Mal enseñados, peor aprendidos

EFE
Por EFE

La trampa es que los derechos se enseñen mal y poco.


 


Quienes tienen algún acceso a la información acerca de lo que podrían reclamar, en realidad, sienten que nada les corresponde a ellos, que los derechos a la educación, a la salud o al trabajo, son capítulos de un “lindo cuento” que nada tiene que ver con su triste particular


 


¿Por qué se produce este fenómeno de extrañamiento, de no identificación con un sujeto digno de ser respetado?


 


Por dos motivos: por un lado está claro que para los padres es casi imposible transmitir lo que desconocen, dibujar una realidad diferente de la que padecen cada día. Por otro lado, los maestros mal pagos que deberían instruir a los futuros ciudadanos son en sí mismos un ejemplo de que nada funciona como es debido. ¿Cómo te va a enseñar tus derechos un tipo que, con su sueldo, no consigue saltar la línea de pobreza? Los chicos saben esto, lo perciben y, aunque se les haga aprender de memoria la Constitución o la Ley de Defensa al Consumidor, ninguno de contenidos les resulta verosímil, con lo cual, la formación escolar no surte el efecto buscado de mejorar la calidad de vida de los futuros adultos, sino que, por el contrario, tiende a reproducir ciudadanos de baja intensidad.


 


Quien no transita una vida digna difícilmente podrá convencer a sus alumnos de que tienen derecho a algo. La relación es: “Yo no te puedo transmitir lo que no sé, lo que debería ser sencillo o natural pero en realidad no puedo aplicar a mi propia vida”. Es como un maestro de matemáticas que intenta enseñar un teorema sin saber las tablas de multiplicar.

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