LO QUE HAY QUE HACER Última parte
*Tercera y última entrega de una historia de amantes y fortunas codiciadas...
Volví el lunes siguiente. Detrás de su escritorio, Gutierrez Ruiz lucía aburrido. Como si hubiera cumplido un trámite cuyo resultado ya conociera de antemano pero hubiera realizado para cumplir cada una de las etapas necesarias, indicadas por un manual de procedimientos universal.
- Lo hicimos, Sr. Barreto. Entramos a la oficinita que Sandrino tiene en el centro. Nadie más trabaja con él, no sé que hace. Fuimos tres a última hora. Lo amordazamos, lo atamos a una silla y mi especialista lo cagó a trompadas. Después yo le hice media hora de submarino. Ya sabe: le hundís la cabeza en la bañadera llena de agua y lo dejás casi asfixiarse. Lo sacás. De nuevo adentro. Cada vez el tipo siente que se muere. Sale. Todo esto, sin decirle por qué ni para qué era el tratamiento.
- Después, hice salir a mis hombres. El tema es confindencial... ¿No? El tal Sandrino estaba hecho una porquería. Se había cagado encima. Un olor… Atado a una silla, empapado, los ojos enloquecidos. Le hablé. Le dije lo que queríamos de él.
- Me oyó intensamente y con lucidez. Parecía sorprendido. No se había imaginado seguro que ese era el motivo. Vaya a saber, seguro tiene deudas sin pagar, habrá cagado a tanta gente. Cuando terminé de explicarle lo que queríamos de él, le arranqué la mordaza de un tirón y pedí su asentimiento.
- Borrate y te dejamos tranquilos. ¿Sabe que hizo? Se empezó a reir como un loco. Me puteó y reputeó. Me dijo que si creíamos “vos, tus matones y el pelotudito ese que te contrató” que por una paliza él iba a dejar a su enamorada, estábamos locos.
- Le dí un par de sopapos, fuertes Sr. Barreto. Pero la verdad no creía para mi que el tipo se fuera a quebrar. Alguna experiencia uno tiene en estas cosas. Este no afloja. Asi que lo habían dejado así, y tras proferir algunas horribles amenazas, se habían ido.
Dos días después visité a Mamá. Cómo iban las cosas, los preparativos. Todo viento en popa dijo. Tomábamos un té Earl Grey cuando llegó Sandrino. Tenía la cara golpeada -un choque menor en Libertador había ya explicado a Mamá. Me miró intencionadamente pero la charla continuó normal. Tan normalmente como para convencerme de que el proyecto seguía su curso. Las costureras, floristas, agencias de catering, disc jockeys, secretarias, marriage officers y las decenas de figuras que hoy día rodean un casamiento de sociedad, zumbaban alrededor de Mamá y la Casa del Country. Todo avanzaba a velocidad de espanto. Faltaban ahora tres semanas.
Fui nuevamente a lo de Gutierrez Ruiz. Esta vez, llevaba conmigo una suma de dinero grande, y una decisión que hasta hacía unas semanas jamáqs hubiera pensado posible.
- Gutierrez Ruiz, tiene razón. Este tipo no se asustó. Es muy duro y debe haber recibido muchas palizas en su vida. Sigue adelante. No hay otra que detenerlo. Este casamiento no puede seguir.
- Nuevamente, debo preguntarle Sr. Barreto ¿qué quiere hacer?- y me miró fijamente.
- Ya le digo, detenerlo. Como sea. Me levanté y saqué 10 “ladrillos” de mis bolsillos. Cada uno 100 billetes de 100 dólares. Cada uno diez mil dólares. Total Cien Mil.
El Detective Asesor de Seguridad miró el dinero, alzó los ojos.
- ¿Qué quiere hacer, Sr. Barreto? ¿Cuáles son sus órdenes?
- Ya le dije, quiero detener esto. Haga lo que sea necesario, pero que sirva. Que sea definitivo. Mi único objetivo es detener el casamiento. Eso no debe proseguir.
- Señor Barreto: por favor sea más específico. Hay varias maneras de hacer esto. ¿Qué quiere que hagamos?
- ¿Varias maneras? - le dije ya fuera de mis cabales.
- Mátelo hombre. ¡Mátelo y terminemos con esto!
El hombre tomó el dinero y lo guardó en una gaveta.
- Ya le tendremos noticias, Sr. Barreto - y dió por terminada la entrevista parándose y acompañándome a la puerta.
Pasaron cuatro días. El incidente salió en las Policiales de todos los diarios. Para ese entonces Esteban Sandrino era toda una celebridad. Cuando bajaba de la Panamericana, a eso de las 11 de la noche dos autos habían bloqueado el suyo y de cada uno bajó un pistolero. Los dos comenzaron a dispararle. Usaban pistolas y rociaron el auto con balas.
Pero Sandrino había logrado eludir a la muerte. En cuanto se sintió bloqueado, se deslizó hacia el lugar del acompañante, y resbaló hacia el exterior. Logró esconderse tras unos árboles bajos al lado de la carretera, y amparado en la oscuridad fue retirándose cautelosamente. Cuando estuvo lejos, corrió.
Cuando los matones se aproximaron a rematarlo encontraron una cáscara vacía. Habían fracasado.
Yo no supe de esto sino de una manera indirecta.
