Los casos son calcados. Cambian los nombres, cambian las regiones. No cambian las mecánicas criminales, ni el dolor generan esos crímenes.
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Otra vez, la conmoción. Otra vez el impacto por casos de personas asesinadas a tiros por delincuentes feroces, en asaltos, que ni siquiera se consuman en su totalidad. En Valentín Alsina, mataron a un kinesiólogo. Fueron dos tiros. Le quisieron robar la camioneta. No pudiero, tiraron a matar y se fueron.
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En Moreno, calcado. La víctima fue un camarógrafo. Le quisieron robar la moto, y lo ejecutaron. Por alguna razón no determinada aún, esos crímenes conmueven más que otros y tienen más centimetraje en los medios.
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Sin embargo, las estadísticas de la Corte Nacional y de la Procuración, señalan que dentro del total de los homicidios ocurridos, los que son en ocasión de robo, no superan el 15 por ciento.
El resto son casos de violencia de género, crímenes intrafamiliares, o guerras de pandillas, por señalar algunos. Sin embargo, esos, la mayoría dentro del total, no tienen el mismo impacto. Unos u otros crímenes revelan que vivimos en una sociedad violenta, donde todo, desde una mala mirada, una pelea familiar, o el robo de un auto, se dirime a los tiros.
Todos los homicidios deben preocupar por igual. No debe haber crímenes de primera, ni de segunda. Un homicidio narco, un crimen de género, o un asesinato por un celular, deben medirse con la misma vara. Son parte de la misma trama: la trama de una sociedad cada vez más enferma.
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