El crimen de Priscila Leguiza, de 7 años, así como está contado, pasó todos los límites. Una mamá que la asesina a golpes y un padrastro que colabora en el descarte del cuerpo y un intento de ocultamiento morboso que incluyó hasta el intento de incinerar el cadáver.
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La historia se cuenta con una madre que no vivía con la nena, que recién en octubre la fue a buscar y que según un familiar, sometía a su hija a reiteradas palizas.
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El drama, siempre según el relato oficial, se desencadena el día 3 de enero. Ese día, la madre le da una paliza a Priscila y la manda a dormir. Cuando despierta la encuentra muerta en la cama. Se da cuenta que la paliza la mató a Priscila. Le pide ayuda a su pareja, al padrastro de la nena, de condición policía, y juntos llevan adelante una faena criminal para ocultar. Pretenden quemar el cuerpo en una parrilla, y como no pueden, lo envuelven, lo suben a un carrito de bebé, y lo tiran a un arroyo. Descomunal.
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Ahora están presos. Ella, acusada del peor de los delitos, matar a la hija. El, por cómplice. Una acusación que parece irreversible.
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