Al día siguiente caí en forma casual por lo de Mamá, ignoraba cuándo Gutierrez Ruiz pensaba actuar. Estaba en un estado de gran agitación.
Me contó lo sucedido y aliviada, compartió conmigo lo que se avecinaba.
- Esteban me contó que tiene enemigos poderosos. Gente que no tolera su éxito en los negocios de arte que maneja. Intentaron no sé, matarlo anoche. Una barbaridad. Por suerte escapó ileso. Pero sabe que volverán. Asi que hemos organizado las cosas distinto.
- ¿Intentaron matarlo? No te puedo creer - dije incrédulo - ¿y còmo quedaron las cosas? ¿Se salvó? ¿Está bien?
- Sí, te digo que sí - dijo Mamá- ya en este momento está en vuelo hacia Madrid. A salvo por suerte. Se fue y me esperará allá. Esto está muy peligroso y lo hice volar enseguida. Yo me voy la semana que viene. Nos casaremos en Madrid. El Embajador es un amor y me dijo que no hay problema me arregla todo. Imaginate: un casamiento más íntimo. Te venís vos y los super amigos. En la Iglesia del Pilar en Pintor Rosales, después la recepción íntima en la Zarzuela. Y de inmediato partimos. Nos vamos de luna de miel a Grecia como teníamos planeado.
Lucía feliz, relajada. Había pasado un estrés enorme al ver a su amado en peligro. Pero ahora con el novio a 10.000 metros de altura, y fuera del alcance de nadie, su casamiento estaba asegurado. Su felicidad no iba a ser detenida. No pude evitar amarla como cuando era chico. La vi joven, con colores en la cara, luz en la mirada. Ansiosa. Me explicó detalles, comimos, hablamos. Me fui al anochecer.
Por cuarta y última vez visité a Gutierrez Ruiz. No fue necesario que me explicara los detalles del fracaso de su misión. Estaba avergonzado en la medida que cabe a los que son como él. Saben que estas cosas suceden, a veces salen bien y el hombre muere. A veces algo falla.
Yo lo sabía también. Algo había fallado, o Sandrino tuvo suerte aquella noche, o ….vaya a saber. Que importaba.
- Ud. dirá, Sr. Barreto. Aquí está el dinero - y me extendió un paquete envuelto en papel madera con un incongruente moño hecho con hilo sisal. Las cosas no salieron.
- Si, ya sé - le dije y dejé el paquete donde estaba.
- Tengo esto para Ud., Gutierrez - y abrì un portafolios que llevaba, para que viera el interior. Estaba lleno de paquetes de dólares prolijamente ordenados. Había -yo lo sabía con precisión él sólo podía intuirlo - 500.000. Medio millón.
- ¿Y eso, Sr. Barreto?
- Para Ud. Que su gente no falle esta vez.
- Pero Ud. sabe que el pájaro voló. Está en España. Ahí no podemos llegar, y menos en…¿Cuánto nos queda? ¿Una semana?
- Cinco días Sr. Gutierrez Ruiz. Tenga el dinero, y recuerde: Mi único objetivo es detener el casamiento. Ese casamiento no debe suceder. Le repito: no falle.
Se me quedó mirando. Seguro había hecho cosas de todo tipo en su vida, y recibido órdenes muy dispares u horribles. Quizás ninguna como ésta. No sé.
Iba a abrir la boca para preguntar pero yo le hice un gesto universal. Me llevé el índice derecho a los labios. No hablemos.
El Holocausto. Un asesinato inconcebible. El de una raza.
Durante 50 años los historiadores discutieron si Adolf Hitler dió la orden para cometerlo, y si esta orden fue escrita o verbal.
En 1995 el tema quedó resuelto a partir de documentación antes secreta, encontrada en Moscú. Ahora se sabe la verdad: las peores órdenes nunca se daban. Ni en forma escrita ni oral. Los funcionarios de confianza “in der Führer Willenskraft wirken””: actuaban en la dirección del führer. Le ahorraban al führer cargar su mente y su conciencia. Sus subordinados se esforzaban por conocer sus intenciones generales. Después actuaban en consecuencia. No había órdenes específicas. Se hacía lo que ellos sabían era la voluntad del jefe.
Me levanté y me fui. Nunca más vi a Gutierrez Ruiz.
Dos días después, de madrugada me despertó el teléfono cuando dormía en mi departamento.
- Acá de la Guardia de Les Jardins, el jefe de Servicio. Señor Barreto. Por favor venga inmediatamente. Ocurrió una desgracia… entraron ladrones….se les escapó un tiro, no sé, dos tres tiros. Qué buscarían en lo de su mamá, venga por favor. No sabemos cómo entraron. Acá están llegando todos. Pero el hijo tiene que venir, venga ya mismo por favor.
- ¿Y Mamá? - pregunté desgarrado, en un grito.
- ¿Está bien ella?
- Señor Barreto, por favor venga, su Mamá está…muy, muy malherida. Venga por favor. Ud es el hijo y debe estar.
Eloy Barreto Saccomano heredó toda la fortuna de su madre, pero la sobrevivió apenas dos años.
A los 43 años un cáncer especialmente agresivo se lo llevó en pocos meses.
Lo sobrevive su esposa, Sabrina. Una hermosa joven de 24 años. No dejó hijos.
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