La masacre en la Mezquita Roja y la Tercera Guerra Mundial

*El fundamentalismo ultraislamista se lanzó a la guerra abierta contra el dictador Prevéz Musharraf, para controlar el arsenal nuclear de Pakistán.

La de la Mezquita Roja de Islamabad no fue una batalla más, sino un punto clave en la estrategia fundamentalista para convertir a Pakistán en epicentro de la Jihad (guerra santa) contra las potencias de Occidente y contra los gobiernos seculares del mundo musulmán.

De caer Pakistán en manos ultraislamistas, el fundamentalismo de matriz sunita dispondrá de arsenales nucleares y, probablemente, la Tercera Guerra Mundial dejará de ser una temible amenaza para convertirse en una monstruosa realidad.

Lal Masjid, más conocida como la Mezquita Roja, es un complejo de templos y madrazas (escuelas coránicas) en el corazón de Islamabad, ciudad construida a mediados del siglo 20 para reemplazar a Karachi como capital, y cuyo nombre significa en lengua urdú “habitada por el Islam”.

Durante dos décadas la dirigió Abdulá Ghazi, a quién llamaban el “maulana” (maestro), y fue el fundador de Jamia Faridia, la madraza donde estudió buena parte de la dirigencia del Talibán afgano, y también Jamia Hafsa, la primer madraza para mujeres de todo el mundo musulmán.

Desde los claustros de la Mezquita Roja, el maulana Abdulá introdujo en Pakistán la escuela deobandi, vertiente coránica fundamentalista llamada así por haberse originado en Deoband, una región de la India habitada por musulmanes.

Según los agentes del ISI (servicio de inteligencia), demás de participar en la fundación del Jamiat Ulema e Islam, partido extremista que propone para Pakistán el sistema que el emir Omar y el Talibán instauraron en Afganistán, Abdula Ghazi colaboró con las organizaciones terroristas “Harkat Ul-Jihad” y “Jaish e Mohamed”, vinculadas con Al Qaeda.

Y cuando murió en 1998, acribillado por combatientes de una facción rival, se hicieron cargo de la mezquita sus dos hijos.

Abdul Aziz, el primogénito, de rigurosa formación intelectual, asumió la jefatura y fue el ideólogo; mientras que su hermano Abdul Rashid, adiestrado por Al Qaeda en Afganistán, donde luchó contra la ocupación soviética, fue el jefe militar.

Recientemente, cuando los hermanos Ghazi lograron el apoyo de un buen número de ulemas para dictar una fatua (decretó coránico) que prohíbe enterrar en suelo musulmán a los soldados paquistaníes muertos por combatir al talibán afgano, quedó claro que la Mezquita Roja sería  el eje de un sismo religioso con epicentro en Islamabad.

Desde hace años se sabe que Abdul Rashid Ghazi había convertido los espacios abiertos del centro religioso en campos de adiestramiento militar, y los subsuelos de las madrazas en arsenales. Entonces ¿por qué el gobierno del dictador Prevéz Musharraf no hizo nada al respecto?

El padre de los hermanos Ghazi tuvo una relación estrecha con Zia Ul-Haq, quien en 1977 derrocó y ejecutó al presidente Zulfikar Alí Butho, instaurando una dictadura de fuerte inclinación religiosa.

Para equilibrar su relación con los ultra-religiosos, que lo aborrecen por ser aliado de Estados Unidos en el escenario afgano, el general Musharraf designó como ministro de Asuntos Religiosos a Ejaz Ul-Haq, hijo del ex dictador ya fallecido.

Y Ejaz Ul-Haq tendió un manto protector sobre las actividades políticas y militares de los hermanos que dirigían la Mezquita Roja, a pesar de que todos los viernes Abdul Aziz instaba a la jihad en sus “jutba” (homilías); mientras que Abdul Rashid alistaba a combatientes profesionales y formaba un batallón de alumnos dispuestos a inmolarse en una batalla.

La semana pasada se dio el grito de guerra, cuando los hermanos Ghazi exigieron al gobierno laico reemplazar los códigos civil y penal por la sharía (ley coránica).

Musharraf ordenó la represión y el ministro del Interior, Aftab Sherpao, lanzó la “Operación Silencio”, el asalto a sangre y fuego del gigantesco centro religioso que, por cierto, terminó en una masacre.

Ni bien se inició la ofensiva militar-policial, Abdul Aziz intentó huir entre un grupo de mujeres cubierto con una burka, pero lo atraparon; mientras su hermano Abdul Rashid se quedó a combatir hasta la última bala de su Kalashnikov, y murió sin entregarse.

Pero el gobierno secular de Musharraf no puede cantar victoria, porque lo más probable es que los rebeldes sabían que serían aplastados en una masacre, y lo que hicieron fue apostar a una derrota táctica que conduce a una victoria estratégica.

Ocurre que las represiones en los grandes templos siempre acrecentaron la violencia fundamentalista, en lugar de aminorarla.

Lo demuestra la ocupación de la Gran Mezquita de La Meca, durante el reinado de Khalib en Arabia Saudita. Y también hay ejemplos en otras religiones. Por caso la masacre en el Templo Dorado de Amritsar ordenada por Indira Ghandi para aplastar la sublevación sikh en la región del Punjab, de donde salieron los asesinos de la primer ministra india.

Igual que en Turquía, Egipto y la nación palestina, entre muchos otros espacios musulmanes, las dirigencias laicas de buena relación con Occidente son corruptas, ineptas y autoritarias.

Esa característica fortalece la ofensiva de los grupos fanáticos que aspiran a ocupar el poder. Y de lograrlo, la Tercera Guerra Mundial probablemente dejará de ser una temible amenaza para convertirse en una monstruosa realidad.

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