Maradona: La pesadilla de la droga

*Las declaraciones de Diego en “Mañanas informales” fueron una lección para los adolescentes que fantasean con probar las drogas amparándose en la táctica del “toco y me voy”. Entrevistado por Jorge Guinzburg, el 10 habló de cuánto dura y cómo duele el viaje de vuelta.

Diego Maradona habló sobre su relación con las drogas en “Mañanas informales”, el programa de Jorge Guinzburg que emite Canal 13. Lo hizo de un modo descarnado. Sin medias tintas, describió las duras instancias de ese partido que nadie, ni siquiera “el 10”, logra ganar de una sola vez y por goleada. Diego puso en blanco sobre negro que las batallas de esa guerra se libran cada día y cada noche, en la vigilia y en el sueño.

“Sueño mucho con la droga_ dijo_. Es como que estoy adentro y no me puedo despertar. No sabés el alivio que es cuando me despierto. Sueño como que estoy en el momento, acá, tomando y compartiendo y viendo las caras que yo veía. Y hablando y consultándonos qué vamos a hacer... y
la lucha mía interna es ‘¿estoy de nuevo?’ Y cuando me despierto, al primero que veo lo abrazo y digo: Menos mal que era un sueño”

Mientras lo veía en la tele, tuve el deseo de que hubiera una multitud de jóvenes mirando ese programa. ¿Por qué? Porque, como nos muestra la pantalla en estos mismos días, es preocupante la cantidad de jóvenes que están muriendo en la Argentina por el exceso de consumo de alcohol, pastillas y todo tipo de sustancias. En minutouno.com se ofrece una estadística dramática: a partir de los 12 años de edad, el consumo de drogas crece casi un 130 por ciento. 

Creo que no se trata de chicos con impulso suicida. Tengo la impresión de que no caen en el coma alcohólico buscando la muerte sino la diversión. Sospecho que no se atragantan con pastillas de éxtasis para tratar de abandonar el reino de este mundo; lo que los mueve es la fantasía de vivir a mil, de bailar sin límite de tiempo ni de resistencia física. Intuyo que cuando siguen bebiendo y consumiendo hasta el límite de la sobredosis son víctimas de la trampa mortal en la que tantas veces y en tantos ámbitos caemos los humanos: la omnipotencia. Contra el discurso médico y la insistencia de las campañas contra el consumo de droga, ellos imaginan que pueden probarla y después, controlar cuánto habrán de consumir. Descuentan que la compulsión no los dominará. Se dicen a sí mismos que por un fin de semana o un par de fines de semana o unos cuantos fines de semana, “no pasa nada”. Y la realidad muestra que pasa. ¡Vaya si pasa! Pasa la dependencia, pasa el círculo infernal, pasa la internación, pasa el deterioro de la salud. Y muchas veces, pasa el único punto sin retorno: la muerte.

Diego Maradona, hablando con franqueza en “Mañanas informales”, era la prueba de que nadie entra y sale a su antojo de la adicción. Era la muestra cabal, con nombre y apellido, de que la pulsión hacia las drogas se las ingenia para seguir tentando al paciente en proceso de recuperación de todas las maneras posibles: incluso en sueños.

En los últimos años, la televisión no deja de tocar el tema del consumo de drogas en el afán de crear conciencia sobre el peligro de la adicción. Con buenas intenciones, suelen desfilar por la pantalla famosos e ignotos que relatan cómo lograron recuperase y salir de ese infierno. Pero, a veces, me pregunto si el tono triunfalista con el que se presentan esas entrevistas no produce un efecto boomerang. Si esos diálogos no terminan dejándole a la teleaudiencia la impresión de que uno puede permitirse vivir la vida loca por un tiempo porque, total, el día que quiera decir basta, será basta; y uno podrá seguir existencia adelante, como si nada hubiera sucedido. 

En tal sentido, las declaraciones de Maradona en la entrevista de Jorge Guinzburg me parecieron aleccionadoras. Si alguien había construido la fantasía de tener con la droga un “touch and go”, las palabras de Diego en “Mañanas informales” demolían ese edificio en un instante. Si algún adolescente creía en la posibilidad de ingresar en la cancha de las adicciones con la filosofía del “toco y me voy”, ahí estaba Diego, nada menos que el 10, advirtiéndole desde el desasosiego de sus pesadillas, cuánto dura y cómo duele el viaje de vuelta.

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