LO QUE HAY QUE HACER 1ra. parte
Cuando estaba muriéndose, el pobre Eloy Barreto Saccomano me pidió que fuera a verlo. Fue una tarde muy triste al lado de su cama oyendo la historia que quería contarme. Prefiero acordarme de él en el Country, jugando dobles de tenis, discutiendo una pelota “robada”, cobrando o pagando una picada. No se le dice que no a un moribundo. Uno que rechazó al sacerdote por considerarse indigno de recibir los últimos sacramentos. Eloy prefirió confesarse conmigo. Esto fue lo que me dijo: “Santiago, quiero morirme en paz y que vos oigas mi historia”.
Hice unas discretas averiguaciones entre amigos de amigos, por vías indirectas -no quería ni que se supiera que estaba haciéndola seguir- y una tarde de verano caí en la oficina de Gutierrez Ruiz, Detective y Asesor de Seguridad. Eso rezaba la placa en la puerta de su pequeña oficina ubicada en un edificio de Diagonal Norte y Suipacha.
El hombre me impresionó bien. Definitivamente alguien que uno prefiere que esté de su lado. Al final de sus cincuenta, canoso y serio, ancho, musculoso aunque algo fuera de forma. Daba la impresión de poder físico. Y de claridad mental también. Alguien que seguro estuvo en todo tipo de trances. Estamos en 2007, uno hace la cuenta. Un tipo de digamos 57 años, nació en 1950, en el ´76 tendría 26 años. Teniente o Capitán. Definitivamente Ejército o Marina, seguramente Inteligencia. No Policía. Eso se veía. Un hombre de experiencia sin duda y capaz de valerse por sí solo. También preparado para recibir órdenes.
Tras las presentaciones, inevitable dar mi nombre verdadero como se verá, le dije:
-Sr. Gutierrez Ruiz, quiero que siga a esta mujer, y me informe en particular sobre sus salidas con este hombre. Él se llama Esteban Sandrino -dije alcanzándole una carpeta con varias fotos de ambos.
El tipo miró la carpeta y pegó un respingo. Asombrado alzó la mirada. Yo estaba esperando una reacción de ese tipo.
- Ella es mi madre. Federica Saccomano de Barreto. Y el tipo sospecho que es su amante. Quiero saber todo lo que pasa entre ellos. Y por supuesto espero la mayor confidencialidad de parte suya.
Mamá, Ferdi Saccomano de Barreto era toda una leyenda de la sociedad porteña. Vivía hacía unos años en una mansión del Country Les Jardins, el mejor y más selecto del país. Venía de una familia de clase media profesional, había conocido al Padre y se casaron jóvenes. Él compró en los años 50 una pequeña empresa de prospección petrolera, y la llevó a lo que es hoy el conglomerado EcoPetrol, una gran empresa que busca petróleo, lo extrae, refina y distribuye. Tenemos 62 estaciones de servicio, 3 Refinerías (una en el extranjero), y contratos en países petroleros como Abu Dabi, Rusia, Moldavia y otros. Estamos entre las 10 mayores empresas de Argentina. Cuando Padre falleció hace 14 años y 3 meses, mamá tenía 60 años y quedó a cargo de todo. Para sorpresa de la generalidad, lo hizo muy bien y acrecentó el patrimonio familiar en forma acelerada en los años 90 en que creció en forma exponencial.
Yo soy el hijo único fruto de aquella unión. Estudié Administración de Negocios y después de graduarme me recibí también de Abogado. Trabajo -debería decir trabajaba- en la Empresa en una sección muy específica y delicada que maneja los contratos con países extranjeros. Mamá reservó para sí la Dirección General y los aspectos estratégicos. Tan para sí, que a principios de 2004 se decidió y aceptó la oferta de un grupo mexicano. Vendió la totalidad de las acciones y la familia se retiró del negocio.
