La peor sospecha
Escribe Mauro Szeta
La fuga del violador serial Walter Brawton fue escandalosa. Pasó el 17 de agosto. Brawton estaba condenado a 38 años de cárcel por 7 violaciones en serie. Con apenas el 10 por ciento de la pena cumplida, un juez de Morón le dio un beneficio extraordinario: salir de la cárcel de forma periódica para visitar a la madre enferma. En una de esas visitas, Brawton escapó de un modo bastante particular.
En la causa declaró como testigo el penitenciario que debía custodiarlo en la visita. Dijo que durante la visita en la casa de la hermana de Brawton, le ofrecieron una empanada, la comió y se quedó dormido. Al despertar, Brawton ya no estaba, había fugado. Desde ese día, el penitenciario fue pasado a disponibilidad. Brawton nunca más apareció.
Ahora, las pericias de sangre y orina realizadas al penitenciario Ricardo Kemerer revelaron que no lo habían dopado con nada. Entonces, por decisión del fiscal Claudio Oviedo, el penitenciario quedó preso, acusado de favorecimiento de evasión.
Es por es que ahora habrá que determinar si fue negligente e inventó que lo habían drogado para no hacerse cargo, o si de lo contrario, fue cómplice deliberado del violador.
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