*A escasas horas de que comience la gran batalla por el rating entre dos tanques televisivos, no hay que perder de vista el lado más complejo de la relación: lo que los une fuera de la pantalla. Apuntes para una polémica recargada.
Miércoles 8 de agosto de 2007: una fecha para recordar. ¿Por qué? Porque a fin de año, cuando llegue la hora del balance televisivo, ese día será considerado como el comienzo de una batalla de proporciones en la guerra del rating. Telefé sale al campo de batalla con la quinta edición de un formato que demostró ser convocante: “Gran Hermano”, en la versión tradicional, es decir, con la casa habitada por personas ajenas al mundillo mediático. Canal 13 lo enfrenta con “Showmatch” recargado: el repechaje de “Bailando por un sueño”, con las parejas bailando en el caño y, al día siguiente, el estreno de “Patinando por un sueño”. Control remoto en mano, el público decidirá.
Pero, gane quien gane en la planilla del rating, los dos ciclos estarán en un pie de igualdad fuera de la pantalla: ambos serán puestos, una vez más, en el banquillo de la polémica colectiva. Preparate, porque regresarán las discusiones sobre la conveniencia o inconveniencia de esos formatos. Los periodistas, los odontólogos, las empleadas domésticas, los profesores universitarios, las peluqueras, los empleados de banco, los taxistas, los estudiantes, los jubilados o los geólogos, es decir, los televidentes, que somos millones, volveremos a embarcarnos en charlas acaloradas donde, en verdad, los dos programas de TV no serán más que el disparador para exponer nuestros distintos modos de ver la sociedad en la que vivimos.
Algunos defenderán el derecho de los espectadores a mirar lo que más les guste e incluso lo que les disguste, en un mundo donde el Muro de Berlín ha caído hace rato. Otros pedirán que el Estado tome medidas frente a lo que consideran programas detestables, peligrosos, dañinos, y pedirán que la TV reemplace esos formatos por los ciclos llamados culturales. Todos lo harán de buena fe y en legítimo ejercicio de la libertad de expresión, que es propia de los sistemas democráticos.
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Por mi parte, me puse a releer lo que allá por el año ’99, me respondió en una entrevista el intelectual francés Dominique Wolton, director del laboratorio de “Comunicación y Política” del Centre National de Recherche Scientifique (CNRS) y de la revista “Hermès”, y autor de numerosos libros sobre la televisión y la sociedad, a propósito de la eterna discusión sobre estos temas. ¿Sabés qué descubrí? Que desde mi discreto lugar de televidente y periodista, concuerdo con el punto de vista de ese prestigioso especialista en medios audiovisuales. Te transcribo unos párrafos con su análisis. Después de leerlos, contame qué pensas. Esto fue lo que dijo el profesor Wolton:
“La diversión existe desde siempre, lo que ha cambiado es la forma. Ahora, la gente pasa las tres cuartas partes de su vida en las ciudades, la gran familia ha desaparecido, los individuos están bastante solos, y la televisión cumple la función de una ventana abierta al mundo para los que se aburren y necesitan pasar el tiempo. Se podría decir que hay que ofrecer más cultura en la televisión. Es cierto. Pero también es verdad que si se pone demasiada cultura en la pantalla, la gente deja de mirar. La gran mayoría miramos televisión cuando estamos cansados o tristes, porque ella forma parte del tiempo perdido de la vida cotidiana”.
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“Eso no significa que no se puedan mejorar los programas de juegos o de variedades, pero yo no critico demasiado ese tipo de ciclos porque no soy un moralista, no soy un profesor que pone buenas o malas notas a la sociedad. Simplemente trato de comprender una cierta cantidad de cosas. Creo que la función crítica de un intelectual o de un investigador no es la de convertirse en un moralista. Si digo que la gente es inteligente, estoy obligado a sacar la consecuencia teórica para mí mismo: no tengo el derecho a condenar lo que la gente hace porque no estoy seguro de saber por qué lo hacen”.
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“Miramos la televisión para abrirnos al mundo -agregó el sociólogo francés-. Nos gustan las estrellas, las vedettes, los reyes y las reinas, pero al mismo tiempo los espectadores de TV somos millones y millones de gente común. En ese contexto, los reality-shows cumplen una función de vínculo social porque, justamente, a través de la historia del señor Dupont o de la señora Durand, cada televidente se encuentra a sí mismo. Lo que se genera es un fenómeno de identificación colectiva. La gente común se da cuenta de que todos participan en la televisión y que, finalmente, hay historias comunes que merecen ser contadas”.
Esto dice Dominique Wolton, un intelectual que se niega a convertirse en juez de la sociedad y vocero de la moral. ¿Y vos, qué opinás?
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