante, con el bozo y la panza embadurnados con una crema depilatoria. Muchas se bañan, en simultáneo, bajo la misma ducha. Recostadas al sol, varias matan el tedio extirpando con una pinza los vellos de las piernas. Cuando en sus cráneos afloran las raíces del color que natura les da, ellas se calzan los guantes y ponen manos a la obra de buscar el colorido que la tintura presta. 

Una diría que esas exhibiciones son la tumba del erotismo. Que no hay deseo masculino capaz de sobrevivir a semejantes baldazos de sinceridad estética. Eso piensa una, que es mujer y que a menudo comete el error de suponer que la lógica femenina es la clave del razonamiento universal. Sin embargo, las fantasías de los varones transitan sendas menos previsibles. 

Para muestra del intrincado nido del ratoneo masculino, los dichos de un prestigioso filósofo francés, Bernard-Henri Lévy en el libro “Hombres y mujeres”, que recopila sus conversaciones con Françoise Giroud (1916-2003), la célebre periodista y escritora que  ocupó, en Francia, la Secretaría de Estado para la Condición de la Mujer y también la de Cultura. En esos diálogos sobre la guerra de los sexos, ella se despachó contra la institución matrimonial en términos cotidianos y concretos: “Lo que me horroriza del matrimonio es la cohabitación… El cuarto de baño en común… Ese abandonarse de que uno es testigo”. Y él la corrió con la voz de su experiencia: “Yo no me acuerdo de haber vivido nunca solo _advirtió_. Y, permítame decirle que nunca he sentido las cosas como usted dice: ese peso de la vida común, esos problemas de cepillo de dientes, cuarto de baño, nunca me han perturbado realmente. Confidencia por confidencia, las mujeres me gustan infinitamente. Y por eso nunca he podido vivir de otro modo que en su proximidad más extremada. Me habla usted de las pequeñas miserias de la vida cotidiana. Bueno.

¡Pues también eso me gusta! A veces, incluso, es lo que me turba. Una mujer en su baño… Una mujer que se viste… Una mujer que se maquilla. Desde que soy niño la idea de una mujer maquillándose me turba. Sin hablar de lo demás… De todo lo demás… Incluida la intimidad más oscura, la que ‘ella’ hace cuanto puede por ocultarte y que sin embargo tú sospechas”. 

La tele tiene buenas noticias para el filósofo francés: en “Gran Hermano”, la intimidad femenina más oscura, ésa que tanto lo ratonea, está a la vista de todos. La realidad tiene malas noticias para las chicas del reality: aún está por verse si los varones argentinos se prenden en esa onda del erotismo en chancletas que elogia Bernard-Henri Lévy.


 


 




Comentarios


 

Luciana - 01-02-2007 17:36

No se qué les gustará a los otros hombres, pero cuando nos vamos de vacaciones con mi novio, el tiempo de reclusión que cada uno pasa en el cuarto de baño es sagrado. No se trata de maquillarse, eso puede ser atractivo... pero sacarse los pelos del cavado!!!!! A menos que el jueguito sea que se los saque el varon, hay un pudor que debe ser cuidado. Mis respetos a todas las que, como Adriana, se encierran para sus cosas y salen cual princesas.

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