Lapidario informe sobre Irak

* El documento del Grupo de Estudio sobre Irak calificó al enfoque aplicado por la administración Bush de absolutamente erróneo.* También descartó que deba implementarse una retirada en el corto plazo.

El informe del Grupo de Estudio sobre Irak dijo lo que hace tiempo resulta obvio: la situación es caótica, no se percibe evolución alguna y el enfoque aplicado por la administración Bush es absolutamente erróneo y debe ser modificado de inmediato. También como era de esperar, la prestigiosa comisión bipartidista encabezada por James Baker III descartó que deba implementarse una retirada en el corto plazo. Está claro que, en las actuales condiciones, tras la partida de las fuerzas occidentales Irak se hundiría total e inmediatamente en la guerra civil interétnica que ya la está desgarrando.
Si sumamos la descripción del actual fracaso a la convicción de que no es posible una pronta retirada, el resultado es que el ejército norteamericano está atrapado en un laberinto y parado sobre arenas movedizas donde se hunde irremediablemente.
Lo que el informe no especifica, posiblemente para no resultar demasiado lapidario con el gobierno republicano, es donde se inició la cadena de errores que desembocó en este callejón sin salida. Si lo hiciera, quizá señalaría como primer error político del presidente haber aceptado sin reservas la visión del think tank, conocido como Proyect for a New American Century (Proyecto para un Nuevo Siglo Americano), en el que militaban desde los años ochenta Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y Dick Cheney, promoviendo ideas como el unilateralismo como política exterior, la guerra preventiva como doctrina militar y la invasión de Irak como obsesión nacional.


El segundo error político es haber dejado la cuestión Irak totalmente en manos del eje Rumsfeld-Cheney, relegando del escenario de las decisiones al experimentado Colin Powell.


Y el tercer error político fue mantener una política de hostilidad permanente con países como Irán y Siria, cuyas fronteras obviamente se volverían porosas a la hora de permitir el transito de terroristas de todos los colores.
Pero el error político fundamental es no haber escuchado las advertencias de Brent Scowcroft, consejero de Seguridad Nacional del gobierno de George Herbert Walter Bush. Este experto en Oriente Medio explica desde los tiempos de Bush padre que es un error invadir y ocupar Irak, porque por su complejidad étnica y su estructura de clanes y tribus, se trata de un país inmanejable. En síntesis, sin una dictadura sunita la tendencia natural de Irak es a dividirse en tres: el norte kurdo, el sur chiíta y el centro sunita que incluye a minorías cristianas como los asirios, caldeos y siríacos.
La etnia sunita rechazaría que Irak adopte un genuino sistema federal, porque ella habita la única porción del país que no tiene petróleo. Los grandes yacimientos están en el sur y en el norte, por eso chiítas y kurdos aspiran a beneficiarse de su explotación sin tener que compartir ganancias con los sunitas.
Además de no haber escuchado a su padre y a Scowcroft, Bush hijo cometió otros errores. En lo estrictamente militar, el primer error fue decidir la ocupación a pesar de las advertencias, en lugar de haber limitado el ataque a la caída de Saddam Hussein y al fin de su régimen genocida y brutal. El segundo error militar es no haber diseñado un plan de posguerra, siendo que aplastar al ejército iraquí no era lo difícil; el verdadero desafío estaba en lograr controlar la situación pos-Saddam Hussein. Y el tercer gran error militar fue haber disuelto el ejército iraquí.
Cuando los aliados vencieron al Tercer Reich e invadieron Alemania en la Segunda Guerra Mundial, no disolvieron las wehrmacht (fuerzas armadas), sino sólo los grupos nazis de elite y de inteligencia, como las SS y la GESTAPO. En Japón, MacArthur sí disolvió al ejército reemplazándolo por una pequeña fuerza defensiva, pero porque Washington dejó en su cargo al emperador Hiroito, símbolo indiscutido de autoridad y venerado por el pueblo nipón.
En Irak, disolver el Estado en lugar de reestructurar el generalato, implicó crear una peligrosa masa de nuevos desocupados (miles de oficiales y suboficiales, además de los soldados) y dejar inmensos arsenales a merced del mercado negro. Esas armas y esos militares se venden o alquilan al servicio de los grupos terroristas que mejor paguen.
El informe de la comisión bipartidaria que encabezó Baker no mencionó estas causas del fracaso, para poner sensatamente un límite al efecto político que inevitablemente tendrá, por cierto en contra de la administración republicana. Porque estos errores tienen un responsable inmediato: Donald Rumsfeld, expulsado del gobierno tras la debacle republicana en la reciente elección legislativa. El segundo gran responsable es el vicepresidente Dick Cheney, impulsor del grueso de las decisiones adoptadas e el terreo de la “guerra contra el terrorismo”. Pero la responsabilidad final es, en definitiva, del presidente Bush. Por eso el triunfo demócrata en el último comicio inició la transferencia del poder desde la Casa Blanca al Capitolio, en el marco del cual se dio el sísmico informe sobre Irak que acaba de hacer público.

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