¿El monto? Bueno, ahora que más dá Santiago, se vendió en 105 millones de dólares. Estas operaciones son como te imaginarás sumamente confidenciales. El dinero fue transferido a una cuenta en la Union Bancaire de Luxembourg.
De un día para otro nuestra vida cambió. Yo diría que para mejor. Mamá y yo pasamos de ser grandes empresarios e ir todos los días al trabajo, a ser….simplemente millonarios. Archi millonarios. Mamá me pasaba todos los meses una generosa asignación un “sueldo de hijo” como decía cariñosamente. La cuenta, eso sí, estaba a su nombre.
De pronto a sus 74 años, Mamá descubrió los placeres del ocio. Por supuesto siempre había vivido en el lujo y disfrutado de todo lo que el gran dinero compra, pero ahora tenía tiempo. Pasaba horas pintando acuarelas en la galería de su palacio en Les Jardins, recibiendo amigas, jugando al bridge, en tés de beneficencia, apadrinando escuelas. Se la veía mejor que nunca.
Yo vivía en mi departamento de Puerto Madero, y a mis 41 años con un divorcio ya lejano encima, lo pasaba de maravillas. Amigos, novias, cruceros, viajes a Europa y una intensa vida intelectual. Me encanta leer Historia Europea y Literatura Latinoamericana. Pasaba horas en esas actividades. Participaba de coloquios y escribía artículos sobre temas diversos.
Visitaba a Mamá tres veces por semana y nos divertíamos mucho intercambiando chismes e historias de cada uno de nuestros conocidos. Además, ella también era una gran lectora de manera que compartíamos el placer de comparar opiniones, pasarnos autores, recomendar títulos.
De pronto apareció este sujeto Sandrino. Esteban Sandrino. Vivía en el Country, fruto de una separación de bienes cuando se divorció hacía pocos años: la mujer se quedó con el departamento de la Capital, y él con la casa de fin de semana. Convertido en “residente” que ya se sabe, casi siempre significa “residente a la fuerza”. ¿Quién quiere vivir a 60 Km. de la Capital y tener que viajar todos los días? ¿Un hombre solo, sin familia ni chicos? Eso ya se sabe es señal de los “Tuve”. Tuve casa, tuve country, tuve lancha… y me queda apenas algo.
Vagamente se dedicaba a “negocios de arte”, compra y venta de cuadros, marfiles, petit muebles, antigüedades. Vaya uno a saber qué sórdidos negocios.
Digo apareció porque entró no sé como en el círculo de Mamá. Cada vez que iba a verla Sandrino andaba por ahí. De unos 42 o 43 años, alegre, diálogo fluido, culto, educado, era fácil que te cayera bien. Alto, muy pintón, seguro de sí mismo. Andaba bien con todos, camaradería y bromas con los hombres, respeto y seducción con las mujeres.
Seducción. Cada vez lo veía más centrado en Mamá. No en las atractivas divorciadas de treinta o cuarenta que le rondaban y se le ofrecían. Y hay cada una que te la voglio dire… divinas. Tetas hechas y cuerpo modelado en el Gym. Pero no, Sandrino sólo tenía ojos para Mamá. Era a ella a quien visitaba, a quien invitaba a cenar al House del Country o a los elegantes restaurantes de Pilar. A veces yo llegaba a la casa y los sorprendía riendo y secreteando. A Mamá le brillaban los ojos de alegría. Vivía de nuevo.
- Pasá Eduardo, pasá -me decía cuando llegaba a visitarla-, estamos chismorreando con Esteban. No sabés las cosas que pasan en este Country. Todos muy high, muy educaditos, pero por atrás y a la noche... -e inclinando la cabeza hacia atrás con gesto casi adolescente Mamá reía a carcajadas.
Todo fue gradual. Pero cada señal, cada indicio iban en la misma dirección. Y cuando los dos salieron a pasar un fin de semana largo en nuestra casa de San Rafael en Punta del Este, ya no hubo mayores dudas.
Continuará... No te pierdas el jueves que viene la segunda entrega de esta historia super interesante.
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