¿Hasta cuándo?

Escribe Mauro Szeta

Señor lector, preste mucha atención: esta nota no es la misma que se publicó hace unos días nomás. La nota es otra, pero el tema es el mismo. Y eso es lo que preocupa.

Otra vez, casi como si se tratara de una burla, más presos se escaparon de un penal. En este caso se trata de dos presos que estaban alojados en la Unidad Penal 26 de Olmos, de régimen semiabierto.

Saltaron el cerco perimetral, y como en una película surrealista, tomaron un remís en el que los esperaba la mujer de uno de ellos. Dentro de todo, hay que destacar que fueron buenos con el chofer. Si bien no le pagaron el viaje, no lo mataron. Algo es algo.

Uno de los presos, de apellido Llorente, estaba detenido en esa cárcel por robo agravado. Y había escapado de la cárcel de Gorina en 2011. El dato que torna todo más preocupante aún es que el Servicio Penitenciario Bonaerense había advertido que no debía ser alojado en la cárcel de Olmos, de régimen liviano, sino que ameritaba su alojamiento en una cárcel de máxima seguridad. Un juez de Morón desoyó el consejo penitenciario y mandó a Llorente a la Unidad 26, de donde fugó.

Esta evasión se suma a otras escandalosas ocurridas en los últimos días: desde un preso que escapó con muletas y enyesado en Río Negro, hasta otro que fugó en un mueble en Neuquén. Cuesta creerlo, pero fue así. Se van como quieren. Hay para todos los gustos. La pregunta obligada es si estas fugas son posibles por negligencia penitenciaria, o algo peor, complicidad pura. La respuesta tal vez sea: un poco y un poco. Lamentable.

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