Juegos de Rol- Parte 5
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
Por Télam
Si, todo el mundo sabía del Highland Over the Sea, había comentarios y se sabía que era el lugar de los más exclusivos. Pero nadie del mundo exterior tenía cabal idea de lo que era aquello. Jamás se habían tomado fotos del complejo, siempre se había mantenido a la prensa excluida del lugar. Entre otras razones porque todos los dueños de medios importantes eran accionistas del club y resguardaban su privacidad. Ese era el sentido de “entrar al Paraíso” frase que oía a cada rato, un lugar del que se habla pero que nadie conoce, y los que lo han visitado no están dispuestos a hablar del mismo.
Pensé que si los europeos se deslumbran con Punta del Este (no hay nada como esa ciudad en Europa), y los yankis con el Sur de la Argentina, ambos quedarían boquiabiertos si conocieran aquel pedazo único del mundo. Pero bien difícil les resultaría porque todo era difícil en el proceso de acercarse al Highland. Tenían que invitarte, y después…bueno ya lo expliqué.
Cuando pasaron unos días, y me “calmé”, saciado de naturaleza y belleza, como me dijo Victoria, empecé a ver la otra parte del asunto. La no tan agradable. El factor humano. El detestable conjunto humano que poblaba el Highland se me hizo patente, inocultable en cuanto empecé a frecuentarlo.
El sábado amaneció soleado tras 4 días feos que yo había aprovechado para recorrer el inmenso club, sus áreas comunes, sus calles arboladas. Enfilamos para la playa, y nos ubicamos en la carpa de los Belaunde Briggs identificada con su número. El 1.
No bien nos ubicamos nuestros vecinos saludaron a Victoria. Y me miraron. La presentación fue un calco de las que habrían de sucederse en los próximos días. El gesto de asombro, las preguntas no formuladas pero planteadas con el gesto:
-“Scalabritti”, no. No me suena. ¿De dónde sos querido?
Siempre algo así. Un bicho raro. No es que les molestara que no fuera patricio mi apellido. Es que no les sonaba. No era un millonario súbito del que hubieran oído hablar, o el heredero de alguien, o un famoso que hubiera pasado el filtro estricto de la Comisión de Admisión. Adoraban a la Comisión. Lo que ella dijera era ley. Estaba encargada de abrir las puertas de aquel lugar a los elegidos, y dejar fuera y bien lejos a todo el resto.
-“De donde sos” - querían decir: qué hay en vos que no sepamos, si la CD te aprobó, debe haber alguna razón…llenos de inquietud se miraban y preguntaban.
Estaban en presencia de un tano….infiltrado podría decirse.
Un par de veces me di el gusto y contesté literalmente, como si no entendiera:
- Ah, los Scalabritti somos de Santos Lugares. Hay un rama de la familia que está en Gregorio de Laferrere.
Victoria, cortaba esos diálogos y me separaba juguetona. Le causaban gracia, pero no quería complicar las cosas.
En general, y ya antes de estas experiencias en el Highland Over the Sea, siempre había tenido un resentimiento, un asco por los aristócratas, los ricachones, los que se creen superiores por su estatus. Esos que tienen la creencia de que su dinero, sus orígenes, su fama o posición transitoria los pone por arriba de los demás. Se creen aristócratas y también a salvo de cualquier avatar. Creen tener fueros de por vida. Pueden hacer lo que quieran, que su dinero, sus relaciones, su posición, su poder les allanará una salida por grave que haya sido la falta.
Y este convencimiento mío se veía confirmado a cada paso. Gente intolerable, salvo entre ellos mismos que- supongo – se encontrarían a gusto. Observé cómo trataban al personal de servicio. Desligados de las reglas de conducta que de una manera u otra rigen la vida en el “exterior”, acá se sentían libres de expresarse. Y lo hacían salvajemente. Insultaban al camarero que se equivocaba. Trataban a las mucamas con un desprecio rayano en lo ofensivo. Estuve en una casa donde la dueña orgullosamente exhibió a sus 8 sirvientes: mucamas, jardinero, lavandera, cocinera, ayudante de cocina. Los hacía formar como en la vieja Inglaterra: 4 de cada lado de la puerta de la casona, la mirada baja. Y la patrona inspeccionando la vestimenta, corrigiendo aquí, tirando una oreja de una señora mayor por algún botón flojo, dándole una palmadita aprobatoria a un chofer que podría ser su padre.
Y más. Había castas aún dentro de los famosos 3000. Los parvenus, los recién llegados se desvivían por ser aceptados. Y los “viejos residentes” se lo hacían difícil. Como en esas crueles logias o asociaciones estudiantiles de Inglaterra o las Universidades Ivy League del Este de los Estados Unidos. Había que pagar el derecho de piso. A veces durante años.
Cenas de gala a las que algunos eran invitados, pero otros excluidos. Tés organizados por algún recién llegado –poderoso empresario, o político en el mundo externo, un pordiosero pidiendo respeto e inclusión aquí adentro – cortésmente declinados por los residentes más antiguos.
Exclusiones dolorosas coronadas a veces con bromas crueles entre los jóvenes que también se constituían en castas de acuerdo al menor o mayor asentamiento en el club. Pero también en base a reglas arbitrarias como las que siempre definen quien puede llegar y quien debe todavía esperar, rogar y humillarse.
