La anorexia duele en los ojos

*El cuerpo descarnado de la joven francesa fotografiada por Oliverio Toscani impactó en la televisión argentina. Se abre la polémica sobre las peligrosas contradicciones que nos bombardean a diario.

En los últimos días, la televisión hizo foco en la anorexia y la bulimia. El disparador fue la campaña de la marca de ropa “Nolita” que, en Italia, exhibió las fotografías de Isabelle Caro, una joven  francesa, que pesa 31 kilos.

El cuerpo descarnado de la muchacha, fotografiado por Oliverio Toscani con el objetivo de sensibilizar a la sociedad sobre el peligro de la anorexia, te hace doler los ojos. Te aplasta el alma, igual que las imágenes de los niños desnutridos, en Biafra o en la provincia de Tucumán o dónde sea que esa injusticia ocurra. Pero en estos últimos casos, junto con el dolor viene la bronca contra un sistema de reparto de la riqueza que condena a una parte de la humanidad a morir literalmente de hambre. Y después de la bronca, viene el impulso solidario: no voy a componer este mundo maltrecho, pensás, pero me puedo unir con otros en la campaña de donaciones para que, por lo menos, estos chicos que me muestra la tele no mueran hoy.

Con la anorexia es diferente. Tras la visión dolorosa de Isabelle Caro no aparece la bronca ni la campaña solidaria sino el vacío de la impotencia . No es por falta de comida que esa muchacha luce como un esqueleto. Su problema, como el de tantas otras que padecen la misma enfermedad, no se arregla con bolsones de alimentos. Y ni siquiera con un plan internacional de redistribución de la riqueza.

En la Argentina, los programas televisivos dieron cuenta de la campaña italiana y, además, completaron los envíos con informes que incluyeron entrevistas a médicos, a personas afectadas por la anorexia, a sus familiares, y a los directivos de la Asociación de Lucha Contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA). Se diría que la marca Nolita logró su cometido, porque al mirar la tele, uno volvió a tomar conciencia de lo compleja que es la batalla contra el canto de sirenas que llama a las muchachas a buscar la delgadez como sinónimo de belleza, y termina matándolas.
 
Pero la tele, como la vida, es heterogénea y hasta contradictoria. En la tele, como en la vida, uno se cruza con invitaciones bienintencionadas y de las otras, con enseñanzas nobles y propuestas delirantes. En materia de alimentación, la pantalla nos bombardea con mensajes discordantes. De pronto, te encontrás con una médica en pie de guerra contra las ingestas hipercalóricas y los platos pura grasa y escasos minutos más tarde, en el mismo programa, te sale al cruce un chef  con manjares de crema y miel. Dispuesto a no caer en la tentación, hacés zapping y aterrizás en el canal donde un seleccionado de siluetas prácticamente inmateriales te presenta la colección primavera-verano: un verdadero festival de diseño y textura para cuerpos de existencia improbable debajo de las pasarelas.

A un solo golpe del control remoto, te salta al cuello un ejército de publicidades que de sólo mirarlas, te hacen agua la boca: chocolates insinuantes, papas fritas crujientes, vinos rojo pasión. A la vuelta de la tanda, el festival de la confusión: un nutricionista que sugiere comer de todo un poco, en raciones discretas y seis veces al día; otro que te promete resultados veloces al  precio de bancarte unas cuantas semanas sin probar nada de lo que te apetece y resistiendo la insoportable levedad de no más de 600 calorías diarias; alguien trae la buena nueva de que el pan no engorda pero otro expone un plan de tolerancia cero a las harinas.

Entre tinieblas, seguís surfeando la pantalla: aquí, te incitan a atornillarte a un aparato de gimnasia donde sudar la gota gorda agitando los brazos y moviendo las piernas; allí, te venden un dispositivo que activará los músculos por vos mientras mirás la tele o leés un libro, con parsimonia de rumiante en el sillón del living; dos canales después, te encandilan con las delicias del hedonismo gourmet; y un trecho más allá, la solución es magia: ungüentos que reducirán los centímetros de tus caderas con la precisión de los jíbaros; brebajes que devorarán tu grasa sin más esfuerzo que el de tu bolsillo; tisanas que pondrán a raya a tu glotonería.

A esa altura, ya no sabés si beberte seis litros de agua sin respirar o inscribirte en un gimnasio que incluya la modalidad cama adentro o convertirte en sibarita sin más trámites. Entonces, viene el noticiero y te enfrentás de vuelta con los 31 kilos piel y hueso de la joven francesa. Y con los testimonios de muchachas argentinas que te relatan cómo es vivir en carne propia el infierno de la bulimia y la anorexia, un laberinto del que algunas logran salir y otras se topan con la muerte. Palabra más, palabra menos, todas dicen que al principio, sólo querían “estar flacas” o “perder unos kilos” o “verse bien”.

Al escucharlas, maldecís la contradicción discursiva que lanza al mercado  manjares cada vez más sofisticados mientras decreta el undécimo mandamiento: no engordarás. Una contradicción parida por la cultura contemporánea y reflejada por la TV.

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