GH5: El apuro le sienta mal

*En la lucha por el rating contra “Showmatch”, Telefe apostó a acelerar los tiempos del reality. Hasta ahora, la receta no funciona. Te contamos por qué.

La quinta edición de “Gran Hermano” se ve en el brete de enfrentar a “Showmatch”, ciclo que al tanque de “Bailando” acaba de sumar el “Patinando por un sueño”, un formato que en sus dos primeros envíos cautivó al público masivo. ¿Y cuál es la estrategia de Telefe? Acelerar los tiempos del reality. Hasta ahora, la receta no funciona. En el estreno, el miércoles último, “GH5” tuvo 24.1 puntos de rating promedio y el ciclo de Marcelo Tinelli, 25.9. En la gala siguiente, de nominación, puesto a competir contra el “Patinando”, la diferencia fue abismal: 13.8 puntos de rating promedio para “GH5” contra los 31.8 puntos promedio obtenidos por el show sobre la pista de hielo. ¿Cómo se explica ese súbito desinterés de la audiencia por un reality que supo despertar tantos amores y odios?

A mi modo de ver, la decisión de Telefé de imprimirle velocidad al ciclo tiene el efecto de un boomerang lanzado contra el corazón del juego. El reality creado por el holandés John De Mol lleva en sus genes una característica que lo hace singular: la química entre el show y los tiempos muertos. Si se suprimen estos últimos, el ciclo pierde identidad. Y sus seguidores, el interés en seguirlo.

En “Gran Hermano 5”, Telefé puso el pie en el acelerador y a los espectadores, nos dejó de a pie. La misma noche en la que nos presentaron a los participantes, uno de ellos quedó nominado por haber atendido el teléfono de la casa. Cuarenta y ocho horas después, antes de que pudiéramos aprender los nombres de los jugadores e identificarlos, vino la gala de nominaciones. No sé qué les habrá ocurrido a ustedes pero a mí, de verdad, me daba igual que quedara cualquiera en la placa de los candidatos a abandonar la casa. ¿Cómo me iba importar, si ni siquiera tuve tiempo de conocerlos y mucho menos de armar la lista de mis favoritos? Sin simpatías ni antipatías ni predilección por ninguno de los jugadores, para el televidente no hay entusiasmo posible.

Este reality de encierro y convivencia es un plato que debe cocinarse a fuego lento. De a poco, el espectador diseña la imagen que más le place de cada jugador. Esa imagen, obviamente, no es la de la persona sino la del personaje que se dibuja día tras día, noche tras noche, entre las cuatro paredes de la casa. A la manera de un rompecabezas, esa impresión uno va armándola con piezas recortadas: lo que el participante cuenta de su vida fuera de la TV, el modo en el que interactúa con el resto de los jugadores, lo que se dice de él en ese micromundo donde el aislamiento afila la lenguas y el insomnio favorece las confesiones. Pero contraviniendo la lógica del producto y atendiendo a la ansiedad del minuto a minuto, esta vez Telefé lo cuece con la velocidad de una hamburguesa; y para muchos paladares, el bocado resulta insulso.

Imbuidos de los códigos de la TV, los participantes se subieron a la ola del vértigo  y se esfuerzan por darnos el estereotipo de sí mismos en un kit listo para usar. Damián se apresura a pegarse a la imagen de Diego Leonardi: a pocas horas de comenzado el juego, ya se larga a llorar porque, dice, extraña a su mujer y a su hijo; de entrada nomás, escupe en el suelo; insiste en su necesidad de ganar el dinero; grita “Aguante Garín” en las mismas circunstancias en las que Diego gritaba “Aguante Caseros”. Andrea aprovecha la menor ocasión para venderse como una mezcla de Nadia con la Tamara de la primera edición Gran Hermano: la muchacha de la delantera pulposa busca persuadirnos en dos segundos de su doble condición de bomba sexy y chica rebelde. Solange la juega de extravagante y se etiqueta a sí misma como una suerte de Osito en versión más adulta. Jordana fue más lejos en su intención de asemejarse a una cruza de Silvina (“la profe”) con Marianela, y usó la nominación espontánea con el propósito de  hacer tronar la voz de la moral sexual en la casa, una casa donde no había ocurrido ninguna cosa que no fuera una broma de estudiantina. Del resto de los jugadores, nada. Ni siquiera me alcanzó el tiempo para escucharlos ni verlos con detenimiento.

Todos esos esfuerzos de los chicos por venderse en treinta segundos, sin repetir y sin soplar, son estériles. ¿Por qué? Porque si bien es cierto que “Gran Hermano” funciona en base a estereotipos y simplificaciones, los espectadores deseamos que nos dejen creer que esas maquetas las construimos nosotros. Es algo semejante al pacto que sellamos  con la ficción: sabemos que los hechos no son ciertos pero jugamos a creerlos, siempre que los autores y los actores los presenten de un modo verosímil. Mentime que me gusta, pero mentime bien.

Tal vez, Telefé tendría que plantearse si en el caso de “Gran Hermano 5”, menos no será más. Digo, si, a mediano plazo, menos apuro no significará más rating.

Dejá tu comentario