LA TELEVISIÓN VUELVE LOCA A LA GENTE

*La fama se filtra y cambia totalmente tu vida, la gente que cruzás habitualmente te trata de otra manera, y la que no conocés siente que es amigo tuyo de toda la vida.

EFE
Por EFE

La televisión enloquece tanto a los que hacen televisión como a los que la miran. A los que la hacen porque altera absolutamente su realidad: se es una persona antes de trabajar en la televisión y se es otra después. Perder el anonimato, la imposibilidad de caminar por la calle sin que nadie te mire, o tomar conciencia de que cualquier frase que digas, sea brillante o una pelotudez, puede influir en la vida de otra personas que ni siquiera conocés, tiene un impacto personal inevitable, muchas veces inconsciente.

Por más aislado “del medio” que pretendas estar, por menos notas que des, por más humilde que seas, la “fama” se filtra y cambia todo, desde las relaciones familiares más íntimas hasta el trato con los amigos o los vecinos. Te guste o no esta nueva dimensión, no hay manera de que los otros no te miren distinto. Por más parecido que sea tu comportamiento al que tenías antes de ingresar a la TV, para la gente te convertís en un personaje, dejás de ser una persona para transformarte en un “conocido” o, en casos más extremos, en “un famoso”, una raza particular de humano.

Este proceso de mutación de personas a celebridad es casi instantáneo. En mi caso me sucedió que, al mes de debutar en televisión, iba a buscar a mis hijos al colegio y la gente con la que compartía la espera y me saludaba habitualmente, dejó de dirigirme la palabra. Con el tiempo me di cuenta de que pensaban que si me decían  “hola” como siempre iban a quedar como cholulos.

Otra prueba de que mi vida había cambiado para siempre la obtuve por la misma época, cuando el portero del diario Ámbito Financiero, tras mi segundo programa, me ofreció el ascensor que era de uso exclusivo de Julio Ramos (el director), una diferencia impensable hasta entonces.

¿Cómo “pegan” estos cambios en uno? De diferente manera y con distintos niveles de impacto según como esté armado el “frente interno”, según la solidez de la familia. Una cosa es que el “efecto fama” te pegue a los 25 y otra cuando sos más veterano. En  mi caso, llegué a la conclusión de que si zafé un poco del delirio fue porque la televisión me tocó a los 50 años, con gran parte de mis convicciones formadas y una vida que no cambió demasiado. Tal vez es cierto que me torné un poco más reactivo a la gente, pero lo que los demás tienen que entender es que ser conocido no es fácil.

Desde el momento en que te metés en las casas de las personas, generás una proximidad, una familiaridad que la gente después reclama en cualquier momento y en cualquier lado. Tal vez se te acercan a contarte una historia cuando no estás de humor, o para pedirte un consejo en el único instante que tenés para estar con tus hijos a los que no viste en toda la semana.

Un ejemplo de estas “inoportunidades” típicas es el que sufrí  durante un almuerzo muy formal en el Hotel Alvear: estaba charlando con unos anunciantes de lo más trajeados y seriotes, cuando de repente apareció un tipo que me saludó como si lo conociera de toda la vida y me dijo: “¡Qué bueno lo de los dinosaurios y el sexo anal!”, una teoría que yo había desarrollado en Polémica en el Bar la noche anterior, en un escenario obviamente propicio para hablar de un tema como ese. Por supuesto que los empresarios que estaban conmigo no entendían nada. Para mi, era una anécdota más en el capítulo de los desubicados.

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