La cifra parece no alarmar a nadie, la cifra no escandaliza, la cifra se hizo moneda corriente. Cada 30 horas, una mujer es asesinada en la Argentina, víctima de violencia de género.
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Para citar casos, entre el lunes y el miércoles de esta semana, se conocieron periodísticamente cuatro casos calcados. En Dolores, un hombre asesinó con disparos de fusil a su mujer. El hombre tenía prohibición de acercamiento a la víctima. Violó esa disposición, mató y después quiso suicidarse, pero no pudo.
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En Bajo Flores, un hombre prendió fuego a su mujer y escapó. La víctima quedó internada en el Instituto del Quemado con quemaduras en el 30 por ciento del cuerpo. Del acusado, ni noticias. Pero hay más. En Ingeniero Budge, un chico de 17 años mató a balazos a su ex de 27, porque ella lo había dejado. El asesino fue detenido.
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En Misiones, un hombre mató a su mujer y escapó al Paraguay. Al cierre de esta nota, probablemente, la cifra siga en aumento.
En todos los casos, como en el doble crimen de San Martín donde Pablo Peralta asesinó a su ex Silvana, y a la hija de ésta, Valeria, los asesinos justifican lo que hacen. Culpan a las muertas de sus propios crímenes y buscan pretextos para justificar su accionar criminal: la maté porque me engañó, la maté por p...
Sólo es eso, mecanismos de justificar crímenes sin justificativo. Matan a las mujeres sólo por eso, porque son mujeres. Lo demás es puro cuento.
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