Para mí era incomprensible que gente grande, exitosa, madura, inteligente se sometiera a esta prueba última. Ya habían trabajado – muchas veces heredado, es cierto – arduamente en el mundo real para “llegar” cualquiera sea el significado de esa palabra. Habían sufrido para poder “entrar” al Highland, y ahora esta última y sutil prueba que probablemente terminara en la aceptación final, pero les mostraba que eran otros los que estaban allí desde siempre, siempre arriba de ellos.
Muy orondos los 3000 se paseaban por las playas, organizaban fiestas, caminaban por los bosques, pescaban, jugaban golf, paseaban. En una de las cenas a la que asistí, una señora, enjoyada generosamente dijo:
- Mire, Scarlatti. Acá lo que más se aprecia es el contacto con la naturaleza. Pero en un ambiente de SEGURIDAD. Lo dijo así, con mayúsculas.
- Yo no podría andar así con estas joyas ni en Buenos Aires, ni siquiera en Punta o Cariló. Aquí, ya me ve. Dormimos con la puerta abierta…y sonrió con una dentadura perfecta, sobre sus pómulos rellenos de Botox.
- Scalabritti – atiné a decirle.- El apellido es Scalabritti.
- Si bueno. ¿De dónde son ustedes? ¿Es del lado de los Mastellone? ¿Los de la Serenísima?
- No, bueno. Somos… no sé a que se refiere exactamente. ¿Qué me pregunta, señora?
- Bueno déjelo. Ya me contestó. Si no sabe lo que le estoy preguntando ya me contestó. Dio un paso al frente su mirada buscando el próximo contacto, yo había desaparecido del radar, se perdió en el gentío.
Innumerables escenas vistas y vividas durante esas dos semanas de enero, acentuaron y confirmaron mi desprecio por la gente que poblaba aquel “club selecto”. Me aceptaban, y aún así con obvias manifestaciones destinadas a poner distancia, porque era un invitado de los Belaunde Briggs. ¿Era el “novio?” – lo decían con ese tono- de Victoria a quien conocían de chiquita. Pero no era un accionista. No era uno de ellos. No era de los 3001. Hoy estaba – y me toleraban -. Pero el año que viene probablemente no. Casi se podía leer, “ojalá que no”.
No era, quiero dejarlo claro, algo personal contra mí. Es que se trataban mal entre ellos. Se odiaban, se envidiaban, se temían. Cada uno quería ser distinto y superior al resto. Las mujeres se enjoyaban, salían bajo montañas de oro y piedras. Gastaban y lucían ropa de los mejores modistos. Pasaban parte del año preparando su aparición en aquellas cenas del verano. Y pensando cómo dejarían a sus “rivales” sin habla. Los hombres competían ferozmente con autos de lujo, relojes carísimos, fiestas pantagruélicas y extravagantes. Aquello que pasaba por una vacación placentera era una carrera endemoniada por la supervivencia, la supremacía en aquel gallinero de oro. Jamás comprenderé ese tipo de comportamiento.
Mi “suegro” me llevó también de recorrida a visitar las instituciones del poblado. Conocí los edificios públicos en impecable estado, algunos concejales, el intendente, el jefe de bomberos, el juez de paz. Todos amables conmigo, serviles con el Dueño de Todo.
En particular nos extendimos en un largo café con el Jefe de Policía. Antonio Giménez Gaitán. Un ex Comisario de la Policía Bonaerense. Hombre de unos 45 años, grueso todo músculo. Un cuello que no parecía adelgazarse desde su poderosa espalda: la cabeza nacía de pronto de aquellos hombros enormes. Cuando hablaba se refería alternativa e indiferenciadamente a la Policía o la Guardia de Seguridad. El cuerpo de unos 200 hombres era formalmente un destacamento de policía del Estado. Pero de haberse tratado de un pueblo común, le hubieran sido asignado 4 vigilantes. Aquí, los Guardias eran todos hombres jóvenes, entrenados, musculosos, motivados con buenos sueldos. Y bien armados. La moral que se les inculcaba era de tipo militar: pertenecían a un cuerpo de élite que cuidaba el descanso de las 3001 familias mejores de Argentina. Y esa responsabilidad recaía en sus hombros. Así se les indicaba en innumerables charlas, conferencias y cursillos.
- No en vano llevamos años sin delitos. Y fíjese que le digo sin delitos, ni graves ni livianos. Porque acá no creemos en delitos leves. Aquí no entra nadie que no querramos que entre – sonrió en forma algo siniestra para mi gusto el Comisario.
- Pero en tantos años… ¿algo habrá pasado no?- acerté a decirle.
Santiago, Belaunde Briggs miraba la escena sin participar, sus ojos recorrían la oficina distraídos.
- Si me pregunta, alguna pavada puede que sí. Pero eso queda para adentro, para nuestros archivos. Acá los que vienen, y espero recibirlo a Ud. por muchos años más -dijo y de inmediato se arrepintió: me daba el discurso destinado a los nuevos socios y yo no lo era ni lo iba a ser. ¿Qué sabía él si El Dueño estaba contento o no con mi presencia?
- Digo, los que vienen vienen por la tranquilidad. Y es mi deber, el de la Guardia y nuestra Policía – mezclaba, ya desvariaba para mi gusto se ponía en discurseador de Dia Patrio – estamos para garantizarles eso: tranquilidad, sosiego, paz de espíritu. En el Highland Over the Seas no pasa nada que no querramos que pase.
Nos levantamos. Belaunde le dio la mano a Giménez Gaitan que se cuadró involuntariamente chocando los talones. A mi me dio una mano firme y nos despedimos.
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