Las bombas norteamericanas sobre los niños afganos

*¿Fue un accidente un acto militar premeditado el reciente bombardeo sobre una escuela de Afganistán?

¿Por qué caen bombas norteamericanas sobre escuelas de Afganistán y matan a niños? La tragedia de esta semana no fue la primera. ¿Alcanza con la disculpa que inventó el general Wesley Clark en Kosovo, al hablar de “daños colaterales”?

La cuestión es discernir si se trata de accidentes por negligencia militar, o la aplicación de una de las más aberrantes y antiguas tácticas guerreras: paralizar de pánico al enemigo.

La frase favorita de Calígula era “oderint dum metuant”, algo así como afirmar que “no importa que nos odien, sino que nos teman”.

Con ese principio un emperador bizantino hizo arrancar los ojos a todo un ejército de soldados búlgaros, dejando un tuerto cada cien ciegos para que pudiera guiarlos de regreso al reino donde el belicoso monarca Samuel y su pueblo, ante el espantoso paisaje, desistirían de seguir atacando a Constantinopla.

La antigua y nefasta práctica de la tierra arrasada, que tenía en Atila y sus unos a un claro exponente, respondió al doble objetivo de, por un lado, paralizar mediante el terror, y por el otro satisfacer el instinto predador de muchos combatientes cuyo botín mayor es el permiso para saquear, violar y destruir.

En los tiempos más cercanos, la práctica ha tenido exponentes en todas las culturas y niveles de desarrollo; desde organizaciones terroristas a superpotencias.

Un ejemplo paradigmático está en Sierra Leona, donde la guerrilla del Frente Unido Revolucionario mutiló a buena parte de la población en la capital del país africano, Freetown, así como en decenas de aldeas donde quedaron miles de personas con brazos y piernas amputadas.

La Rusia de Vladimir Putin arrasó la ciudad de Grozny, en Chechenia, no porque fuera una necesidad sino para que sea un mensaje de horror. Lo mismo explica el bombardeo inglés a Dresden a pesar de que el Tercer Reich ya había caído, y el ataque nuclear a  Hiroshima y Nagasaki, a pesar de que las bombas incendiarias que lanzaba el general Le May sobre Tokio alcanzaban para doblegar a Japón en poco tiempo más.

Sin embargo, hay casos en los que la explicación está en el proceso de envilecimiento que provoca en toda fuerza poderosa empantanarse en una guerra de baja intensidad.

Fue el caso de los franceses en Argelia, donde las fuerzas que comandaba el general Jacques Massoud fueron envileciéndose en la lucha contra un enemigo fantasmagórico que golpeaba y desaparecía, el FLN de Ben Bella.

La consecuencia es el éxito estratégico tras la derrota táctica. O sea que, para ganar una batalla, los franceses debían secuestrar, torturar y ejecutar a tantas personas que cada triunfo se pagaba con el odio creciente de la población, ergo, conducía a una derrota estratégica.

Ese proceso de envilecimiento en el cual las batallas ganadas son sólo triunfos tácticos que conducen a derrotas estratégicas, fue lo que vivieron las fuerzas soviéticas empantanadas en Afganistán, las norteamericanas en Vietnam y, ahora, las que están en Irak (un ejemplo está en la prisión de Abú Graib) y en el territorio afgano.

Aunque casos como el de esta semana, en el que un bombardeo estadounidense mató una veintena de niños en una escuela, no parece consecuencia del consabido proceso de envilecimiento que experimentan los ejércitos invasores que quedan atrapados en guerras de baja intensidad.

La última masacre de niños en Afganistán, igual que varios casos similares del pasado reciente en ese territorio centroasiático, parece responder a errores de la inteligencia militar. Y muchas veces esos errores son inducidos por las fuerzas enemigas, en el caso afgano, Al Qaeda y el Talibán.

Obviamente no es por atribuir bondades que se puede descartar la intencionalidad de estas masacres. El proceso de envilecimiento se ve en los soldados norteamericanos que luchan en Afganistán de manera tan clara como en aquellos marines del Batallón Charlie, quienes en el ´68 arrasaron con todo ser vivo en la aldea vietnamita de My Lai.

Sin embargo, igual que en la guerra de Indochina, cada masacre de inocentes provocada por las fuerzas norteamericanas repercute negativamente en la sociedad de los Estados Unidos. Y la diferencia es que cuando combatían en Vietnam, las noticias tardaban más en llegar; mientras que ahora llegan todas al instante y son transmitidas por los propios medios norteamericanos.

Igual que los abusos y torturas en la cárcel bagdadí de Abú Graib, filmadas con sus propios teléfonos celulares por los soldados aún no envilecidos con sus propios teléfonos celulares, y entregadas por ellos mismos a la prensa estadounidense.

En todo caso, lo que evidencian las masacres por error, tanto en  Afganistán como en Irak, es la inmensa deficiencia de la inteligencia militar norteamericana y su imposibilidad de saber quien es quien en las guerras de baja intensidad en las que Estados Unidos se encuentra empantanado.
 

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