La CIA: crímenes y negligencias
*En la desclasificación de documentos secretos, la revelación de fallidos atentados contra Fidel Castro no fue la novedad.
*Lo más grave es la evidencia de una faz totalitaria del sistema norteamericano.
Buss
Por Claudio Fantini
De ahí en más, el envilecimiento fue la norma. Sin embargo, una de sus dimensiones más turbias quedó a la vista en la última descalcificación de documentos secretos: igual que la Stasi en lo que muestra la estupenda película alemana “La vida de los otros”, la CIA espiaba la intimidad de artistas, intelectuales y gente común, en lo que constituyó una prolongación sesentista y setentista de la caza de brujas que puso en práctica el macarthismo varias décadas atrás.
¿Es esto más monstruoso que la planificación y ejecución de crímenes políticos? De algún modo sí.
Ocurre que, durante la Guerra Fría (seguramente también antes y después), los crímenes políticos fueron una práctica constante de casi todos los aparatos de espionaje del mundo.
Al congoleño Lumumba, además de la CIA, lo tuvieron en el blanco los espías de Francia y de Bélgica.
El KGB tiene un extenso prontuario del cual emerge como la punta del iceberg la llamada División X.
En el tercer piso de Lublianka, el edificio amarillo del corazón de Moscú donde funcionaba el cuartel central del KGB, la División X tenía los laboratorios donde sus científicos elaboraban los más letales e imperceptibles venenos, para eliminar a disidentes y líderes enemigos de la Unión Soviética.
Los actuales servicios de inteligencia de Rusia heredaron la pasión por los venenos y por la eliminación de adversarios. Y lo prueban el envenenamiento del ex agente soviético Alexander Litvinenko y el asesinato a balazos de Ana Politkovskaya, la periodista que denunció las bestialidades del ejército ruso en Chechenia, Ingushetia y Daguestán.
También lo prueba el envenenamiento que deformó el rostro del presidente antiruso de Ucrania, Víctor Yiushenko, y muchos casos más.
Otras pruebas de que el magnicidio era moneda corriente del mundo del espionaje está en los disparos de Alí Agca contra Juan Pablo II en la plaza de San Pedro, ya que el fallido magnicida pertenecía al grupo terrorista turco “Lobos grises”, contactado por los servicios de inteligencia de Bulgaria para asesinar al papa polaco que arremetía contra el comunismo.
El rey Hussein de Jordania, finalmente muerto por un cáncer, enumeró decenas de fallidos atentados contra su vida perpetrados por las mukhabarat (servicios de inteligencia) de varios países árabes.
Por cierto, la generalización de esta práctica atroz no exonera a la CIA de sus culpas y pecados. En todo caso marca una diferencia: Estados Unidos publica las páginas negras que el resto de los países ocultan.
Tal publicación muestra otra característica de la CIA: su abrumadora ineficacia.
La larga historia de errores tiene en los torpes atentados contra Castro una muestra de que, muchas veces, los agentes norteamericanos estaban más cerca del personaje que creó Mel Brooks, Max Well Smart, que de los espías de las novelas de John Le Carré.
Otras de las notables negligencias de la CIA se ven en la implosión soviética, inesperada para los estrategas de la inteligencia norteamericana; y en la escalada atómica de la India y Pakistán, que también tomó por sorpresa a Washington.
Aunque la CIA, en su defensa, repetirá hasta el cansancio que sus grandes éxitos no pueden ser revelados y, en el balance final, dejan saldo favorable.
Tal vez sea así. De todos modos, la revelación del espionaje y persecución a ciudadanos norteamericanos constituye, de la última descalcificación de documentos secretos, la más oscura y electrizante porque evidencia una faz totalitaria del sistema norteamericano.
Una muestra de que la aberración anti-jurídica que está ocurriendo en Guantánamo (contrariando lo que se supone un antiguo y sólido Estado de derecho) tiene lúgubres antecedentes en la historia norteamericana.
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